“Padre David, ore por mí”. Eso fue lo último que le dijo monseñor Roberto al cura David Farfán Guerrero. Por teléfono se lo dijo. Y desde el Vaticano. La próxima vez que hablaran ya no habría ningún “monseñor Roberto”, porque Robert Prévost se había convertido en el papa León XIV. Esta fue una de las tantas cosas que contó Farfán este miércoles, durante una charla con el presidente del Banco Macro, Jorge Brito. Era la presentación de Huellas de pastor, el libro en el que el sacerdote escribe sobre el hombre con el que trabajó en Perú, codo a codo.
De eso, con muchas anécdotas, chispa y alguna picardía, habló el peruano Farfán Guerrero durante más de una hora en el auditorio de la Torre Macro. Lo escuchaban unas 150 personas, entre quienes estaban el empresario y exministro José Ignacio de Mendiguren, el activista social Juan Carr, el exdirector de ANSES Diego Bossio y el expresidente de la Cámara de Diputados Emilio Monzó.
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Era inevitable que le preguntaran por la inminente llegada del papa a la región y Farfán Guerrero aprovechó el momento para sentar una posición política. ¿Qué mensaje dejará León en estas tierras? “Escúchenlo con mucha atención, porque él también sabe escuchar”, aconsejó David Farfán Guerrero. Y puntualizó: “En lo personal, pienso que a Uruguay le va a recordar que es importante decir que un país es laico, pero la República es católica, es cristiana, es creyente. Y eso nunca hay que olvidarlo”. A la Argentina, dijo: “Le va a recordar cuán importante es no olvidar la fe. ‘Ganarás el pan con el sudor de tu frente, no con los subsidios del Estado’. Cuán importante es crecer en el trabajo que te devuelve dignidad, que te ayuda a marcar la diferencia y a no depender de un sistema”. Un murmullo recorrió la sala. “No se va a guardar cosas, ¿eh?”, siguió el sacerdote. “Lo va a decir, entiendan bien, desde los principios evangélicos, desde la doctrina social de la Iglesia”.
Eso fue casi al final. Al principio, Brito quiso saber cómo se habían conocido los dos religiosos y cómo había sido su relación cotidiana “con Robert o con Roberto, como le decían ustedes en Perú”.
Farfán Guerrero contó que había pasado años fuera del Perú “Y se dieron las circunstancias de que, al regresar a mi país, la diócesis que estuvo receptiva fue Chiclayo con un nuevo obispo”. Era Prévost, claro. Que escuchó lo que él quería y eligió un destino que le gustaba: “Vas a ir a una parroquia, que actualmente no es parroquia, es capilla de otra parroquia, pero es muy importante. Se llama Santo Toribio de Mogrovejo, en Zaña”.
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Brito fue más allá: “¿Cuándo dejaron de verlo como un cura de Chicago y lo empezaron a ver como un misionero peruano? ¿Hubo un momento? ¿Fue algo que se fue dando de a poco? ¿Cómo era su relación con el idioma? ¿Ya llegó hablando tan bien el castellano como lo habla ahora o lo fue aprendiendo en el tiempo?”
David Farfán Guerrero contestó con calma: “Su mamá, de apellido Martínez, lo ayudó. Pero una cosa es hablar español de España y otra es hablar español de Perú. Él es políglota y habla quechua. Nos sorprendió su transformación de alguien de Chicago a alguien de Chiclayo y la atención que les daba a sus sacerdotes. Sabía la fecha de tu cumpleaños y, a las seis de la mañana, te llamaba para felicitarte. Siempre nos sentimos acompañados por él. Otro aspecto era su capacidad de escuchar”.
Entonces Brito apuntó al momento en que Farfán Guerrero supo que su cercano obispo era ya el papa: “¿Qué sentiste? ¿Cómo te enteraste?
