¿Qué puede hacer un cuerpo por otro? A veces algo enigmático: un tratamiento particular presente en el nacimiento y la muerte que puede cambiar la cualidad de los seres, y que puede traer a un cuerpo “caído” a la comunidad humana. Aún a un cuerpo muerto. Gesto que a la vez revela que ello nunca está garantizado. Este es el gesto que explora el ensayo Velar la muerte. La Pietà en el arte chileno (1975-1989), de la teórica del arte Paz López, a través de la figura de la Pietà.
Hay dos imágenes que, por estructura, nos faltan, escribe López: el nacimiento y la muerte. Ambos momentos en que requerimos ser recogidos por otros brazos. La Pietà condensa precisamente esos momentos, el de la caída. Aunque su imagen icónica es la de la Virgen María sosteniendo el cuerpo muerto de Cristo en la obra de Miguel Ángel, brazos (y madres) pueden ser muchas cosas.
Este ensayo, publicado por la editorial Mundana, deambula entre la investigación y la meditación sobre qué son brazos y encuentra soportes inéditos, inesperados, que revelan la potencia de una fuerza simbólica capaz de provocar una suerte de resurrección. ¿Qué podría significar en un mundo secular, en un mundo sin “más allá”, resucitar? Quizá un nacimiento psíquico, un despertar ahí cuando hay vida, pero no existencia. Ya sea bajo ciertas condiciones biográficas, depresiones severas, y desde luego en determinados momentos políticos.
El campo de concentración es el paradigma, pero mucho más acá, en la ciudad, el tratamiento del cuerpo como cifra no es inocente, por ejemplo, lleva a que, como escribió Canetti: cuando empezamos a hablar de la muerte con cifras, terminamos redondeando; también a creer que un muerto más un muerto son dos muertos, y no que cada muerto es cada muerto.
Y así como se puede tener una vida mortífera también puede existir una muerte vivificante; esta es otra forma de resurrección: la madre -y sus metáforas- que sujeta al hijo caído. Luego lo hace hijo, lo afilia y lo arrastra fuera de la serie de la sumatoria de cadáveres anónimos. La Pietà es devolver el nombre para dar lugar en el mundo humano.
En la dictadura
Precisamente la pista que López sigue es la de la recurrencia de la figura de la Pietà en obras de artistas chilenos durante las décadas de los setenta y ochenta (con alguna excepción), los años de la dictadura. “En todas ellas, el patetismo del rito y del duelo son el estado de ánimo persistente.
Se trata de obras que denunciando el vacío sobre el que se apoya la realidad, ayudan sin embargo a mirar sin miedo ese vacío, y también a darse cuenta del amor que existe pese a esa vorágine”. Todas estas obras, escribe la autora, hablan de una piedad profana que mantiene la memoria de lo desaparecido. Porque hay tiempos oscuros que no solo quitan la vida, sino que también arrebatan la muerte como sentimiento de vida concluida. Estas obras se resisten “al ocaso de los afectos, no adhieren fácilmente a la soledad o a la indiferencia, no se dejan tentar por la idea de que la muerte pueda ser escamoteada por la técnica o la ingeniería social”.
La Pietà en este ensayo es un recurso para velar la carne, hacerla cuerpo y restituir la posibilidad de la memoria. Recorre las versiones de la Pietà de Las Yeguas del Apocalipsis, Carlos Leppe, Natalia Babarovic, Juan Pablo Langlois y Eugenio Dittborn, entre otras, donde aparecen lenguajes que asumen su deuda con la metáfora, la ironía, la risa, el relato. Y desde luego, la luz en lo nocturno: las luciérnagas. Tal como las inventó Pasolini, hablan de un destello, de una chispa de deseo aún en el infierno. Pero no se pueden atrapar, por ello, su luz no es moral, no antecede a una respuesta, sino que es el momento de la respuesta, lo que llamamos ética: elegir responder o no al llamado de lo que nos concierne.
La prosa de Paz López está en el registro del mismo fenómeno que la interpela, su escritura no es una crítica de arte, no es un pensar “sobre la obra”, sino “con la obra”; como si la escritura fueran brazos que sostienen para que algo exista, pero no lo invade, no se apropia. A fin de cuentas, si algo es “madre”, es una hospitalidad sin propiedad. Es lo que nos cuenta de algún modo este ensayo, y nos recuerda lo que un cuerpo puede hacer por otro, porque el amor nunca es propio (¡basta ya con eso!).
