El caníbal millonario que violó y devoró a su compañera de la universidad: “La veía como un sabroso bowl de carne”

Issei Sagawa conoció a Renée Hartevelt en La Sorbona. Una noche la invitó a cenar a su departamento. A partir de allí, el horror se apoderó de la noche. La inacción de la justicia, la revictimización de la mujer asesinada y el dinero que ganó el antropófago, violador y criminal con libros, series y hasta su participación en películas porno

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El caníbal japonés Issei Sagawa
El caníbal japonés Issei Sagawa

Era un tipo extremadamente menudo, culto, agradable y de voz muy suave. Se conocían desde hacía un mes y medio y, a pesar de venir de culturas muy diferentes, se habían hecho bastante amigos. Se caían bien y parecía interesarles lo mismo. Por todo esto, Renée Hartevelt (25, holandesa), volvió a aceptar una invitación a cenar de su compañero de estudios de literatura comparada en la universidad de La Sorbona en París, el japonés Issei Sagawa (32). Quería ser amable con él, no tenía ningún interés de otro tipo.

El departamento de Issei, estaba ubicado en el segundo piso de un elegante edificio, en uno de los barrios parisinos más coquetos. La primera vez la habían pasado muy bien escuchando música clásica, Beethoven y Händel, y leyendo autores alemanes.

Vamos a esta segunda cita.

Es el jueves 11 de junio de 1981. Renée llega puntual al edificio estilo francés del número 10 de la calle Erlanger y el dueño de casa la hace subir. Issei venía insistiendo con aprender alemán para poder leer buena poesía romántica en la lengua original. Renée hablaba el alemán a la perfección y había prometido ayudarlo.

Charlan, comen algo, toman té. La velada transcurre amablemente cuando Issei le alcanza un libro de un autor que él quiere que lea. Renée comienza su lectura de poemas en voz alta. Está concentrada, sentada en una silla frente al escritorio, de espaldas a Issei. No puede verlo. Mientras ella modula, él, sigilosamente, saca el rifle calibre 22 que tiene preparado y apunta justo al centro de la melena castaña de Renée, donde calcula está su nuca.

Aprieta el gatillo.

La cantidad de sangre es tanta que Issei se impresiona. Cuando se recupera experimenta emociones nuevas. Su principal objetivo está servido: comer a su compañera de estudios. Pone una toalla bajo su cabeza y se dispone a morder su glúteo derecho porque cree que tendrá menos sangre que el izquierdo que está más cerca del corazón. No quiere ver cantidades de ese líquido rojo. Pero sus dientes no pueden desgarrar la piel. Es más difícil de lo que había imaginado. Luego, lo logra y queda sorprendido por el sabor suave de su carne y por el color amarillento de la grasa humana. También tiene relaciones sexuales con el cadáver de su amiga.

Engulle a su presa durante dos días, la desmembra y pone parte de sus restos en la heladera. Lo que no piensa comer lo coloca dentro de dos valijas. Pesan mucho. Es de noche cuando decide deshacerse de ellas. Las arrastra como puede y toma un taxi. El conductor lo ayuda a cargarlas en el baúl y bromea: le pregunta si no llevará allí algún muerto.

Isse lanza una carcajada y le indica que conduzca hacia el cercano parque parisino Bois de Boulogne.

Sagawa, su víctima Renée Hartevelt (holandesa de 25 años) y la valija donde intentó deshacerse de sus restos
Sagawa, su víctima Renée Hartevelt (holandesa de 25 años) y la valija donde intentó deshacerse de sus restos

Testigos involuntarios

Una pareja disfruta haciendo ejercicio en el parque este sábado 13 de junio. De pronto ven a un hombre bajito descender de un taxi y arrastrar con dificultad su equipaje. Va tan ensimismado en su esfuerzo que ni los mira. Cuando llega al lago, el hombrecito empuja los dos bultos hasta el borde del agua. Recién ahí levanta la mirada y los ve. Se asusta y opta por retirarse del lugar. El hombre y la mujer se acercan a mirar. Una de las valijas está entreabierta y por la hendija emerge una mano ensangrentada.

Aterrados, llaman a la policía.

Las autoridades llegan al lugar y descubren que dentro de la primera valija hay dos brazos amputados, un par de piernas y la cabeza de una joven de tez blanca. En la segunda, está el torso.

