La biografía que ofrece página de la editorial que publica sus libros dice que Luciana De Luca nació en Buenos Aires y que creció en el litoral santafecino. Dice también que es autora de las novelas Otras cosas por las que llorar y El amor es un monstruo de Dios, esta última finalista del premio Fundación Medifé Filba 2024 y traducida al portugués y al italiano. También en ese texto es posible leer que sus cuentos se publican en distintas revistas literarias en español e inglés y que es autora de libros infantiles celebrados y reconocidos.
No dice que nació en 1978 y que dejó Santa Fe a los 12 años. “En Santa Fe vivíamos bastante cerca del cementerio. Había muchas maneras de recordarnos diariamente que teníamos el cementerio cerca, por ejemplo la presencia constante de los coches fúnebres que pasaban por la esquina de mi casa. Además, vivíamos en un barrio donde había mucha gente mayor que se iba muriendo. Entonces los coches fúnebres venían cada vez más seguido”, le contó hace un tiempo a Silvina Friera. En sus primeras novelas había gente mayor y también había cementerios.
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La última novela de Luciana se llama Pez, piedra, pájaro y, al igual que las dos anteriores, fue publicada por Tusquets. Tengo el placer de haber leído y escrito la obra de Luciana y después de leer y presentar la nueva novela confirmo que me interesa mucho lo que hace. Y lo escribo así (“lo que hace”) porque hay obra y trabajo en su producción. Hay imaginación, creatividad y actividad laboriosa con la lengua en sus ficciones y también en sus cuentos para chicos. No es producto del azar ni de la casualidad de una buena historia bien formulada. Se llama literatura.
Sus novelas son diferentes entre sí pero también es posible hallar puntos de contacto como el interés por lo monstruoso, los linajes y las mujeres aunque en Pez, piedra, pájaro, aparece por primera vez una cosmogonía. Ya en El amor es un monstruo de Dios había personajes como la giganta, que podrían remitir a cierto motivo legendario, pero la nueva novela narra la creación de un caserío/mundo (en el siglo ¿XVI? ¿XVII?), un caserío/mundo que comienza con personas que llegan desde el agua y fundan ese lugar y también otras que más tarde lo seguirán habitando. Se trata de una novela producida por una imaginación más frondosa aún que el bosque que se narra y que es, también, un protagonista importantísimo de esta historia.
Hay extrañeza y metamorfosis en personajes y escenas y un linaje que arranca con una niña, Jacobed, que nace con dientes y que luego será amorosa madre de mellizas sin padre alguno y con personalidades contrapuestas. Una de ellas, salvaje e indómita, Zeta, quiere comerse el mundo y es capaz de convertirse en árbol y otra, Primavera, es más sumisa y quieta, solo vive por amor. Y, por último, llegará el tiempo del niño que no es niño y que en cambio es pez, será piedra y luego pájaro.
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Pez, piedra, pájaro es una muestra más del talento de De Luca y su delicada orfebrería con la lengua, esta vez mucho más cerca de la poesía. Los lectores hallarán en esta novela breve y singular un universo fuera de todo registro realista y con motivos clásicos de las mitologías aunque no solo de las ya existentes en diversas culturas ya que Luciana consagra su imaginación a la creación de mitos nuevos y fascinantes, atravesados por una cosmovisión del presente.
Lo que sigue es una adaptación del diálogo que mantuvimos días atrás durante la presentación de la novela, en una lindísima librería de Palermo.
— Me gustaría saber cómo arrancó esta novela en tu cabeza, es decir, qué hubo para que existiera Pez, piedra, pájaro.
