En el mundo de las series y las películas, Breaking Bad es uno de los títulos más aclamados por la crítica y las personas. Bryan Cranston encarnó a Walter White y Aaron Paul a Jesse Pinkman y, tras el éxito en plataformas de streaming, se convirtieron en dos referentes en el ámbito cinematográfico. Sin embargo, pocos imaginarían que la tan exitosa serie enfrentó dificultades para ser estrenada.
Vince Gilligan, que apostaba por un nuevo proyecto tras su paso por Expediente X, aspiraba a crear su propio universo y ficción, aunque el salto desde la escritura para otros a liderar una idea propia resultó mucho más complejo de lo esperado.
La idea original de la serie surgió, en parte, de conversaciones informales con otros guionistas sobre los problemas económicos que atravesaban. Bromeando acerca de fabricar metanfetamina en una caravana, el director fue dando forma a un concepto que pronto evidenció ser difícil de vender a los ejecutivos de las cadenas.
En el documental No Half Measures, reveló que el CEO de Sony, Michael Lynton, lo consideró como “la peor y más loca idea” que había escuchado. No obstante, animó al equipo para intentarlo.
Las complicaciones para vender “Breaking Bad”
El primer problema que atravesó Vince Gilligan fue el de conseguir una cadena que apostara por el proyecto. En 2012, en una entrevista con Newsweek, compartió que durante una de las presentaciones, un ejecutivo lo interrumpió apenas comenzaba a explicar y cortó en seco su entusiasmo comparando la serie con otra producción reciente. Incluso, sintió la sensación de derrota y describió que se le “helaba la sangre en las venas” ante la posibilidad de que su historia no vea la luz.
La primera reacción de algunos ejecutivos al escuchar el concepto de Breaking Bad fue asociarlo de inmediato con Weeds, una serie que acababa de estrenarse en Showtime en 2005. Durante una presentación clave, un presidente de cadena interrumpió a Vince Gilligan al afirmar sin rodeos: “Esto se parece mucho a Weeds”.
Este comentario dejó completamente descolocado a Gilligan, que ni siquiera estaba al tanto de la existencia de la serie protagonizada por Mary-Louise Parker. Sus compañeros en Sony, Zack Van Amburg y Jamie Erlicht, intentaron salvar la reunión argumentando que, aunque ambas historias giraban en torno al narcotráfico, había diferencias fundamentales: “Ella vende marihuana y tu hombre vende metanfetamina. Peras y manzanas”.
A pesar de este esfuerzo, el estigma de la comparación pesó sobre el proyecto. El parecido superficial (una persona aparentemente común que se adentra en el mundo de las drogas por necesidad económica) llevó a muchos a considerar que Breaking Bad era una copia o una variante más dramática de la otra serie.
Sin embargo, las tramas de ambas series se alejaban notablemente: mientras Weeds abordaba desde la comedia la historia de una madre que busca mantener su nivel de vida tras enviudar, Breaking Bad se adentraba en terrenos mucho más oscuros y dramáticos, con un protagonista al borde de la muerte que intenta asegurar el futuro de su familia.
Las comparaciones no solo vinieron de los ejecutivos. Al principio, incluso, parte de la crítica se centró en equiparar ambas producciones, generando dudas sobre la originalidad del proyecto de Gilligan. Al estrenarse en AMC en 2008, la producción no generó un entusiasmo inmediato y varios críticos y espectadores la miraron con escepticismo.
Además del parecido con la otra producción, también cuestionaron una supuesta falta de originalidad con otros éxitos como Mad Men. Incluso, en una columna en el New York Times, Alessandra Stanley describió la historia como “una versión masculina y debilucha” de otros proyectos. Asimismo, la primera escena, cuando Walter White aparece en ropa interior en el medio del desierto, fue asociada más a un papel cómico que a un drama criminal.
De las dudas al éxito mundial
La trayectoria de Breaking Bad dio un giro inesperado tras un inicio titubeante. Aunque la primera temporada no conectó con el espectador medio, el reconocimiento de la crítica y algunos hitos clave impulsaron su popularidad. La victoria de Bryan Cranston en los Emmy de 2008 marcó un antes y un después, pero el verdadero salto llegó cuando la serie ingresó al catálogo de Netflix en Estados Unidos a principios de 2011. A partir de ese momento, la audiencia creció de forma exponencial y se consolidó un fenómeno de culto.
Con el tiempo, la serie alcanzó cifras y reconocimientos extraordinarios. Su quinta y última temporada fue calificada como casi perfecta por los usuarios de plataformas como Rotten Tomatoes y Metacritic, con valoraciones positivas que oscilaron entre el 97 y el 99%. En IMDb, se ubicó en el primer puesto, superando a clásicos como Los Soprano, con un promedio de 9,5 puntos basado en dos millones de votos.
El capítulo final, “Felina”, se convirtió en el mejor valorado de la historia en IMDb, manteniendo una puntuación perfecta de 10 sobre 10 incluso una década después de su emisión. La serie acumuló 247 nominaciones y 157 premios, entre ellos Emmys, Globos de Oro y diversos galardones de asociaciones de críticos y sindicatos profesionales.
A lo largo de los años, Breaking Bad se transformó en una de las producciones más recomendadas y consideradas imprescindibles en la historia de la televisión, situándose en la intersección de gustos y preferencias de los aficionados a las series.