Cuando los peritos rearman lo que ha sido un cuerpo, notan enseguida que hay algunos faltantes: falta un seno y, en la cara de la mujer, los labios y la punta de su nariz. Tampoco está el muslo de la pierna derecha donde el fémur está a la vista. Es muy raro.

Los detectives de homicidios tienen dos datos certeros. El que abandonó el cadáver llegó en taxi, por lo que deben buscar al conductor. También saben que el dueño de las valijas es un hombre de rasgos asiáticos de contextura muy pequeña. Contactan a todas las compañías de taxis de París. A su vez, estas hablan con sus choferes: quieren saber quién puede haber llevado el 13 de junio a algún asiático al parque Bois de Boulogne. Resulta relativamente fácil. Aparece el taxista: brinda la dirección de dónde había recogido a su extraño pasajero y les cuenta la broma que le hizo. Ya se ha dado cuenta de que su chiste no debe haberle hecho ninguna gracia al asesino que buscan.

Entrevista al caníbal japonés Issei Sagawa

Confesiones de un caníbal

El lunes 15 de junio seis oficiales franceses tocaron el timbre del segundo piso del 10 de la calle Erlanger, en el barrio parisino de Passy. Estaban armados hasta los dientes y preparados para que el salvaje homicida se resistiera con ferocidad. Nada de eso pasó.

Un tranquilo estudiante en sus treinta les abrió la puerta y los saludó con voz muy calma. Les dijo su nombre y, en ningún momento, se opuso a ser detenido.

Ingresaron al departamento. Dentro de la vivienda los policías encontraron los restos del macabro festín.

Lectores, ya les adelanto que Issei Sagawa lo reveló todo con lujo de detalles. Este es el momento donde pueden dejar de leer o pasar al siguiente subtítulo de la nota. Porque sus dichos son escalofriantes y tan difíciles para relatar como para escribir.

Esto es lo que confesó:

“Ella era la mujer más linda que vi jamás. Alta, rubia, de piel pura y blanca, me asombraba con su gracia. La invité a mi casa para una comida japonesa. Aceptó. (...) No podía quitarle los ojos de encima. Cuando se fue podía sentir el aroma de su cuerpo en las sábanas de la cama dónde había estado sentada leyendo un poema. Chupé los palitos con los que comió y lamí su plato para saborear sus labios. Mi pasión era tan grande. Quería comerla. Así sería mía para siempre. No había escapatoria para este deseo. Arreglé para que volviera a leerme poemas una vez más. Le mentí. Le dije que quería grabarla recitando el poema para mi profesor de japonés. Ella me creyó. Preparé todo. El grabador, el rifle para el sacrificio. Ella llegó puntual. Luego de tomar té y whiskey, ella habla. Me sonríe. (...) Su top amarillo sin mangas me deja ver sus bellos brazos. Puedo oler su cuerpo. Prendo el grabador. Ella empieza a leer. Habla perfecto alemán. Busco el rifle escondido detrás de la cómoda con cajones. Me paro despacio y apunto con el rifle a la parte de atrás de su cabeza. No puedo detenerme. Es como si ella me estuviese mirando. Veo sus mejillas, sus ojos, su nariz, su boca, la sangre brotando de su cabeza. Trato de hablar con ella pero ahora ella no responde. El piso está lleno de sangre. Trato de limpiar, pero me doy cuenta de que no puedo parar el caudal de sangre que sale de su cabeza. (...) Le empiezo a sacar su ropa, es difícil quitarle la ropa a un cuerpo muerto. Finalmente lo consigo. Su hermoso cuerpo blanco está frente a mí. He esperado tanto este día y ya está aquí. Le toco la cola. Es muy suave. Me pregunto dónde debería morder primero. Decido que tiene que ser la parte superior de sus nalgas. Mi nariz está cubierta por su piel blanca. Trato de morder fuerte, pero no puedo. Me duele la mandíbula terriblemente. Tomo un cuchillo de la cocina e intento hundirlo en su piel, pero tampoco puedo. (...) De golpe emerge grasa de la herida. Me recuerda al maíz indio. Sigue saliendo. Es raro. Tengo que cortar muy profundo para llegar a la parte roja. (...) Me lo pongo en la boca y mastico. No tiene olor ni sabor. Se deshace en mi boca como un pedazo de atún. La miro a los ojos y le digo: sos deliciosa. Corto su cuerpo y me llevo su carne a la boca una y otra vez. Luego saco fotos de su blanco cuerpo con sus heridas profundas. Tengo sexo con su cuerpo. Cuando la abrazo ella deja salir como un suspiro profundo. Me asusto, parece como si todavía estuviese viva. La beso y le digo que la amo. Luego, arrastro su cuerpo hasta el baño. Estoy exhausto, pero corto un pedazo de su cadera y pongo la carne al horno. Cuando está lista me siento en la mesa. Uso su ropa interior como una servilleta donde todavía huelo su cuerpo. Como la carne que está frente a mí. Luego pongo la grabación de ella leyendo el poema alemán. Mientras sigo comiendo noto que no tiene demasiado sabor así que uso sal y mostaza. Delicioso, es carne de mucha calidad. Luego vuelvo al baño y corto un pecho y lo cocino. Se hincha al asarse. Lo sirvo en la mesa y lo como con cuchillo y tenedor. No sabe muy bien. Es demasiado grasoso. Intento con otra parte. Sus muslos son maravillosos. Finalmente, ella está en mi estómago. Ella es mía. Es la mejor comida que he tenido jamás. (...) A la mañana siguiente ella está todavía allí. No huele mal. Sé que hoy tengo que terminar de cortar el cuerpo (...) Quería poner los pedazos en unas valijas y hundirlas en el fondo del lago. Quería que esa fuera su tumba. Toqué de nuevo su cuerpo frío y me pregunté por dónde debería empezar. Quería remover toda su carne antes de amputar sus extremidades (...)”.