— Bueno, primero hubo Pez, piedra, pájaro. Es decir, fue el nacimiento de Pez, de esa criatura de esa criatura que nace de una manera inesperada para su familia y que su familia lo recibe con cierta naturalidad. A nadie le parece una aberración. Empezó por ahí y creo que en algún momento, muy pronto, sucedió que necesité construir todo un mundo para soportar eso. Yo nunca calculo inicialmente hacia dónde voy a ir ni calculo el tono ni la estructura. Hay algo de sentarme a leer y escuchar lo que voy escribiendo. Y esta vez empezó por el final. En un momento de hecho hubo, bueno, le había cambiado el nombre a la novela y todos fueron muy buenos y no me dijeron nada, pero después volvimos al título original.
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— ¿Pero en un comienzo fue Pez y su mamá no existía?
— En un comienzo fue Pez y había una presencia ahí; había una madre un poco borrada, deslucida, y estaba Zeta como personaje principal. Es decir que empecé escribiendo sobre Zeta y Pez.
— Una de las principales preocupaciones de tu obra tiene que ver con el mundo de las mujeres.
— Sí, sí, hay algo ahí que no puedo eludir de alguna manera. Tampoco quiero. Pero me parece que está bien no poder eludir una preocupación y quedarse escribiendo sobre eso. Es como si casi quisiera agotar mis preguntas, que no se van a agotar nunca, y la feminidad, digamos, como punto para observar, que tampoco se va a agotar nunca. Cuanto más me acerco, menos lo entiendo.
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— Por el tipo de literatura que hacés, por el tipo de historia que es Pez, piedra pájaro, me pregunto cómo hacés para aislarte de todo y ponerte a escribir algo que requiere semejante atención en relación a la historia pero también a la lengua. Hay, por supuesto, una historia, que es una historia del origen de una cultura. En este caso, en esta cosmogonía, se cuenta el modo en que nacen quienes habitan esa tierra, hasta cómo se alimentan, cómo viven, cómo no hay sol.
— Y llora el sol.
— Vuelvo a esto: en un país como el nuestro, en donde se toma la Bastilla todos los días, ¿cómo hacés para poder aislarte y trabajar sobre algo así? ¿Cómo te concentrás?
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— Primero, deberíamos tomarla más seguido y más fuerte.
— Pero por ahí escribirías menos.
— Bueno, pero hay sacrificios que valen la pena. Estoy dispuesta. Hablando en serio, no lo sé, hay algo de recluirme adentro de mi cabeza. Empecé a escribir desde muy chiquita y durante mucho tiempo yo no pensaba dedicarme a la literatura. Tampoco pensaba dedicarme a nada en particular, era solo algo que me gustaba mucho. Creo que aprendí a recluirme en mi cabeza y a tener como un pequeño resguardo, una buhardilla en la que siempre estoy pensando en la escritura. Y pensar en la escritura no es solo pensar en escribir sino mirar las cosas de una manera que sea permeable, poder usar para la escritura. Yo escribo muy despacio. Me lleva mucho tiempo y corrijo mucho. Aprendí con los años, antes no corregía, no editaba y por eso no publicaba. Y creo que para mí el salvoconducto o lo que me permitió poder pensar en publicación fue que aprendí a corregir.
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— ¿Vas escribiendo y corrigiendo o corregís cuando ya tenés un primer manuscrito?
— No, voy escribiendo y corrigiendo. Y a veces trabo y trabo y trabo y no puedo seguir. Y a veces estoy un mes en el mismo capítulo y vuelvo y vuelvo y vuelvo. Me parece que es un poco una tortura...
— ¿Borrás mucho?
— Sí, muchísimo. Esta novela la rehíce entera.
— ¿Ah, sí?
— Sí, sí. Hoy en un momento le conté a Santi (N. de la R.: Santiago Craig, su marido, también escritor), que había 140 páginas y después fui y le dije: borré todo. Y me dijo: ¿cómo? Y le dije, es que no, así no iba. En un momento fue empezar a darme cuenta de que eso no estaba encontrando la forma que yo sentía que tenía que tener, que no sabía cuál era pero yo lo escuchaba y era como una música que está desafinada o fuera de tiempo. Te das cuenta.
