Hay un momento en Castlevania: Belmont’s Curse en el que, entre el ruido de una pelea y la penumbra de algún pasillo de París, aparecen un par de notas de un tema que cualquiera que haya pasado horas frente a un Castlevania reconoce al instante. Ahí, sin aviso, es inevitable ponerse en modo fan. Y en buena medida eso resume lo que hace bien el nuevo juego de Konami: respeta lo clásico, lo usa con cuidado y lo pone al servicio de un metroidvania que se disfruta mucho, aunque pida bastante paciencia.
Esta vez controlamos a Rose, hija de Trevor Belmont y Sypha Belnades, la pareja de Castlevania III: Dracula’s Curse que buena parte del público conoció gracias a la serie animada de Netflix. La historia retoma después de aquella aventura y arranca con un dato pesado: Sypha murió cuando nació Rose, y ella carga con esa culpa. Es un detalle que le da personalidad al personaje, aunque lo cierto es que Rose va a pasar mucho más tiempo callada, pegando, explorando, ganando o muriendo que hablando de lo que siente. Y al final del día, eso es lo que importa: es un juego de avanzar y matar bichos.
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La premisa es casi una excusa: París está en peligro, infestada de monstruos, y alguien tiene que ir a ponerle el pecho. Simple, directa y sin demasiadas vueltas. Acá la estrella es el gameplay, y el juego lo sabe.
Castlevania: Belmont’s Curse es un metroidvania de los de siempre. Recorremos un mapa que se abre en todas direcciones, abrimos atajos, volvemos a zonas que antes eran inaccesibles y avanzamos en la historia a medida que ganamos habilidades nuevas. No hay equipamiento para coleccionar ni monedas que caen de los enemigos, algo que puede sorprender a quien venga de otras entregas de la saga, pero que le da al juego un foco muy claro en la exploración y el combate. Menos menús, más castillo. O más vania, porque también hay mucho del juego que no pasa en castillos.
Rose pelea con una espada corta, con la que pelea contra esqueletos, zombies, bichos y hombre lobo. En PlayStation 5 podemos usar el bontón círculo para deslizarnos en cualquier dirección y esquivar golpes, con un par de frames de invulnerabilidad que salvan más de una vida. Pero su gracia está en otro lado. Como también es hija de Sypha, a la fuerza bruta de su padre le suma la magia de su madre: puede lanzar hechizos con las cartas de tarot que heredó, lo que arma una especie de build híbrido entre el cuerpo a cuerpo y la magia. Alternar entre armas y cartas en medio de una pelea es de lo más divertido del juego.
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El mazo es el corazón de la progresión. Al principio está incompleto, y a medida que avanzamos y derrotamos jefes las cartas recuperan su forma y nos dan nuevas habilidades, las Arcanas, que podemos equipar, rotar y mejorar. Muchas de ellas, además, abren caminos nuevos en el mapa, así que cada jefe vencido se siente como una llave. Hay un detalle muy lindo: los jefes derrotados quedan atrapados dentro de las cartas y nos hablan desde ahí. Cada carta, encima, trae sus propias misiones y puzles, una capa extra de desafíos por fuera del combate.
Una de las primeras habilidades que desbloqueamos es, como no podía ser de otra manera en un Castlevania, un látigo. Sirve para columpiarnos, engancharnos de anclajes y plataformas y, lo mejor de todo, agarrarnos de los enemigos para acercarnos y pelear en el aire. En Castlevania: Belmont’s Curse la movilidad es todo, y los escenarios están llenos de trampas y mecanismos pensados para aprovecharla. Encadenar saltos con el látigo de una zona a otra es de los momentos más emocionantes del juego.
El problema es que Rose es lenta. Sus movimientos tienen un peso que obliga a jugar de forma calculada, y el balanceo en los ganchos a veces se siente un poco lento, sin el flow que vimos en plataformeros actuales. Quien busque un plataformeo bien dinámico, en la línea de Celeste, Hollow Knight o Guacamelee, se va a encontrar con algo bastante más tosco. Esto se nota sobre todo en el combate: si te ponés codicioso con los golpes, los jefes te van a dar para que tengas. Incluso los enemigos comunes aguantan más que en entregas anteriores, y es normal comerse daño seguido.
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Los jefes son especialmente castigadores al principio, pero ahí aparece la parte más satisfactoria del juego: encontrar el arma o la Arcana indicada y la estrategia correcta hace que una pelea imposible se vuelva manejable. Es la sensación de los Castlevania viejos, la de aprender patrones a fuerza de morir.
No hay selector de dificultad clásico, pero se puede personalizar el desafío ajustando el daño y la cantidad de pociones. Y si algo no sale, siempre está la opción de subir de nivel y volver más fuerte. Old school, pero con red.
En lo visual, el juego es competente y muy lindo. Se siente como un Castlevania clásico, con fondos de París y del castillo llenos de detalle, y las cámaras cinemáticas que se acercan o se alejan para mostrar el escenario, o para enfocar a los personajes durante un diálogo, le suman muchísimo a la presentación. Eso sí, el estilo visual y el ritmo de la acción recuerdan más a algunas producciones indie occidentales recientes que a los Castlevania de siempre, y eso puede dividir a los fans según el gusto de cada uno.
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La música toma un camino distinto: es mucho más ambiental que en entregas anteriores y suena más abajo en la mezcla, acompañando más que protagonizando. Por eso mismo, cuando aparecen esas notas conocidas, el golpe de nostalgia pega el doble.
Castlevania: Belmont’s Curse dura entre 20 y 25 horas en promedio, una duración justa para un metroidvania de este estilo, con bastante para explorar entre las misiones de las cartas y los rincones del mapa. Es un regreso que respeta la saga, que entiende qué hace divertido recorrer un castillo y que se anima a sumar ideas propias con el mazo de tarot. Su lentitud no va a ser para todos, pero quien acepte jugarlo con calma va a encontrar un Castlevania que vale mucho la pena.
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