El cura tenía una historia para contar sobre esto: “Él es hecho papa un jueves 8, un jueves eucarístico, previo al Día de la Madre, que se celebra en Perú el segundo domingo de mayo. Y nosotros tenemos como actividad en la parroquia preparar canastas de alimentos para el Día de la Madre. Me tocó ir a Chiclayo a hacer las compras para preparar las canastas. Ya había terminado las compras, hay cuarenta minutos conduciendo entre Chiclayo y Zaña, y mi hermano me escribe. Y en el celular paro a leerlo y decía: ‘Humo blanco, ya hay papa’. Hasta allí: ‘Gracias, hermano, ya hay papa’. Sigo conduciendo y me doy cuenta de que estoy cerca del Santuario Nuestra Señora de la Paz. Detengo el vehículo, miro hacia adentro y oro y digo: ‘Mamita linda, tú sabes que los últimos martes de mes nuestro obispo venía con todo el clero a hacer el retiro y él nos ayudaba a estar más cerca de Dios. Si es la voluntad de Dios y el Espíritu Santo que está soplando para que él sea el nuevo papa, cúbrelo con tu manto’. Me he rezado un Padre Nuestro, un Ave María, el Gloria y he continuado. En el camino, ya entrando a Zaña, suena el teléfono. Aparco, respondo, y era la administradora del colegio parroquial y ella me dice: ‘Padre David’, llorando. ‘Padre David’, Y mi cabeza pensó en los niños, dije: ‘Se me desgració algún niño y no está la camioneta, ¿cómo hacemos para ayudar?’. Y ella me dice: ‘No, no es con el colegio’. Y lloraba. ‘Es que ya eligieron al Papa’. Sí, para eso estaban todos los cardenales ahí reunidos. ‘No, es que el nuevo Papa es monseñor Roberto’. Digo: ‘Ah, ya, muchas gracias’. Le colgué. Entonces el que lloraba era yo”.
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El auditorio rió y también se emocionó. Brito preguntó por el trabajo de Prévost con chicos a los que había que sacar de la droga. Y contó que usaba el rock, el fútbol, de todo.
El sacerdote contó: “En Chulucanas -una ciudad de la región Piura, en el norte de Perú, donde estuvo antes de llegar a Chiclayo- se dio cuenta que poco a poco iba ingresando el tema de las drogas. Entonces, él radicalmente tomó la opción de ocupar el tiempo de los jóvenes. Y ese tiempo de los jóvenes, ¿qué era? Deporte. Y también ayudarlos a ellos a socializar. De Chulucanas a la capital, que es Piura, él contrataba un vehículo y los llevaba. Entonces, no tuvo ningún inconveniente en que los chicos le dijeran: ‘Hay un concierto del grupo Río un grupo famoso en Perú, y queremos ir’. Así que el Santo Padre, en aquellos tiempos el sacerdote, terminó en un concierto de rock cantando ‘Estar en la universidad es una cosa de locos...’”
Botas, barro y caravanas de alimentos
Farfán Guerrero tenía mucho para contar. Como que en Chulucanas, “Roberto ya venía entrenado para las emergencias”. Había aprendido a montar a caballo o mula, a calzarse las botas plásticas y a cruzar caminos donde las carreteras todavía no existían después del fenómeno de El Niño. “Celebraba misa donde se pudiera: bajo un árbol, si la capilla de adobe se había venido abajo. En una Vigilia Pascual, cuando el cirio no logró llegar por el aislamiento, improvisó uno con una caña y el resto de una vela. La comunidad no se quedó sin celebrar”.
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Esa misma disposición apareció después, durante las inundaciones. Si había que llevar alimentos a los poblados aislados, llamaba a los párrocos, les pedía las camionetas y organizaba la caravana." No lo dejaba en manos de un secretario: se ponía al frente, cargaba víveres y se metía en el barro con los demás. También manejaba durante 14 horas entre Chiclayo y Lima y, si la camioneta se averiaba en el camino, sabía arreglar un radiador o resolver lo que hiciera falta para seguir".
El cura habla suave, con orgullo. “Prévost había nacido en Estados Unidos, pero eligió nacionalizarse peruano. Para obtener el documento se preparó, rindió el examen de conocimientos y atravesó la ceremonia que incluye el himno y el izamiento de la bandera”. Para Farfán, esa decisión no fue un trámite: fue una forma de vincularse con el país donde había decidido permanecer. Años después, cuando le toca votar, el sacerdote todavía encuentra el nombre de Prévost en su mesa de sufragio. “Shh, padre, no diga nada. Es para recordarlo”, le dicen.
Aunque contó que la relación del actual papa con Francisco no fue fácil al principio, hoy el sacerdote ve en los documentos de León XIV una continuidad con el pontificado anterior, aunque filtrada por su propia experiencia peruana. Lo dice con emoción: “Es Francisco hablando a través de la voz de un peruano”. Para él, esa cercanía no responde a una etiqueta ni a una posición determinada, sino a una lectura del Evangelio, de las Escrituras y de la realidad de quienes quedan al margen.
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Para terminar, Brito le pide una bendición, la sala se pone de pie, Farfán Guerrero sumerge unas flores en agua y, con ellas, reparte su bendición sobre los presentes. Después, firma ejemplares de Huellas de pastor, el libro que publicó Ediciones San Pablo. Y abre aún más la expectativa por la llegada de León XIV.
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