En el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso, la conversación sobre lo que ocurre entre estudiantes vuelve a poner el foco en una escena que rara vez se agota con el timbre de salida. Las agresiones, la exclusión y las burlas pueden seguir por fuera de la escuela, atravesar los teléfonos y regresar al aula al día siguiente. La violencia entre pares puede extenderse más allá de la jornada escolar, advirtió una especialista durante una conversación sobre convivencia escolar.
A partir de ese punto, Sol Alzú, analista de datos y política educativa de Argentinos por la Educación, planteó en Infobae A las Nueve que los conflictos ya no tienen un único escenario. “Las redes sociales prolongan situaciones de hostigamiento en los hogares”, señaló, al describir cómo un episodio iniciado fuera de la institución también puede trasladarse después a las aulas y alterar la dinámica de un grupo.
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El bullying supone repetición y una relación desigual de poder
La distinción importa porque no toda discusión, pelea o desacuerdo entre alumnos constituye acoso escolar. “Para hablar de bullying tiene que haber agresiones físicas, verbales o psicológicas que se repitan en el tiempo”, explicó Alzú. Esa persistencia es uno de los elementos que permite diferenciar una situación puntual de un hostigamiento sostenido.
A la repetición se suma otro componente: una relación desigual entre quienes participan. “Debe existir una asimetría de poder”, remarcó la analista, y precisó que esa diferencia puede estar vinculada con la edad, la fuerza, la popularidad o cualquier otra condición que ubique a un estudiante en una posición de vulnerabilidad dentro de su grupo.
La escena puede presentarse de maneras distintas. “Un estudiante mayor puede intimidar a otro más pequeño”, ejemplificó Alzú, aunque aclaró que también puede haber acoso entre compañeros del mismo curso cuando uno de ellos queda aislado o es perseguido de manera sistemática por los demás.
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Por eso, un desacuerdo ocasional entre dos alumnos no alcanza, por sí solo, para definir una situación de bullying. “La clasificación de cada episodio incide en las medidas que toma la institución”, sostuvo la especialista. La respuesta escolar, en consecuencia, depende de reconocer si se trata de un hecho aislado, de un conflicto que escala o de una agresión reiterada.
La frontera entre una broma y una forma de violencia también puede volverse difusa para quienes la observan desde afuera. “Muchas situaciones requieren mayor comunicación para que los adultos puedan detectarlas”, indicó. En esa falta de diálogo, los gestos de exclusión o las cargadas reiteradas pueden permanecer ocultos hasta que el daño ya está instalado.
Más de la mitad de los alumnos de sexto grado dijo haberse sentido excluida
Los cuestionarios complementarios de las pruebas Aprender permiten dimensionar esa convivencia cotidiana. “Más de la mitad de los alumnos de sexto grado se sintió excluida alguna vez en el aula”, citó Alzú a partir de esos relevamientos. El dato pone cifras a una experiencia que muchas veces aparece en comentarios, silencios o cambios en la participación de los chicos.
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La información también registra agresiones concretas. “El 63% declaró haber sufrido alguna situación de violencia”, señaló la analista. Entre las experiencias relatadas por los estudiantes figuran amenazas, burlas, robos y el ocultamiento de pertenencias, conductas que pueden afectar tanto a quien las padece como al clima de todo el curso.
Esos episodios no siempre empiezan frente a un docente ni se limitan al espacio físico del establecimiento. “Pueden ocurrir en el aula o por medio de redes sociales”, explicó Alzú. También puede suceder el recorrido inverso: una situación que comienza fuera de la escuela reaparece durante la jornada y compromete la convivencia entre compañeros.
La presencia de plataformas digitales modificó el alcance de las agresiones y redujo los momentos de resguardo. “Un estudiante puede enfrentar hostigamiento aun cuando se encuentra en su casa”, advirtió la especialista, en referencia a mensajes, publicaciones y otras interacciones que mantienen activo el conflicto después de terminadas las clases.
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Entre los casos que mencionó estuvo el de San Cristóbal, donde circularon imágenes modificadas con inteligencia artificial. “La tecnología amplió el alcance de los conflictos”, afirmó Alzú, que también aludió a episodios de violencia contra docentes protagonizados por alumnos y familias, una señal de que el problema puede involucrar a toda la comunidad educativa.
La escuela interviene cuando el conflicto repercute en la vida cotidiana
Cuando la agresión se origina en una red social o fuera de las instalaciones, las escuelas enfrentan un límite que suele abrir discusiones. “La institución debe intervenir cuando el problema afecta la vida escolar”, sostuvo la analista. El desafío consiste en actuar sobre las consecuencias que aparecen en el aula sin desconocer que el origen pudo haber sido externo.
Alzú reconoció que existen debates acerca del alcance de esa intervención. “Docentes y directivos ya asumen tareas que exceden la enseñanza de contenidos”, afirmó. En los hechos, la escuela suele convertirse en uno de los primeros lugares a los que llegan los conflictos que atraviesan a estudiantes y familias.
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Los números que citó dan cuenta de esa participación. “Uno de cada tres directivos de escuelas de gestión estatal interviene en situaciones de violencia”, indicó. En los establecimientos de gestión privada, la proporción desciende a uno de cada cuatro, según los datos mencionados durante la conversación.
Los alumnos, añadió, suelen encontrar en la institución una instancia de escucha. “Los estudiantes buscan contención en docentes y autoridades”, explicó Sol Alzú. En algunos casos, los equipos escolares reciben además relatos de violencias que ocurren dentro de las familias, lo que amplía las demandas sobre quienes trabajan en las escuelas.
Esa carga se desarrolla, según la especialista, en un contexto de recursos y tiempos exigidos. “Muchas instituciones responden cuando el episodio ya ocurrió, en vez de prevenirlo”, señaló. La saturación de docentes y equipos directivos puede volver más difícil sostener acciones continuas antes de que el conflicto tome mayor dimensión.
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La prevención requiere involucrar a estudiantes, docentes y familias
Frente a ese escenario, la prevención aparece como una línea de trabajo central. “Las estrategias más eficaces contra la violencia escolar priorizan la prevención”, afirmó Alzú. Para que tengan continuidad, sostuvo, deben involucrar a directivos, docentes, alumnos y familias, en lugar de quedar reducidas a intervenciones aisladas ante un caso puntual.
La propuesta incluye generar espacios de conversación y talleres, además de reservar momentos dentro de la planificación escolar para abordar el clima institucional. “Las familias deben participar de esos procesos”, planteó la analista de Argentinos por la Educación. La participación, señaló, permite que los acuerdos de convivencia no queden limitados al ámbito del aula.
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