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— ¿Te das cuenta leyendo en voz alta o cuándo?
— No, no, leyendo sola, en silencio.
— ¿El ripio en la escritura lo advertís leyendo en silencio?
— Sí, muchísimo. Sí, no lo puedo eludir y no puedo ser condescendiente conmigo. Porque no es conmigo, es con el texto. O sea, yo no importo en ese sentido. Es como que, si está mal el texto, yo no puedo decir: bueno, no importa.
— ¿Pero tiene que ver con cómo suena la lengua? ¿Con cómo suena la historia, que no te cierra? ¿Qué es lo que generalmente te hace decir “esto así no va”?
— Yo creo que tiene que ver primero con el lenguaje, con una cierta sedosidad que tiene que atravesar el lenguaje. No tiene que saltar. No tiene que molestar. No tiene que distraer. Hay como un montón de obstáculos que puede presentar el lenguaje. Casi diría que la historia, no es que no me fijo pero es muy secundaria. Santiago es muchas veces el que me hace las observaciones sobre la historia. No es que me detengo menos, pero creo que necesito una distancia que no tengo. Y ahí siempre él me ayuda él con su lectura.
— Voy a leer unas líneas: “Acéfala y feroz. Toda la fuerza de Jocabed se amaca en su pelvis y la balancea, adelante y atrás, para que un pujo afortunado, un pujo que sea una joya, un diamante, expulse al que cruzado el umbral de aquel mundo, entrado en este, se volverá su hijo”. Bueno, para escribir esas cinco líneas que cuentan un parto digamos que debés estar trabajando mucho y duramente, ¿no?
— Sí, sí. Bueno, hay algo de la intensidad, también, ¿no? Como escribir lo más apasionadamente que pueda. Si no, para qué voy a escribir. Para hacer cosas desapasionadas, voy al supermercado. Si bien soy una persona en general entusiasta, hay un entusiasmo que solo tengo para la escritura. Y hay mucho de escribir y escribir y leer y volver y quitar, quitar, quitar, restar. Siempre en los talleres una de las frases que repito como un loro es como la economía no tiene que ver con “menos” sino con “preciso”. Y a mí me gusta mucho esa precisión. Hay algo del brillo que trato de encontrar en la escritura. Que no sé si siempre lo encuentro, pero estoy como detrás de un destello porque es la forma lo que me interesa. Es la manera en la que estoy contando.
— Hace un rato me decías, antes de que encendiera el grabador, que te cuesta mucho ponerles nombres a los personajes.
— Sí. Sí, me cuesta un montón. Hay algo de la identificación. Así como inventar este mundo en la escritura de alguna manera necesito sentir que estoy empezando de cero siempre. Y encontrar un nombre que ya conozco en un personaje siento que me lo ensucia, me lo contamina. Entonces, cuando empecé a escribir este libro había empezado por Zeta, que es la última letra del alfabeto, que son todas cosas que me fui dando vuelta después, Primavera o Florecimiento. Y Jocabed me apareció en alguna lectura, es un nombre bíblico, era la madre de Moisés, que bueno, por otro lado también era un tipo de madre sobre la que me interesa escribir. Pero me parecía que tenía la suficiente extrañeza y ese nombre. A alguien que se llama Jocabed le tiene que pasar algo extraordinario. Y de hecho había otro personaje, que está en una de las historias… Hay una florería cerca de mi casa, en realidad una señora que vende flores en un puesto. Y un día que fui a comprar, hacía mucho frío, las dos teníamos mucho frío. Y nos pusimos a conversar como medio parapetadas en el puesto y me da su alias para transferirle. Yo le transfiero, miro y veo que se llamaba Fidelina. Y me quedé como fascinada, dije yo no me voy de acá. Y me quedé hablando con Fidelina y me contó que ella cuando tenía mucho frío en su casa se envolvían todos con botellas, se hacía una especie de corona de botellas que, bueno, estaba ahí. Y yo no me quería ir, yo quería que Fidelina me hablara y me contara cosas. Hasta hubo un momento en el que Fidelina era un personaje en la novela; después, bueno, se tuvo que ir.