Mientras los detectives descompuestos siguen grabando la pavorosa confesión del detenido, el caníbal relata su banquete y cuenta sobre los trozos que fue probando de las distintas partes del cuerpo de su víctima: las mejillas, el arco de su pie, sus ojos, la parte de abajo de su brazo, su estómago.

“Finalmente corto sus partes íntimas. Cuando toco su vello púbico siento mal olor. Muerdo su clítoris. Pero no puedo sacarlo (...) lo pongo en la sartén y luego lo vuelvo a poner en mi boca. Lo mastico cuidadosamente. Es muy dulce. Luego de tragarlo la siento en mi cuerpo y me caliento. Doy vuelta el cuerpo y abro sus nalgas y veo su ano. Huele mucho. Lo escupo. (...) Han pasado 24 horas y hay moscas en el baño (...)”.

Se masturba usando la mano de Renée. Luego muerde el cartílago de su nariz. El caníbal quiere su lengua y asegura que el momento más difícil fue cuando cortó su cabeza. Para hacer los cortes finales usa una sierra eléctrica. Guarda los restos en la heladera.

Tras sus dichos Issei Sagawa fue encarcelado en la prisión parisina de La Santé para esperar la realización del juicio. Su padre, Akira Sagawa, al enterarse de lo que su hijo había hecho, viajó a Francia y contrató a uno de los abogados más caros del país.

Issei Sagawa en su casa (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)
Issei Sagawa en su casa (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)

Relaciones sexuales con su perro

Issei Sagawa nació el 26 de abril de 1949 en Kobe, Japón, prematuramente. Su estado era delicado y los médicos le informaron a la pareja que corría riesgo su vida y que si superaba esto sería muy pequeño de tamaño. Por ello, desde el día uno, fue el hijo mimado de sus padres. Dos años después nació el segundo: Jun.

Pese al pronóstico inicial, Issei creció como cualquier niño normal, bajo la atenta mirada de sus padres. Su padre, Akira Sagawa, un hombre de negocios exitoso, era presidente de Kurita Water Industries. De su esposa y madre de Issei, no trascendió siquiera el nombre. Logró mantenerse oculta para la prensa.

El paso de Issei por la escuela fue tranquilo. Resultó un buen alumno. Tanto la primaria como la secundaria las hizo en Kamakura, en la prefectura de Kanagawa. Durante los primeros años del colegio secundario, el adolescente mostró mucho interés por la literatura y se reveló como un joven talentoso para escribir. Issei, para ese entonces, ya había dejado de crecer: su altura se había estancado en 1,45 m.

Era muy bajo y eso lo tenía severamente acomplejado.

