Durante décadas, el Palacio de Tatoi permaneció prácticamente detenido en el tiempo. La antigua residencia de verano de la familia real griega, estrechamente vinculada a la infancia de la reina Sofía, llegó a presentar una imagen muy alejada de su antiguo esplendor. Edificios deteriorados, vegetación sin controlar y fachadas ennegrecidas fueron durante años la estampa habitual de una finca que había quedado fuera del acceso público.
Ahora, el paisaje comienza a cambiar. El Estado griego lleva varios años trabajando en la recuperación del histórico complejo, un proyecto que adquirió todavía más importancia después de los incendios que afectaron a la zona en agosto de 2021. Aunque las obras todavía no han terminado, el aspecto del palacio ya permite comprobar hasta qué punto ha avanzado la transformación.
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La piedra de las fachadas ha sido sometida a trabajos de limpieza y restauración, mientras que las cubiertas y las carpinterías han sido renovadas. También han recuperado protagonismo algunos de los elementos que caracterizan al edificio, como sus contraventanas verdes y las barandillas blancas de los balcones y terrazas. En los jardines, además, se han recuperado espacios históricos, entre ellos una antigua fuente de mármol.
En el interior también se trabaja para conservar las estancias y los objetos que todavía permanecen en el complejo. El comedor principal es uno de los espacios en los que se han desarrollado labores de restauración y conservación. El resultado es un Tatoi mucho más reconocible que el que durante años permaneció abandonado, aunque algunas zonas continúan pendientes de intervención.
Un museo para recuperar la memoria de la monarquía griega
La intención del Gobierno griego no consiste únicamente en devolver al palacio su aspecto original. El proyecto pretende convertir la finca en un gran espacio cultural y turístico, con un museo y diferentes áreas abiertas a los visitantes. La inversión destinada al proyecto supera los 14 millones de euros, con especial atención hasta ahora al edificio principal y a las antiguas caballerizas.
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La actuación contempla la recuperación de los edificios históricos, pero también la creación de espacios expositivos, un hotel, establecimientos comerciales, restaurantes y zonas destinadas a actividades agrícolas. De esta forma, Tatoi pretende convertirse en un complejo capaz de combinar patrimonio, cultura y turismo.
Uno de los principales atractivos de la futura exposición será precisamente la recuperación de numerosos objetos relacionados con la antigua familia real. Durante los trabajos han aparecido carruajes, uniformes, muebles, documentos y otros bienes que permanecían almacenados en diferentes dependencias.
Entre las piezas recuperadas figuran la limusina utilizada por la reina Federica, mobiliario del gran salón, el vestido de novia de la reina Ana María e incluso recuerdos vinculados a la reina Sofía. Todos estos elementos deberán ser catalogados y restaurados antes de formar parte de la exposición permanente que explicará la historia del complejo y su relación con la historia contemporánea de Grecia.
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La finca que fue hogar de la familia real
Para entender el valor de Tatoi hay que remontarse al siglo XIX. El rey Jorge I de Grecia adquirió los primeros terrenos en 1872, al norte de Atenas, y con el paso del tiempo la finca fue ampliándose hasta convertirse en la residencia de verano de la familia real.
La reina Olga impulsó la construcción del palacio, concebido bajo la influencia de las residencias rusas. El complejo terminó convirtiéndose en uno de los principales escenarios de la vida privada de la familia y fue allí donde parte de sus miembros, incluida nuestra reina Sofía, pasaron algunos de sus años de infancia.
La relación con la monarquía terminó después del golpe de Estado de 1967 y el exilio del rey Constantino II. Décadas después, el Estado griego expropió los bienes de la antigua familia real. El conflicto llegó hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que reconoció que las propiedades habían pertenecido a la familia a título privado y estableció que debía recibir una compensación económica.
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Finalmente, tras el pago de la indemnización, Tatoi pasó definitivamente a manos del Estado griego en 2003. A partir de entonces comenzó un largo periodo de abandono que contribuyó al deterioro del conjunto.
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