— Pero quedó lo que te contaba. ¿Cuando pasa eso, lo anotás, lo registrás, tenés fichas?
— Tengo fichas.
— Ah, pícara.
— Tengo fichas, sí. Tengo una especie de fetichismo con las fichas de bibliotecaria y hago fichas. Porque durante años iba haciendo cuadernos, me di cuenta que saltaba de cuaderno a cuaderno, no completaba los cuadernos. Y me di cuenta de que con las fichas era mejor porque además las puedo mover. Y entonces hacer como enroques de fichas. Y tengo fichas como bibliotecaria con nombre, fecha, y a veces anoto cosas que no van en el texto, por supuesto, que es todo lo que queda afuera.
— Y cuando estás escribiendo una historia como esta y vas creando los personajes y armando la temporalidad y demás, ¿tenés algún diseño, también un cuadro que te diseñás en donde van apareciendo los personajes?
— No, no. Usualmente lo hago en las fichas y a veces en las fichas hago pequeños cuadros. Más con este libro. Bueno, con El amor es un monstruo de Dios, también, con otras cosas no. Me hace muy feliz el tema de las fichas. Hay algo de la coreografía de la escritura.
— ¿Cómo es eso?
— El tiempo, el silencio en el que tengo que escribir las fichas, el lápiz, como un lápiz medio viejo. Hay algo de todo eso.
— ¿El lápiz para qué? ¿Para las fichas?
— Claro, escribo en lápiz.
— Pero no para la novela
— No, no. La novela…
— Directo en computadora.
— Sí. Pero todos esos elementos… en casa se escuchan mucho los pájaros entonces escribo con música clásica o con solo un silencio de los pajaritos. Hay algo de toda esa coreografía que es muy hermosa y que funciona toda junta. Está también en la novela aunque no se vea o no le llegue al lector.
— Bueno, a lo mejor ayuda a producir la novela.
— Yo creo que produce un poco eso que me decías recién, ese aislamiento, esa alegría de ese aislamiento. Hay algo de poder estar en un lugar en que todo está saliendo bien aunque no esté saliendo en el texto, ¿no? Es un caso de éxito siempre que uno se sienta a escribir.
— No sé si de éxito pero a lo mejor de satisfacción. En tu caso, cuando vos decís “esto ya está, se lo paso a la editorial”, digamos, hay satisfacción más allá del éxito.
— Sí, no sé si cuando se lo estoy por dar. En general no estoy muy contenta. Es muy satisfactorio el trabajo de escribir, es muy satisfactorio tener un proyecto literario Es muy hermoso estar pensando.
— Pero también hay angustia.
— Pero la angustia también es hermosa. O sea, lo siento, pero también me gusta el dolor, en este caso. En otros, no. Pero en este en particular, que no salga también es parte del proceso. Que no me salga también me obliga a enojarme conmigo y a decirme: mediocre, te tiene que salir. Escribí, usá más el diccionario, sos una embustera.
— Eso, el diccionario.
— Otra de mis grandes pasiones (risas). Sí, me gusta mucho usar el diccionario.
— ¿Buscás sinónimos? Qué uso le estás dando a lo que llamamos el diccionario que hoy ya es, qué sé yo, el universo Google.