Termino esta reseña con un fragmento sobre Las Yeguas del Apocalipsis: “Artistas anárquicos, no intentaron reivindicar lo propio de una comunidad (gay, discapacitada, comunista etc), sino producir campos de fuerza que disputan intensa y festivamente su relación con el mundo. Para que nadie muera sin amor”.
♦ Velar la muerte. La Pietà en el arte chileno (1975-1989) se consigue en Chile y estará en la Feria de Editores de Buenos Aires, entre el 4 y el 7 de agosto.
La semana que viene sigue la cadena de recomendaciones de “De boca en boca”.
<i>“Velar la muerte” (Fragmento)</i>
Hay dos momentos en la vida donde nuestros cuerpos son recogidos en los brazos de otro: cuando se nace, y cuando el cuerpo cae herido y debe ser asistido. En ambos momentos, el del nacimiento y la muerte inminente, quien es recogido en brazos no puede ser contemporáneo de ese instante, como si dijéramos que un cuerpo cuenta con la gracia de ser sostenido solo a costa de que ese momento no pueda ser vivido como propio. El recién nacido difícilmente podrá recordar con nitidez el momento en que su madre lo sostenía en brazos y lo miraba a los ojos mientras lo alimentaba. Y quien va a morir ya no dispondrá nunca más de aquella adorable facultad de recordar.
Más próximo al nacimiento o a la muerte, quien vive lo propio con la máxima extrañeza es quien cuenta con el don de ser cargado por otro. Ya sea con amor o desconsuelo, hay un cuerpo que sostiene al que no dispone –todavía o nunca más– de la capacidad de asentir plenamente ese encuentro. En el niño que nace, esa incapacidad asegura la posibilidad de multiplicar las imágenes de esa carencia, de ese recuerdo que falta. Esas imágenes son la memoria, que como decía Sebald, “es una acumulación de escombros que difícilmente pueda poner en pie el edificio de la vida”, algo más parecido a una verdad ambigua que a la certeza con la que muchas veces fantasea el recuerdo. Y el que va a morir, el que muere, no pudiendo ya recordar, reaparecerá bajo la forma fantasmal de la memoria de los demás.
El que es acogido en los brazos es quien tiene entonces la fuerza de producir memoria, para sí mismo y para otros. Pascal Quignard dice que hay una imagen que nos falta en el origen –ninguno pudo asistir a la escena sexual de la que es producto–, y una imagen que nos falta en el final –ninguno asistirá vivo a su propia muerte. Me gusta pensar la pietà como una imagen que condensa esos dos momentos, el del nacimiento y la muerte, es decir, una imagen de aquello que nos falta y que por eso mismo abre la posibilidad de la imaginación y el pensamiento.
La pietà, representación por excelencia del duelo maternal frente al hijo caído, tiene un pie apoyado en la memoria y otro en la fragilidad y mortalidad como condición de la existencia. Todos nuestros inventos los hacemos durante nuestra caída, dijo alguna vez Kafka, y eso es irrefutable. La actitud ante la muerte constituye una de las claves fundamentales para comprenderse a uno mismo, a una época, incluso a una civilización completa. Eso lo dice Magris pensando en el extenso, fascinante y abrumador libro escrito por el historiador Philippe Ariès, publicado el año 1977 bajo el título El hombre ante la muerte. Y si es cierto, como dice Ariès, que la muerte nuestra, la de nuestra época es una que suprime el duelo, no tanto por la frialdad de sus supervivientes, sino por una coacción despiadada de la sociedad que hace del duelo algo más morboso que la propia muerte, así como hace de la tristeza una pasión sometida a diferentes mecanismos de alivio y compensación, la pietà emerge entonces como un afecto anacrónico en el corazón frío y hostil de nuestro tiempo.
Quién es Paz López
♦ Nació en Chile en 1981.
♦ Es crítica de arte, ensayista y profesora de Teoría del Arte en la Universidad Diego Portales.
♦ Dirige el centro de investigación Il Posto Documentos.
♦ Ha publicado La vida, una imagen que nos falta (Cuadro de Tiza, 2020) y diversos ensayos sobre arte y literatura.
SEGUIR LEYENDO