Las historias de reclutamiento de ciudadanos latinoamericanos para combatir en las filas del ejército ruso en el marco de la invasión a Ucrania siguen saliendo a la luz, pero con matices cada vez más perturbadores.
Por primera vez, Infobae tuvo acceso exclusivo al testimonio de la esposa del primer ciudadano guatemalteco documentado en las filas de las fuerzas de Moscú, un caso que retrata no solo el entramado de engaños económicos y la falta de respuesta diplomática, sino también graves e inusuales revelaciones sobre el equipamiento que llevan los extranjeros al frente de batalla.
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Sarah Illescas, esposa de Carlos Alfredo González, accedió a hablar en exclusiva con Infobae y compartió una revelación inédita sobre el equipo de combate que su esposo aseguraba llevar consigo en el frente: la presencia de una supuesta jeringa autoinyectable destinada a ser utilizada en caso de captura por parte de las fuerzas ucranianas.
“Ellos, aparte de todo lo que cargan, cargan bombas, granadas, de todo, pero andan una inyección... Si alguien del otro lado los agarra, en este caso Ucrania, ellos se tienen que inyectar eso para morirse. Es una inyección letal”, afirmó Illescas a este medio.
Esta declaración constituye la primera vez que un familiar de un reclutado latinoamericano expone públicamente la existencia de este tipo de dispositivo en el equipo de los combatientes.
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Infobae ha realizado las indagaciones correspondientes con otras familias de reclutados en la región; hasta la fecha, dichos contactos no han confirmado de forma directa el uso deliberado de sustancias suicidas, aunque han reiterado que los combatientes sufren constantes amenazas y represalias si intentan denunciar o exponer sus condiciones de servidumbre militar.
Contextualizando la denuncia, el uso de ampollas o jeringas en el kit médico ruso cuenta con antecedentes históricos en la doctrina militar de Moscú. Durante las Guerras de Chechenia, el botiquín militar obligatorio de los soldados (modelos AI-1 y AI-2) incluía la jeringa autoinyectable (shprits-tyubik) de Promedol, un potente analgésico opioide sintético.
Si bien su propósito oficial era anestesiar a los heridos graves para evitar el shock traumático, sobredosis de este tipo de analgésicos narcóticos o su mal uso en situaciones críticas pueden resultar letales o causar parálisis respiratoria.
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El posible uso de sustancias químicas en el conflicto no se limita a analgésicos de emergencia. Según un informe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania difundido por la agencia EFE en 2024, el mando militar ruso ha recurrido al suministro sistemático de hasta siete sustancias narcóticas y psicotrópicas a tropas de élite, como el 108 Regimiento de Asalto Aerotransportado.
Estas drogas, diseñadas para inducir euforia y anular la percepción del dolor, buscan reducir la inhibición y el temor a sufrir heridas o la muerte, facilitando la ejecución de ataques prácticamente suicidas en frentes críticos como Márinka y Avdiivka (Donetsk).
Illescas, detalló sobre el calvario que vive desde que su pareja tomó la decisión impulsiva de partir hacia Europa del Este, un viaje marcado por itinerarios irregulares, promesas de salarios exorbitantes y la posterior pérdida total de comunicación en las zonas de combate.
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Carlos, guatemalteco nacido el 21 de octubre de 1990 y mecánico de profesión, abandonó Centroamérica a mediados de junio con la promesa de acceder a estabilidad financiera para su familia. Según relata su esposa, la salida debió coordinarse a través de un país vecino por impedimentos migratorios en su nación de origen.
“Nosotros lo fuimos a dejar a la frontera de El Salvador porque él tiene raíz aquí en Guatemala. Entonces, no puede salir por el lado de Guatemala legal... El 15 de junio salió en un vuelo de El Salvador para Panamá, luego hace escala en Panamá para Estambul y de Estambul hace vuelo para Moscú”, relató Illescas a Infobae.
El anzuelo principal para atraer a González al conflicto no dista de los patrones detectados en otros países de la región: sumas cuantiosas de dinero, bonos de incorporación y promesas de regularización migratoria que rara vez se concretan.
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“A él le mandaron que iba a ganar un bono de 23,000 hasta 50,000 dólares. Iba a ganar un salario mensual de 210,000 a 280,000 rublos, que equivale a entre 2,300 y 2,800 dólares al mes. Iba a tener estatus legal, beneficios migratorios y le iban a dar la ciudadanía a él y a su familia”, explicó Illescas tras revisar las capturas de pantalla de la oferta.
Sin embargo, detrás del lucrativo contrato de un año se escondía una realidad distinta. Aunque a la esposa se le informó que González habría acumulado importantes sumas en cuentas bancarias rusas, la imposibilidad de realizar transferencias internacionales impidió que la familia recibiera un solo centavo en Guatemala.
“Me dijo que ya le habían pagado dos salarios... pero por tanta restricción yo nunca recibí ni un centavo... Me decía: ‘Tengo no sé cuántos millones aquí en la cuenta y son como 200,000 quetzales’. Pero yo le decía: ‘¿De qué sirve si no me puedes mandar ni un centavo?’”, enfatizó.
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Entrenamiento, “caminatas de la muerte” y la pérdida del pasaporte
A su llegada a Moscú el 17 de junio, González fue sometido a exámenes médicos y alojado temporalmente en hoteles antes de ser trasladado a campos de entrenamiento y, posteriormente, a zonas de operaciones en territorio ucraniano ocupado. A partir de ese momento, la libertad de movimiento desapareció por completo.
“Al principio me dijo que iba de mecánico a arreglar cosas... Después me dijo que iba a recoger armamento que dejaban tirado las personas que fallecían. Pero estando allá, cuando pasaron los tres meses que supuestamente duraba su viaje, le dije que se escapara. Me dijo: ‘Es que yo ya no tengo mis papeles, ya no tengo mi pasaporte... Yo ya no estoy en Rusia, estoy del otro lado’”, denunció Illescas.
El testimonio detalla condiciones extremas en los frentes de combate donde operan hombres de diversas nacionalidades, entre ellos ciudadanos colombianos, venezolanos, ecuatorianos y africanos. Según Illescas, las raciones de alimento eran acaparadas por las tropas rusas de origen, dejando a los reclutados extranjeros en situaciones de vulnerabilidad.
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Última comunicación y paradero incierto en el frente
La última comunicación de Illescas con Carlos tuvo lugar el 8 de septiembre de 2024, cuando él le informó que preparaba su equipo para salir a una nueva misión en una zona boscosa. Desde entonces, el paradero del ciudadano guatemalteco es incierto.
Frente a la desesperación, la cónyuge intentó obtener apoyo institucional en Guatemala, enfrentándose a barreras diplomáticas y respuestas evasivas por parte de las representaciones oficiales.
“Llamé a la Embajada de Rusia aquí en Guatemala... Le dije: ‘Mi esposo se fue tal fecha y dejé de comunicarme con él. Quiero saber de él’. Y me dicen ahí: ‘No, nosotros no te podemos apoyar, nosotros no tenemos relación con el Ministerio de la Defensa’... Me dieron el correo del ejército en Rusia para que escribiera en inglés, pero no he tenido respuesta”, lamentó.
La historia de Carlos Alfredo González pone de manifiesto la vulnerabilidad de los ciudadanos latinoamericanos atraídos por la maquinaria de guerra rusa en Europa del Este, un fenómeno que ya afecta en Centroamérica.
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