— Sí, extraño un poco tener el diccionario a la mano. A veces por una cuestión de logística no lo tengo. Busco muchos sinónimos. Y después tengo un uso que a mí me entretiene mucho que es como aleatorio, abrir el diccionario y encontrar palabras que me gusten. Yo voy al diccionario a buscar palabras, no solo respuestas o que me dé soluciones. Y por un chico que está haciendo taller conmigo, que está escribiendo una novela muy hermosa, un chico que vive en Rosario, descubrí el Diccionario de las Autoridades del 1700, no me acuerdo el número, que es increíble. Es el primer diccionario que hubo de la Real Academia. El Diccionario de Autoridades, se llama. Y no solo tiene una redacción que es como, nada, es como un libro de la conquista también, sino que además tiene unas definiciones increíbles, totalmente poéticas. Le recomiendo a todo el mundo que lo lea porque es una cosa de locos. Y se puede leer, bueno, de la A a la Z, pero se puede leer como un libro. Yo siempre tuve esta relación con el diccionario y estoy todo el tiempo buscándolo. Y además porque me parece que está todo, no todo, pero hay tanto ahí para usar. Siento que es lindo ir y desempolvar palabras que nadie está usando, o yo no las estaba usando, no las conocía. Es increíble.
— Refundar el lenguaje. Hay algo con la estructura de la novela en donde de algún modo ya se adelanta desde el vamos lo que sucederá. Hay algo con la estructura que arranca contando estos personajes, esta madre, estas gemelas que no tienen nada que ver una con la otra pero una está todo el tiempo protegiendo a la otra mientras la otra está todo el tiempo supliendo la dulzura que le falta a su hermana. Desde el principio una ya sabe lo que va a ir sucediendo con ellas. Después volvemos al origen de ese lugar, de ese bosque, de esa hondonada, de ese pozo en donde viven todos Y después vamos de nuevo para adelante ¿Cómo fue ese vaivén? ¿Cómo fue elegir que arrancabas así?
— Fue un trabajo casi al final. Porque la historia casi se fue deshaciendo, ¿no? Empecé por Pez, que era el pájaro, el nacimiento de Pez, y después empezó Zeta y entonces me faltaba la historia de Zeta. Y Zeta era la hija de alguien. Ya yendo hacia atrás en el tiempo me di cuenta de que también necesitaba fundar esa tierra. Me pasó con la introducción, que cuenta “esta es la historia de tal, y te va contando, te presenta los personajes, te cuenta quiénes son, que también tenía que ver un poco con el libro La metamorfosis, de Ovidio, que al principio te dice “esta es la historia de Dafne, que se convirtió”, y te explica. También pasa mucho en el teatro eso. Y me gustó la idea de contarle al lector: ok, esto es más o menos lo que te vas a encontrar. Como si fuera una especie de umbral en el que están todos los actores preparándose. Te los muestro y después el caos.
— ¿Por qué la leyenda? ¿Por qué la cosmogonía? A partir de Pez, de ese origen del que hablabas, de ese bebé no bebé. ¿Pero por qué la idea de construir un universo completo en relación a eso?
— Bueno, cada paso que daba hacia atrás iba encontrando nuevos orígenes. Digo, cada generación es un nuevo origen. Y me pareció que la historia la necesitaba para poder contar eso. Hay un mito que dice que las perlas se hacen con un grano de arena. Que se van envolviendo, las van construyendo. Y esto me pareció que era un poco eso. Como es un libro y es rectangular no lo puedo hacer redondo. No puede quedar en el medio. Pero sería bueno como dispositivo que esté en el medio Pez y afuera todo lo que lo envolvía. Siempre me gustaron muchísimo las leyendas y los mitos. Lo primero que escuché en mi vida, incluso antes de darme cuenta de lo que estaba escuchando era mitología griega y leyendas y cuentos populares.
— ¿Quién te leía?
— Mi papá me leía mitología. Yo era muy chiquita y me enseñaba y me paraba en una mesita y me hacía recitar. Y yo recitaba muy mal por supuesto, me le contaron, es parte también de mi propia cosmogonía. Y durante el resto de la infancia siempre me interesaron mucho las leyendas. También haber vivido en Santa Fe me acercó mucho a leyendas. En Santa Fe le teníamos miedo al pombero y a la llorona. Yo le tenía miedo en serio al pombero. A la siesta, que es cuando venía el pombero. Y también vivir en esa zona ayudó mucho a que casi todas las cosas de la naturaleza tienen una explicación mítica, un origen mítico. Y eso a mí siempre me generó mucha fascinación. Y creo que hay algo también, una pequeña intersección con la literatura infantil.