Hacía tiempo que enfrentaba deseos ocultos de canibalismo. Según él mismo confesaría años después al medio Vice, el primer recuerdo que tenía de querer probar la carne humana había sido en la escuela primaria cuando un día observó con atención el muslo de un hombre. Pero lo cierto es que por mucho tiempo solo él conoció sus perturbadoras fantasías.

En la secundaria se sumaron más deseos anormales. Uno era tener sexo con animales. Así fue que Issei llegó a mantener relaciones con su propio perro.

Aunque no volvió a asesinar ni a comer a nadie, Sagawa decía que su pulsión por la antropofagia no se había detenido (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)
Aunque no volvió a asesinar ni a comer a nadie, Sagawa decía que su pulsión por la antropofagia no se había detenido (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)

El primer ensayo…

Al terminar el colegio ingresó a la Universidad de Wako, en Tokio, para estudiar literatura. Si bien su apariencia era la de un joven normal, sus deseos de canibalismo seguían presentes. Solo los reprimía.

Todavía estaba cursando la carrera y tenía 24 años cuando conoció a una profesora alemana de 35 años. Ella cumplía con todos sus requerimientos estéticos: era fuerte, bella, grandota y con buenos hombros. Averiguó su dirección y una noche fue hasta su casa. Descubrió que dormía con la ventana abierta. Se coló por allí y al entrar en su habitación la vio durmiendo semidesnuda en la cama. Decidió golpearla para dejarla inconsciente y así poder morderla y masticarla. Pero el golpe no logró su cometido y ella se despertó sobresaltada. La mujer empujó con fuerza al pequeño atacante y a los gritos escapó del lugar.

Una horas más tarde, la policía lo detuvo y lo acusó de haber querido violar a su profesora. Acá es donde apareció su padre cargado de billetes y logró liberarlo. Hizo un buen arreglo económico con la maestra, quien retiró los cargos. La suerte de la próxima víctima estaba echada.

Ni sus padres, ni el abogado, ni la policía, ni la profesora atacada, ni siquiera el psiquiatra que lo entrevistó en la comisaría, supieron nunca la verdadera intención de Issei: no deseaba violar a su víctima, quería comerla.

Arregladas las cosas, finalizó sus estudios sin mayores problemas y se anotó para realizar una maestría en Literatura Inglesa en la Universidad Kwansei Gakuin.

Sagawa vivió en libertad hasta su muerte (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)
Sagawa vivió en libertad hasta su muerte (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)

La “elegida” para el menú

Si bien intentaba reprimir sus fantasías, el canibalismo empezó a ser un deseo irrefrenable. Llevaba cuatro años viviendo en Francia cuando decidió hacer realidad su siniestra pulsión. Él mismo relató en una entrevista: “Veía a las mujeres occidentales en la calle y mis fantasías se disparaban solas. Se me cruzaba una mostrando la espalda ¡y ya me imaginaba estrangulándola con un cinturón para desmayarla! Cuando lo hiciera, tenía que taparle la boca con cinta y atarle las manos y los pies con una soga. Recién ahí podría desnudarla. Luego, la examinaría. Primero sus genitales, después la parte de atrás. Entonces iría a la cocina a buscar un cuchillo. Acto seguido estaría cortándola, para luego cocinar su carne en la sartén. Pero, un momento: ¿tendría que matarla? Yo no quería matarlas, ¡solo quería comerlas!”. Lo angustiaba pensar que podría morir sin haber probado jamás el sabor de la carne humana femenina. Sentía que habría desperdiciado su vida si no lo hacía.

El siguiente paso que dio para concretarlo fue comprarse un pequeño rifle de caza.

Faltaba elegir la presa ideal.

Cuando conoció a Renée Hartevelt quedó cautivado por ella. Su piel blanca, su sonrisa fácil, su mirada de ojos grises, su figura perfecta, sus hombros suaves. La eligió. Era el menú perfecto para él. Era “hermosa y saludable”, todo lo opuesto a cómo se consideraba a sí mismo: “débil, feo e insignificante”. Pretendía “absorber su energía” y al mismo tiempo hacer realidad sus sueños de comer carne humana. Los mismos que lo acosaban desde niño cuando imaginaba a sus padres sirviendo una olla en la que estaba Jun, su hermano menor.

El 11 de junio de 1981 fue la fecha en que finalmente llevó a cabo lo que su mente perversa le pedía: mató y devoró a Renée Hartevelt.

