Mientras los adultos discutimos de quién es la culpa de los horrorosos resultados en las evaluaciones PISA, y hasta de si lo que hicimos hace una semana tuvo algún efecto en el examen que se tomó el año pasado, hay alguien que nos está mirando y escuchando: los adolescentes.
Adolescentes que hoy o mañana tienen que ir a la escuela secundaria y van a escuchar a un profesor pedirles que hagan tal o cual tarea, que estudien un tema, que lean un libro.
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¿Para qué?
Si por todos lados escuchan que lo que se hace en la escuela no funciona, que los resultados son pésimos, que los chicos no comprenden lo que leen, que no pueden resolver problemas.
La conclusión podría ser brutalmente sencilla: si la escuela no sirve, ¿para qué voy a hacer lo que me pide la escuela?
Obviamente no es por acá.
Pero tampoco podemos pedirles a los adolescentes que hagan como si no escucharan la conversación de los adultos y pretender que acá no ha pasado nada.
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Ellos también saben que algo no está funcionando.
Y, en realidad, nos lo vienen diciendo todos los días.
Lo dicen cuando faltan. Lo dicen cuando les preguntamos por qué faltan y contestan que no tienen ganas de ir a la escuela. Lo dicen cuando dicen que se aburren. Lo dicen cuando cumplen con una tarea simplemente porque “hay que hacerla”, pero sin encontrarle demasiado sentido.
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¿Y nos lo dijeron también en la elección de 2023?
Vale la pena, por lo menos, plantearlo como hipótesis.
Javier Milei consiguió en 2023 una adhesión particularmente importante entre los votantes jóvenes. Su propuesta era, precisamente, una propuesta de ruptura: cambiar las instituciones, cuestionar las reglas existentes, terminar con la casta, hacer las cosas de otra manera.
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¿Qué querían cambiar esos jóvenes?
Cuando un chico que está en la escuela secundaria quiere “cambiar el mundo”, ¿de qué mundo estamos hablando?
¿Es demasiado arriesgado pensar que una parte importante de su mundo es la escuela?
Para un adolescente, el Congreso, el Banco Central, la AFIP o un ministerio son instituciones bastante lejanas.
La escuela no.
Es probablemente la institución pública —o privada, pero regulada públicamente— con la que tiene un contacto más intenso. Allí pasa buena parte de sus días. Allí están muchas de sus relaciones. Allí encuentra autoridades, reglas, horarios, permisos, sanciones, obligaciones y procedimientos.
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Por lo menos podríamos preguntarnos si, para ellos, una parte importante de ese mundo organizado por reglas escritas y que necesita ser cambiado no es, precisamente, la institución escolar.
Obviamente el voto es multicausal. Sería absurdo pretender explicar el voto de millones de personas por una sola razón.
Pero intuyo que un vector importante en la percepción de ese “mundo a cambiar”, especialmente entre los más jóvenes, puede haber sido la escuela.
Y me pregunto algo más.
Cuando escuchaban hablar de una “casta” que protege sus propios intereses antes que los de las personas, ¿ninguno habrá pensado en las estructuras burocráticas que rodean a la escuela?
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Cuando escuchaban hablar de reglas absurdas, ¿ninguno habrá pensado en algún reglamento escolar?
Cuando escuchaban hablar de decisiones tomadas por personas muy alejadas de la realidad, ¿ninguno habrá pensado en disposiciones que llegan a una escuela desde algún escritorio lejano?
Cuando escuchaban hablar de abuso de autoridad, ¿ninguno habrá recordado alguna arbitrariedad vivida dentro de una escuela?
Los chicos nos lo dicen. PISA nos lo dice desde afuera.
¿Qué estamos esperando para cambiar?
Tenemos un problema: el sistema educativo es enorme. Es un elefante. Y nadie parece tener fuerza suficiente para empujarlo.
Pero quizás ahí esté justamente el error.
Seguimos imaginando el cambio educativo de la misma manera de siempre: alguien cambia algo en un ministerio, después lo discute un consejo, luego se modifica una norma, más tarde se escribe un nuevo diseño curricular, después se capacita a los docentes y, varios años más tarde, con suerte, algo de todo eso llega al aula.
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¿Y si dejamos de intentar empujar el elefante?
¿Por qué no adoptamos principios bastante elementales de las organizaciones modernas y llevamos la capacidad de decisión lo más cerca posible del lugar donde ocurren las cosas?
La escuela.
Démosles más capacidad de decisión a quienes conocen a esos alumnos.
Que padres, directivos y docentes puedan hacerse cargo, con el permiso, el apoyo y el beneplácito del Estado, de reorganizar su escuela.
Que puedan preguntarse qué necesitan sus alumnos, fijarse objetivos altos, organizarse para alcanzarlos, medir si los alcanzan y cambiar nuevamente si no funciona.
¿Van a ser todas distintas?
Sí.
Eso seguramente asusta a la burocracia.
Pero quizás también haga que los estudiantes aprendan más.
El proyecto de Ley de Libertad Educativa difundido por el Gobierno, aunque todavía pendiente de convertirse en una reforma efectiva, pone justamente esta cuestión sobre la mesa: la autonomía de las instituciones y una mayor capacidad de las escuelas para definir cómo organizar la enseñanza.
Es una discusión que vale la pena dar.
Pero tampoco tenemos demasiado tiempo.
La próxima evaluación PISA será en 2029.
Faltan apenas tres años.
¿Cuánto tiempo podemos tomarnos para discutir reformas curriculares, capacitaciones docentes, reglamentos, leyes y resoluciones?
¿Y cuánto tiempo tardará después cualquiera de esas reformas en producir algún efecto dentro de un aula?
Para el sistema educativo, tres años pueden parecer poco.
Para un adolescente, es media escuela.
Démosles de una vez permiso a los directores y docentes para hacer su trabajo.
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