— Eso te iba a preguntar, porque vos trabajás en los dos registros. ¿Y qué es lo de la literatura infantil? ¿Sería contar desde el comienzo?
— Sí, creo que hay algo de contar desde el comienzo. Como ese “había una vez” que es realmente el comienzo de todo. La idea de generar esa tensión que generan las leyendas. Sabemos que nos van a explicar el origen de algo y sabemos que va a haber transformación, porque en todas las leyendas hay transformación, volver a eso. Y en un momento me pregunté si era capaz de poder hacer eso. No en cuanto a una evaluación cualitativa sino a realmente poder hacerlo. ¿Puedo hacer funcionar esta pieza? ¿Me puede salir?
— ¿Y en algún momento pensaste que fallabas?
— Ah, sí.
— No me digas que pasaba todo el tiempo. Digo, ¿hubo un momento en el que dijiste “esta novela no la puedo hacer”?
— Sí, cuando la borré. Y ahí, bueno, dije no, no puede ser, la estoy haciendo mal, en todo caso. Y tomé, digamos, toda la novela de nuevo, los personajes, saqué personajes, la misma Fidelina pasó a mejor vida, y empecé de nuevo. Y ahí me di cuenta que sí, que tenía otra forma. Que había encontrado un camino posible, más sedoso.
— Esa idea de las gemelas tan dispares y tan necesitadas una de la otra también tiene mucho de los viejos cuentos. Pero en vos, ¿de dónde pensás que salió?
— Evidentemente la cuestión afectiva me interesa mucho y la complementariedad afectiva también. Me interesa mucho la cuestión de la carencia, el amor en los contextos de falta. Todos los contextos son de falta pero la supervivencia respecto del amor me interesa muchísimo como tema. Es un tema que me perturba y también me deslumbra. La relación de hermanas es muy interesante en general, me parece. Y en la mitología me fui encontrando un montón de pares de hermanos y hermanas. Decidí otra vez que fueran mujeres por una cuestión de interés y de proximidad y de profundidad de los vínculos, me parecía que solo se podían acompañar de esa manera si eran dos hermanas mujeres.
— Sí. Las hermanas te permiten también cuestiones como la menstruación y el parto que, en general, existen desde siempre pero no en la literatura.
— No, claro. Son temas que quedan escondidos. Quedan un poco debajo de las faldas. El parto es algo que se hace aparte, escondido. Y la menstruación es algo que no. Y qué pasa con la falta de la menstruación. Por ejemplo, una mujer que no menstrúa.
— Sí, exacto.
— Sí, lo que me interesa es el proceso biológico que tiene que ver con la constitución física pero también emocional e intelectual de la mujer.
— Ahora, la locura de que se te ocurra que una mujer va a ser hundida hasta el cuello para que sea posible la evolución de su embarazo. Para que no haga nada que pueda afectar ese embarazo y llegue a término. ¿Eso cómo surge?
— No sé. No sé.
— ¿Surge escribiendo? ¿De noche te despertas y decís “es así”? ¿Cómo es?
— Creo que eso no surgió escribiendo. En general, esas ideas surgen de caminatas o de paseos, o mirando cosas en la naturaleza, en general. Creo que ahí tenía que ver con cómo hacer, yo me compenetro mucho con los personajes, como si existieran de verdad. ¿Cómo mantenés firme a una mujer que se quiere ir? No hay forma. O sea, la que se quiere ir se va a ir de alguna manera. Y se me ocurrió eso, ¿no? Plantarla como si fuera una semilla para que crezca lo de adentro. Porque no había forma si no: se iba a ir.
— Hay muchas escenas sorprendentes, pero esta es una de las que más me deslumbró en ese sentido.