La libertad a pesar de todo

Los análisis psicológicos a los que fue sometido determinaron que era demente. No fue preso, sino a un psiquiátrico, el Paul Guiraud de París. Dos años después de ser detenido, el juez Jean-Louis Bruguière, lo terminó declarando loco, un ser humano incapaz de ser juzgado como una persona normal. Con ese argumento Issei Sagawa zafó de la cárcel por siempre. Le llegó a decir en la cara al juez francés: “¡Desde hacía tiempo tenía ganas de comérmela!”.

La sociedad estaba revolucionada con el caso. Un periodista de la revista Paris Match fue arrestado por publicar las fotos del cadáver mutilado y desmembrado de Renée Hartevelt. La opinión pública estaba indignada con la prensa y con la justicia. Por otro lado, los franceses protestaban porque no querían pagar con sus impuestos la estadía del sádico inmigrante japonés en hospitales psiquiátricos.

Unos meses después Issei enfermó en el neuropsiquiátrico y fue trasladado a un hospital donde el médico que lo evaluó le diagnosticó algo gravísimo: encefalitis avanzada. Pronosticó que tenía pocas semanas de vida. Pero otra vez el destino le daría una chance a este ser oscuro. El padre de Issei, poderoso y con muchas influencias, aprovechó la oportunidad y con la excusa de que Issei tenía los días contados consiguió que, en 1986 y con la ayuda de la embajada de su país, el caníbal loco y supuestamente moribundo fuera rápidamente trasladado a una institución psiquiátrica en Tokio, Japón.

Fue deportado e ingresado en el hospital psiquiátrico Matsuzawa donde, contrariamente a los malos pronósticos de los médicos franceses, mejoró rápidamente de sus dolencias físicas.

Lo que había tenido Issei no era otra cosa que una inflamación intestinal.

Unos meses después, en su propio país, su padre consiguió la libertad total para él. Ocurrió de la siguiente manera. Los cinco psiquiatras que lo analizaron en Japón llegaron a la conclusión de que era una persona completamente cuerda que debía ser condenada legalmente por sus actos. Pero la Justicia de Francia rechazó el pedido de las autoridades niponas para entregar los archivos de su causa de la que había sido exonerado y por la que ya no enfrentaba cargos en Francia. Dijeron que el juez francés no tenía derecho a cederlos. Por eso, nada pudieron hacer en Japón para poner a Issei tras las rejas.

Después de trece meses en el psiquiátrico japonés, el director del lugar, harto del asedio de la prensa y convencido de que como el paciente no estaba loco y ningún tratamiento podría beneficiarlo, decidió que su estadía en el lugar debía concluir.

La burocracia legal de ambos países había terminado garantizando la libertad de Issei y su vida posterior sin castigo alguno. La justicia por Renée no llegó nunca.

La familia de Issei siguió haciéndose cargo del hijo monstruo. Akira, quien había tenido que renunciar a su trabajo por el revuelo del caso y ya se había quedado casi sin dinero por asistir legalmente a Issei durante tantos años, gestionó un cambio de identidad para su hijo.

Luego de regresar a Japón después de ser liberado de un hospital psiquiátrico, Sagawa escribió su crimen y hasta participó de películar pornográficas (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)
Luego de regresar a Japón después de ser liberado de un hospital psiquiátrico, Sagawa escribió su crimen y hasta participó de películar pornográficas (Photo by noboru hashimoto/Corbis via Getty Images)

Usufructuar del Morbo

Su ficha quedó prácticamente limpia para comenzar una vida “normal” en Yokohama. Sorprendido con el giro del destino que lo beneficiaba nuevamente Issei tomó esto como una oportunidad y comenzó a ver la posibilidad de lucrar con su espantoso pasado.

