La zona de Galicia que no tiene nada que envidiar a la Toscana italiana: un paisaje de viñedos y cañones entre monasterios medievales

Un territorio del interior de Galicia marcado por sus paisajes, su patrimonio histórico y una tradición vitivinícola con siglos de historia

Ponte Vella, en Monforte, capital de la Ribeira Sacra (Turismo Galicia)
Ponte Vella, en Monforte, capital de la Ribeira Sacra (Turismo Galicia)
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La Toscana italiana es una de las zonas más conocidas del país mediterráneo por sus paisajes, sus pueblos medievales y su patrimonio histórico. Sus colinas cubiertas de viñedos, sus ciudades de origen renacentista y sus pequeños municipios hacen de esta región uno de los destinos más atractivos para quienes buscan descubrir la Italia más tradicional.

Sin embargo, hay zonas de España que no tienen nada que envidiar a este enclave histórico. En Galicia, hay una comarca que tiene una enorme similitud con lugares como San Gimignano, Siena o Montepulciano. Se trata de la Ribeira Sacra, territorio marcado por los cañones del Miño y el Sil, donde monasterios, iglesias y pequeñas localidades conviven con las tradicionales terrazas de cultivo.

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La comarca se extiende por el sur de Lugo y el norte de Ourense y reúne territorios situados a orillas del Miño y el Sil, dos ríos que han moldeado durante siglos un paisaje de fuertes pendientes y profundos cañones.

Viñedos en la Ribeira Sacra. (Carlos Castro/Europa Press)
Viñedos en la Ribeira Sacra. (Carlos Castro/Europa Press)

Es precisamente en las laderas que rodean estos ríos donde se encuentra una de sus imágenes más características. Las cepas se distribuyen en bancales y terrazas que descienden por las montañas, creando un paisaje de escalones que se mezcla con los bosques y el curso del agua. En algunos puntos, la pendiente es tan pronunciada que el cultivo se considera viticultura heroica y dificulta la mecanización de las tareas.

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El resultado son panorámicas en las que los viñedos ocupan las laderas mientras el Miño y el Sil avanzan por el fondo de los valles. Es especialmente llamativo el entorno del Cañón del Sil, que se extiende durante unos 25 kilómetros antes de su desembocadura en el Miño, con paredes cubiertas de vegetación, miradores y pequeñas localidades repartidas por sus alrededores.

Vista del Cañón del Sil. (Turismo Ribeira Sacra)
Vista del Cañón del Sil. (Turismo Ribeira Sacra)

A este paisaje se suma un importante patrimonio religioso. La zona conserva numerosos monasterios e iglesias, muchos de ellos situados en lugares elevados desde los que se domina el entorno. Entre ellos destacan Santo Estevo de Ribas de Sil y Santa Cristina de Ribas de Sil, dos conjuntos que permiten acercarse a la historia de un territorio en el que la presencia de comunidades monásticas tuvo un papel destacado durante siglos.

Templo religioso
Monasterio Santo Estevo de Ribas de Sil. (Turismo Galicia)

Un territorio que se descubre a pie y desde el agua

Más allá de sus paisajes, la Ribeira Sacra ofrece distintas formas de recorrer un territorio en el que la naturaleza y la historia aparecen prácticamente a cada paso. Una de las opciones es seguir alguno de los caminos que atraviesan la comarca, entre ellos el Camino de Invierno, una de las rutas de peregrinación hacia Santiago de Compostela que pasa por lugares como Belesar. El itinerario permite descubrir pequeñas localidades y caminos que discurren junto al Miño, además de acercarse a algunos de los rincones menos conocidos de la zona.

Zona de la Ribeira Sacra
Ribeira Sacra. (Turismo Ribeira Sacra)

Otra posibilidad es cambiar la perspectiva y navegar por los ríos. Desde distintos embarcaderos parten rutas en catamarán por el Miño y el Sil, una alternativa para contemplar desde el agua las laderas, los bosques y las localidades que se encuentran en las partes más elevadas. También existen recorridos vinculados al enoturismo, con visitas a bodegas y actividades relacionadas con los vinos de la denominación de origen.

La comarca guarda además algunas historias curiosas relacionadas con la construcción de los embalses. El de Belesar, inaugurado en 1963, obligó a trasladar el antiguo pueblo de Portomarín a una zona más elevada, mientras que algunos de sus principales edificios históricos fueron desmontados y reconstruidos piedra a piedra en su nuevo emplazamiento. Algo similar ocurrió con algunas iglesias de la zona, como Santo Estevo de Chouzán, trasladada a un lugar más alto antes de que las aguas cubrieran su ubicación original por la creación del embalse Os Peares.

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