— Creo que tiene que ver con estar en el tema y estar en la novela incluso cuando no estoy en la novela. Me acuerdo de un día que salí a caminar, a pasear el perro, y vi un árbol a la vuelta de casa, que ahora lo sacaron, lo cortaron, pero en un momento era ese árbol y tenía unos frutos y parecían orejas y yo dije “esto es un árbol lleno de orejas”. Y después pensé que me servía, se transforma en un árbol que escucha.
— Antes mencionaste el teatro y lo del árbol que escucha me hizo acordar a cierto teatro, un Lope de Vega o un Shakespeare. Recién mencionabas los pajaritos y, cuando empezamos a conversar fuera del micrófono, yo te decía que después de haber leído tanto sobre la naturaleza y ese bosque que es protagonista en tu novela, me acordaba de cuando en tu casa hubo una invasión de abejas. Y me acuerdo que buscaban cómo terminar con eso pero después de leer tu nuevo libro pensé: a Luciana le tiene que ver fascinado lo de las abejas.
— Sí, no hay nada más hermoso que tener un momento… Es un shock de adrenalina, de todo. Sí. Y además hay algo que me pasa en mi cabeza fantasiosa que es encontrar una relación entre la literatura y la vida todo el tiempo. Digo, la literatura es vida, la vida es literatura.
— La oscuridad en tu novela. Y la falta de sol en Buenos Aires en pleno octubre, por ejemplo. ¿Serás vos? (Risas)
— Sí. Estoy preocupada. Fue aterrador y espantoso pero a la vez muy estimulante. En el momento en el que la realidad le abre paso, como si le abriera la puerta a la fantasía, a lo inverosímil, me encanta ese encuentro. Incluso cuando es un desastre o una tragedia. Hay algo de ver el brillo, ese destello en el desastre, en una tempestad, que me parece hermosísimo. Y creo que tiene que ver con quedarse mirando todo lo que uno pueda.
— Tus novelas tienen protagonistas mujeres aunque al mismo tiempo son muy distintas. Hay voces distintas y temas distintos. ¿Encontrás puntos de contacto entre tus tres novelas? ¿Hay una pregunta o una obsesión que se continúa una tras otra?
— Yo creo que es el territorio y que el territorio es un personaje más y que se va revelando, de menos a más, en las tres novelas. Pero es como si fuera ganando protagonismo. Como que casi que termino escribiendo más sobre el territorio que sobre las mujeres. En la primera parece muy velado, muy sutilmente. Es más una historia de personas. Pero siento que ya se está volviendo un monstruo, ¿no? Que en algún momento no lo voy a poder tomar más, que se va a comer todo lo que yo escriba. Tengo una relación así con ese territorio y me gusta mantenerla así, pero creo que va ganando. Creo que es el territorio el que se va comiendo la historia.
— No te pregunté, aunque lo pensé. ¿Sos lectora de Libertad Demitrópulos?
— Sí, leí prácticamente todo lo que está editado.
— Hablo puntualmente de Río de las congojas. Porque hay algo en tu novela que, mientras la leía, no podía dejar de pensar en ella también.
— Sí, había leído esa novela antes y no quise volver a leerla mientras estaba escribiendo porque dije: le voy a robar.
— Claro, me va a contaminar.
— Le voy a robar yo a ella. Pero sí, hay algo. También, bueno, es un territorio común, es una conquista. Sí, es fabuloso.
— Y una mujer fuerte.
— Sí, exacto. Sí, sí. Bueno, me gusta eso, que haya mujeres fuertes. Pero hay algo de esa tierra, digamos, de haberla conocido. Hay una Santa Fe de mentira, una Santa Fe mítica que yo tengo en la cabeza. Sobre esa estoy escribiendo. Que tiene muchos elementos de la verdad. Pero es esto, esta verdad trastocada. Es esta verdad con la puerta abierta para que entre lo ominoso, lo extraño.
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