Ya desde su confinamiento en La Santé en Francia, Issei Sagawa había percibido la fascinación que su crimen despertaba. Un día leyó en un diario que una productora cinematográfica japonesa quería llevar a la pantalla su historia. La misma tenía en mente para el guión de la película al prestigioso dramaturgo y escritor Juro Kara. Decidió involucrarse en el proyecto y le escribió una carta a Kara en la que le ofreció su versión de los hechos. Durante tres meses el caníbal confeso y el artista consumado mantuvieron correspondencia. Pero de un día para otro la relación terminó. Tres meses más tarde Issei se enteró por qué: Kara había publicado, sin su autorización, una novela llamada “La carta de Sagawa” donde contaba su caso mezclándolo con ficción. El libro se convirtió en best-seller y fue premiado con el Premio Akutagawa, la máxima distinción literaria de Japón en 1982. Issei se sintió traicionado y decidió que no necesitaba a nadie. Él sabía muy bien lo ocurrido. Después de todo era el protagonista y, además, escribía muy bien. Iba a escribirlo él mismo. Todavía estaba internado en el psiquiátrico francés cuando recibió la visita del también escritor y traductor Inuhiko Yomoto. Le entregó un manuscrito incompleto para que lo ayudara a publicarlo. No esperaba otra traición. En septiembre de 1983, su texto sin terminar y sin su aprobación, fue editado en Japón con el título “En la niebla”. La deslealtad, más que enojo, le dió nuevas ínfulas: se vendieron nada menos que 200 mil copias.

Issei Sagawa ya era una celebridad funesta cuando llegó a Japón a fines de 1983 y, cuando quedó totalmente libre, empezaron a lloverle las propuestas.

Akira, su padre, se había empezado a quedar sin dinero pero pudo alquilarle un pequeño departamento donde el criminal viviría hasta la muerte de sus progenitores. Issei sabía que nadie lo quería demasiado cerca, pero que al mismo tiempo despertaba la atención. Estaba dispuesto, más que nunca, a aprovechar el morbo ajeno. Empezó a ser comentarista invitado en medios del espectáculo, a escribir reseñas para restaurantes y a realizar pequeños papeles para documentales y películas. Materializó también su historia en un manga escrito e ilustrado por él mismo. Sentía que ahora sí tenía el reconocimiento que merecía. Su historia impregnó también la música: inspiró en 1981 la canción La Folie; en 1983, el tema de los Rolling Stones, Too much blood (Demasiada sangre) y, en 2004, a la banda del subgénero musical brutal death metal, Cannibal Corpse.

En 1992 Issei apareció en la película Uwakisuma: Chijokuzeme, como un voyeurista sadosexual. El asesino admitía tener todavía fantasías caníbales, pero aseguraba que ya no deseaba llevarlas a cabo.

Al medio Vice le contó para un mini documental en el año 2010, llamado “Entrevista con un caníbal”, su crimen con detalles igual de espeluznantes que en su confesión a la policía años atrás.

Además, realizó pinturas y escribió un libro sobre el asesino en serie de niños de Kobe. Issei creía ser un artista.

En el año 2013, un derrame cerebral casi le costó la vida y lo dejó con daños permanentes. Tuvo dos infartos y en 2015 le diagnosticaron diabetes. En 2016 la dramaturga y directora española Angélica Liddell estrenó su obra “¿Qué haré yo con esta espada?”, también inspirada en él y en el atentado del teatro Bataclán en París. El caníbal seguía manteniendo su estrella del espanto.

En 2017 se estrenó un nuevo documental sobre su caso y se tituló Caniba. Fue exhibido en el Festival de Cine de Venecia. El filme cosechó elogios, pero también críticas negativas por ser considerado inmoral y repugnante. Su realizadora fue nada menos que Véréna Paravel, una cineasta de renombre, profesora de la Universidad de Harvard y representante -con Lucien Castaing-Taylor- del prestigioso Sensory Ethnography Lab de la misma institución. La filmación contiene primeros planos y más confesiones tremendas del perverso homicida en estado de alienación mental mientras dialoga con su hermano Jun. Véréna le dijo a la prensa que ella y su codirector del documental se sentían profundamente disgustados por los hechos, pero también fascinados y con deseos de “comprender” la conducta de Issei Sagawa. Al medio norteamericano The New York Post le dijo: “La mató, la violó y comenzó a comérsela. Pero tuvo problemas con la carne y la cocinó. Hizo un teriyaki”. En fin, ya sabemos todos que el arte puede carecer de límites en sus expresiones. Seguimos olvidando a la pobre Renée de quién el criminal se sirvió de todas las maneras para toda su vida.

