En una casa azul de Coyoacán, entonces un poblado tranquilo en las afueras de Ciudad de México, nació el 6 de junio de 1907 una niña que parecía destinada a una vida convencional dentro de una familia de clase media. Era hija de Matilde, mexicana de fuerte carácter y profunda religiosidad, y de Guillermo, un fotógrafo alemán meticuloso, disciplinado y silencioso.
El padre había llegado a México quince años antes, dejando atrás Alemania y una relación familiar conflictiva. Aunque durante mucho tiempo su hija creyó que provenía de una estirpe de judíos húngaros, en realidad la familia paterna pertenecía a la burguesía luterana alemana. En México, Guillermo se abrió camino como fotógrafo profesional: realizó trabajos de fotoperiodismo, cubrió encargos para distintos medios y llegó a documentar edificios públicos por encargo gubernamental, dejando un valioso registro arquitectónico del país.
La niña creció entre dos hermanas mayores, una menor y dos hermanastras —hijas del primer matrimonio de su padre— que se educaban en un internado. La relación con su madre fue siempre distante y áspera; chocaban sus fuertes temperamentos. Con el padre, en cambio, forjó un vínculo de dulzura y protección que se consolidó a partir de la enfermedad.
A los seis años contrajo poliomielitis. La enfermedad le dejó secuelas físicas y la obligó a largos períodos de aislamiento. Fue él quien la acompañó a las sesiones de rehabilitación y la animó a ejercitarse para fortalecer la pierna afectada. Guillermo, a su vez, padecía epilepsia. Los desmayos repentinos marcaban la rutina familiar, y ella aprendió pronto a asistirlo durante las crisis. Ese intercambio silencioso de cuidados selló una complicidad profunda entre ambos.
Se cree que cursó sus estudios hasta los 14 años en el Colegio Alemán, aunque años después confesaría en una carta que nunca llegó a dominar la lengua paterna. Más tarde ingresó en la Escuela Nacional Preparatoria, una institución prestigiosa que recién comenzaba a admitir mujeres. Allí soñaba con estudiar medicina y formar parte de una generación moderna.
En las aulas conoció a jóvenes que con el tiempo serían figuras destacadas de la cultura mexicana, como el poeta Salvador Novo, el escritor Miguel N. Lira y el ensayista Alejandro Gómez Arias, con quien mantuvo un romance juvenil. Juntos integraban un grupo irreverente conocido como “Los Cachuchas”, estudiantes críticos del orden establecido, con inquietudes políticas y espíritu provocador.
Al terminar sus estudios en 1925 comenzó a trabajar en un taller de grabado e imprenta. El dueño advirtió pronto una sensibilidad artística poco común, aunque ella aún no imaginaba el rumbo que tomaría su vida. Ese mismo año, en septiembre, un autobús en el que viajaba fue embestido por un tranvía. El impacto fue devastador: sufrió fracturas múltiples en la columna vertebral, las costillas, la pelvis y el pie. Las lesiones estuvieron a punto de costarle la vida.
La convalecencia fue larga y dolorosa. Pasó meses inmovilizada, sometida a sucesivas intervenciones quirúrgicas y a un proceso de recuperación que alteró para siempre su destino. Fue en ese encierro forzado, postrada en la cama, cuando comenzó a pintar. Lo que había sido una inquietud difusa se transformó en necesidad. El cuerpo herido encontró en el arte una forma de resiliencia y de relato.
Aquella niña de la casa azul, marcada por la enfermedad y el accidente, estaba destinada a convertirse en una de las artistas más influyentes del siglo XX.
Respuesta: la niña de la foto es Frida Kahlo.