
Entre olivos y alcornoques, bellos pueblos e increíbles castillos, y una riqueza natural incalculable, el Alentejo se alza como uno de los destinos más especiales de Portugal. Así, esta región lusa atrae a infinidad de viajeros que buscan conocer su historia marcada por la influencia musulmana, la cual ha perdurado hasta nuestros días. De hecho, su propio nombre es de origen árabe, pues Alentejo significa, literalmente, “más allá (além) del Tajo (Tejo).
Pero no solo eso, pues los pueblos que atesora esta zona permiten conocer un patrimonio arquitectónico e histórico en mitad de entornos naturales de gran belleza. Así, pueblos como Alcacer do Sal emergen como joyas escondidas que bien merecen una vista. Esta localidad, ubicada a poco más de una hora en coche desde Lisboa, se enclava a orillas del río Sado, un emplazamiento cuya historia abarca desde los fenicios hasta la ocupación árabe, lo que la convierte en una de las ciudades más antiguas de Europa.
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Un castillo milenario hecho posada
Alcácer do Sal, conocida en la época romana como Salacia Urbs Imperatoria, fue un enclave estratégico dentro del Imperio Romano gracias a su ubicación junto al río Sado. Este curso de agua facilitaba el transporte de productos agrícolas, como trigo, aceite y vino, desde las tierras del interior hacia otros territorios del Mediterráneo bajo control romano. La ciudad destacó además por su producción de sal y las industrias de salazón y pasta de pescado, lo que la convirtió en uno de los puertos interiores más importantes del Occidente peninsular.
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Durante la ocupación musulmana, a partir del siglo VIII, Alcácer se consolidó como capital de la provincia de Al-Kaser. Sus defensas fueron reforzadas con dos murallas y 30 torres, formando uno de los mayores bastiones de la Península Ibérica. Sin embargo, en 1217, la ciudad fue conquistada por el rey portugués Afonso II, con la ayuda de los Cruzados que se dirigían hacia Siria y Tierra Santa. Tras la conquista, Alcácer pasó a manos de la Orden Militar de Santiago, que estableció su sede en la ciudad, marcando un nuevo capítulo en su historia.
Muestra de este pasado es su castillo, el cual se eleva sobre la ciudad dominando todo el paisaje. Originalmente construido por los árabes en el siglo VIII, fue reformado tras la reconquista cristiana. Desde sus murallas, se puede disfrutar de una vista panorámica impresionante del río Sado y de los arrozales que dominan el paisaje circundante. Actualmente, bajo el nombre de D. Alfonso II, el castillo alberga una posada de lujo, integrando el patrimonio histórico con la hospitalidad moderna. Pero esto no es todo, pues también cuneta con una cripta arqueológica convertida en museo
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Un paseo por Alcácer do Sal
Más allá del castillo, el casco histórico de Alcácer do sal invita a perderse. Sus calles empedradas dibujan un trazado en el que el viajero puede disfrutar de un recinto amurallado lleno de rincones únicos. Así, destacan monumentos como la iglesia de Santa Maria do Castelo, un templo fundado por la Orden de Santiago y que constituye un interesante ejemplo del arte románico tardío (finales del siglo XII y principios del XIII). A su vez, la iglesia do Espírito Santo destaca por su bella portada manuelina y según cuenta la tradición, fue el escenario de la boda en segundas nupcias del rey don Manuel con la infanta doña María de España.

Tampoco hay que pasar por alto el Museo Etnográfico do Torrão, el cual se ubica en un antiguo lagar de aceite y donde se puede contemplar una exposición permanente del ciclo que se hace para la elaboración del pan. Por otro lado, uno de los mayores atractivos de la localidad son los vastos arrozales que bordean el río Sado. La producción de arroz ha sido una de las principales actividades económicas de la zona durante siglos. La fértil llanura aluvial del Sado proporciona las condiciones ideales para el cultivo de este cereal, y su producción sigue siendo una fuente importante de ingresos para los habitantes locales.
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El río Sado, por su parte, ofrece la oportunidad de disfrutar de actividades recreativas. Los paseos en barco por el río permiten descubrir la fauna local, entre la que destacan los flamencos y otras aves que habitan en las marismas. Estos paisajes, entre campos de arroz y estuarios, son un refugio para quienes buscan tranquilidad y contacto con la naturaleza.
Cómo llegar
Desde Lisboa el viaje es de alrededor de 1 hora por la carretera A2 (hay peajes). Por su parte, desde Évora el trayecto tiene una duración estimada de 1 hora y 5 minutos por las vías N380 y ER257.
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