Sagawa murió a los 73 años en Japón. Nunca fue a la cárcel. El horrendo crimen que cometió quedó impune (Photo by JUNJI KUROKAWA / AFP)
Sagawa murió a los 73 años en Japón. Nunca fue a la cárcel. El horrendo crimen que cometió quedó impune (Photo by JUNJI KUROKAWA / AFP)

El eco del mal

Issei Sagawa llegó a aceptar roles bizarros en la tevé o en películas triple XXX. En una patética incursión en el cine porno protagonizó una escena en la que le confiesa a la actriz con la que acaba de tener sexo quién es realmente y qué hizo en su pasado.

Una y otra vez la olvidada Renée era revictimizada por su asesino y por todos.

Issei llegó a decir en una de sus tantas entrevistas, siempre muy bien pagas: “Me hubiera gustado que me dieran la pena de muerte. La muerte es mi única esperanza. Quiero morir sufriendo. Y me gustaría ser asesinado por una mujer hermosa. Esa es mi fantasía (...) Comer y ser comido es lo mismo para mí. Siempre sueño con ser devorado por una hermosa mujer blanca”.

Se había prometido no volver a matar, pero sus deseos antropofágicos generaban turbulencias en su ánimo y advirtió: “Cuando tengo una necesidad caníbal la reprimo masturbándome. Pero me volví impotente y ya no puedo masturbarme. Estoy terriblemente preocupado por no poder reprimir mis deseos canibalísticos al masturbarme. Temo que mi canibalismo pueda emerger nuevamente”.

“Razones” insólitas y desmentidas

Si bien Issei siempre alegó desconocer el origen de su perversión, se animó a divagar para atribuírsela a dos posibles motivos. El primero podía ser un juego infantil que llevaba a cabo su tío Mitsuo Sagawa (un popular cantante y actor japonés) cuando él y su hermano menor Jun eran pequeños. Mitsuo jugaba a ser un gigante que venía a devorarlos y Akira, su padre, era el caballero imaginario que debía salvarlos. Los niños no siempre lograban escapar y cuando perdían se suponía que la bestia los cocinaría en una gran cacerola. Issei adoraba ese juego, lo excitaba enormemente.

La segunda causa que esgrimió el caníbal como excusa fue que por su pequeño tamaño él deseaba y necesitaba, comer carne humana caucásica de una chica fuerte, alta y de hombros pálidos como los de Grace Kelly. Aclaremos que la actriz y princesa era su amor platónico. Grace, menos mal, no debe haberse enterado nunca que lo tenía de admirador porque murió un año después del crimen de Renée.

El propio Sagawa desmintió algunos escritos de la prensa del momento del homicidio que daban una versión de la historia que él aseguró no era cierta: “Se ha dicho que como amaba a mi víctima, le confesé mis sentimientos y ella se rió de mí y que yo perdí el control y la maté. Eso es completamente falso. Fue solo un mes después de haberla conocido que el accidente ocurrió. Renée era una chica muy hermosa, pero éramos solo amigos. Renée era tan amable... Desafortunadamente, en ese momento, no pude entender que su amistad venía del corazón. Ella era una buena amiga. Pero yo la veía solo como un apetitoso bowl de carne”, ironizó cobijado en su supuesta locura.

Al crimen lo llamó “accidente”. Un “accidente” que no lo era en ningún caso porque lo había planeado a la perfección. Femicida, necrófilo, antropófago, Issei expresó con sarcasmo: “Yo no quería matar a Renée, yo solo quería saborear su carne. Me arrepiento terriblemente de haberla matado. Por eso nunca repetí mi crimen caníbal. Sigo fantaseando con comer carne humana, pero nunca volveré a matar”. Y cumplió. Físicamente disminuido Issei terminó su vida en una silla de ruedas. Pasó sus últimos años al cuidado de su hermano menor Jun, aquel que él imaginaba dentro de una gran olla. Murió en Tokio, el 24 de noviembre de 2022, con 73 años, a causa de una neumonía.

Su víctima Renée solo vivió 25 años. Menos mal que murió de un certero tiro sin ver todo lo que su “nuevo amigo” hizo con ella. De los Hartevelt, de los padres y de los hermanos de la víctima, nunca se supo nada. Quizá solo se escondieron del mundo por el espanto de ver la fama creciente del caníbal, las terribles fotos que publicaban los medios, la incoherencia de los médicos y la inacción de la justicia. Insoportable.

El mundo, una vez más, funcionó al revés: Issei Sagawa, el caníbal confeso, vivió como una celebridad hasta viejo, en completa libertad y lucrando de su nefasta acción.