Seis semanas es lo que tardaron las tropas nazis en ocupar Francia. En solo 46 días, los alemanes acabarían con la III República, forzarían el exilio del general Charles de Gaulle a Gran Bretaña y fragmentarían el país galo en dos. Tal había sido la eficacia de esta guerra relámpago que los nazis consiguieron ocupar más territorio en cien horas que en los cuatro años que había durado la Primera Guerra Mundial.
El 23 de junio de 1940, un día después de la firma del armisticio, Adolf Hitler se paseaba por las calles de París acompañado por su séquito. Las fotografías del Führer visitando los lugares más emblemáticos de la ciudad dieron la vuelta al mundo: eran la imagen de la caída de Francia y el auge imparable del nazismo.
La táctica Blitzkrieg, como se conoció a esta guerra relámpago, permitió a Alemania ocupar Europa a una velocidad de vértigo: Polonia (septiembre de 1939), Dinamarca y Noruega (abril de 1940), Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Francia (mayo de 1940), Yugoslavia y Grecia (abril de 1941). Gran Bretaña pudo librarse del ataque terrestre, pero no fue el caso de la Unión Soviética: en junio de 1941, la Operación Barbarroja —la invasión militar más grande de la historia— movilizó a tres millones de soldados de las potencias del Eje que invadieron la URSS a lo largo de un frente de más de 2900 kilómetros.
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Los historiadores han analizado en profundidad las claves que explicaron el éxito inicial de la campaña nazi: combinaba ataques sorpresa coordinados de tanques, aviación e infantería, sumada a la lenta reacción de los aliados y a la falta de preparación militar. Sin embargo, uno de los motivos principales que están detrás del vertiginoso avance de las tropas alemanas suele pasar desapercibido: el consumo de metanfetamina.
El Tercer Reich prohibía el consumo de drogas recreativas y castigaba duramente a quienes hacían uso de ellas, porque mancillaban la “pureza del pueblo alemán”. En la práctica, lo oficial se diluía. El ejército alemán administraba sistemáticamente metanfetamina cristalina a sus soldados como un elemento más de la ración diaria. A veces en pastillas bajo la marca de Pervitin, pero también incrustadas en tabletas de chocolate.
Unos soldados “sobrehumanos” que no necesitaban dormir
El consumo de metanfetamina entre soldados no era un secreto. De hecho, se entendía como una herramienta indispensable para el desarrollo de la Blitzkrieg. Las drogas sintéticas eliminaban en los nazis el cansancio, el dolor, el hambre e, incluso, el miedo. “Con metanfetamina, sus soldados eran más fuertes y más rápidos, estaban superatentos y no necesitaban comer ni dormir”, escribe Sam Kelly, historiador por la Universidad de Stanford y autor del libro Human History on Drugs.
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Más que soldados, lo que Hitler buscaba en sus hombres era, precisamente, que dejaran de serlo: quería criaturas sobrehumanas que no palidecerían ante las debilidades naturales de las personas. “El objetivo de los nazis era crear supersoldados mejorados químicamente”, cuenta Kelly. “Gracias al Pervitin, los soldados no necesitaban dormir” y pudieron mantenerse despiertos y en movimiento durante tres días y tres noches. En total, entre 1939 y 1945, los soldados alemanes consumieron más de 200 millones de pastillas de metanfetamina.
Hitler, adicto a la cocaína
Desde el soldado raso de infantería hasta el conductor de tanques o el piloto de bombarderos de la Luftwaffe, el ejército alemán se drogaba metódicamente. Una realidad que no solo no era desconocida para Hitler, sino que también la practicaba. Pese a que la propaganda del Tercer Reich intentó vender la figura del Führer como un hombre abstemio y libre de vicios, la realidad es que Hitler contaba con un médico personal, Theodor Morell, que le suministraba diariamente su dosis de cocaína.
La adicción de Hitler comenzó en la Gran Guerra, cuando el gobierno alemán también abogó por drogar a sus tropas para que encararan con valentía la batalla fuera de las trincheras. “A Hitler le encantaba. El subidón que le proporcionaba la cocaína lo hacía sentirse lleno de energía e invulnerable. Se ponía a tono con la droga y corría de cabeza hacia el frente. Le disparaban constantemente, sin duda, se exponía a ataques con gas venenoso y estuvo a punto de morir decenas de veces, pero el miedo y el dolor no significaban nada para él cuando se había metido cocaína”, recoge el historiador en el libro, traducido al español como Ramsés II era un fumeta y Hitler se pasó con las anfetas.
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No obstante, la metanfetamina había relegado a la cocaína en la Segunda Guerra Mundial, algo que no supuso un problema para Hitler. Según el médico nazi Ernst-Günther Schenck, el dictador “era muy aficionado al Pervitin” y a toda una serie de cócteles sintéticos que le preparaba el doctor Morell: “Sus dosis contenían mucho más que vitaminas; en ocasiones también añadía esteroides, testosterona, estimulantes veterinarios, hormonas sexuales y sustancias derivadas de testículos, próstatas y glándulas productoras de semen de toro”.
El síndrome de abstinencia del Führer y el fin de la guerra
La brutal adicción a estas “inyecciones de vitaminas” (que gustaba de tomar antes de sus enérgicos discursos), a la cocaína, la oxicodona y la metanfetamina no permitió a Hitler ser consciente de que Alemania estaba empezando a perder la guerra. Corría el año 1943 y el Führer “había perdido la capacidad de entender lo que estaba pasando en realidad”.
A finales de 1944, la Real Fuerza Aérea británica (RAF) bombardeó las fábricas que producían las drogas del dictador y el doctor Morell se había quedado sin suministros para las inyecciones de metanfetamina, oxicodona y cocaína. El síndrome de abstinencia no tardó en llegar. “Divagaba, decía cosas incoherentes, a menudo deliraba y no dejaba de temblar”.
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Los síntomas físicos y mentales llegaron acompañados de una realidad aún más dura para Hitler: iban a perder la guerra. La abstinencia le había arrancado la venda de los ojos y la caída del Tercer Reich era inminente. Cercado por el Ejército Rojo, Adolf Hitler y Eva Braun se refugiaron en un búnker a ocho metros bajo tierra en Berlín, donde se suicidaron: ella, tomando cianuro; él, sin poder recurrir a una sobredosis, con un disparo.