En 1981 Italo Calvino ya no era el partisano que batallaba contra el fascismo en las Brigadas Garibaldi. Las largas noches abrazado al fusil habían quedado atrás. La violencia seguía, pero era distinta. Italia vivía los “años de plomo” y él, ahora, bestseller consagrado, quería profundizar en la literatura y que la coyuntura política se apague por un rato, que sea un “ruido de fondo”. Por eso, escribió en el diario Corriere della Sera que “un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.
¿A qué se refería Calvino? Los ochenta se miraban por televisión. La literatura empezaba a transitar su larga decadencia frente a otros productos del mercado de la atención. Por eso su artículo —luego publicado tras su muerte en el libro Por qué leer los clásicos de 1992—, con la propuesta a quedarse en la literatura, en la grande, en la importante, en la gran tradición construida por generaciones y generaciones, donde empieza todo, el punto cero, el piso común, para releerla pero también para reescribirla.
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Siempre se me viene a la memoria la imagen de un amigo, un gran amigo, uno que ya no está, en la puerta de un edificio del Microcentro, del lado de afuera, con una remera con la foto de Bukowski abriendo la boca. Yo salgo del ascensor con un par de envases. Esa era la costumbre: juntos iríamos al chino y luego volveríamos al departamento. Y ahí está él, siempre impuntual, con los ojos irónicos, la media sonrisa y tiempo de sobra. Le señalo la remera. Abre grande la boca imitándolo. Después se ríe y me dice: “Un clásico”.
El cuento de los cuentos
Si un clásico es un texto que nunca se calla, entonces hay que ir a los cuentos infantiles, esos que gravitan en las piezas, ya entrada la noche, antes de dormir, cuando un padre le cuenta a sus hijos su relato. Cuando la narración es oral siempre se cuela algo de la interpretación, una nueva lectura del clásico. Y sobre esa premisa se arroja Fabio Morábito para construir su último libro, Un bosque rodeado de árboles, que acaba de publicar Edhasa, una reescritura de “Hansel y Gretel” en cinco cuentos.
La historia que todos tenemos en la cabeza sobre este cuento de hadas alemán es la de dos hermanos que sus padres abandonan en el bosque, encuentran una casa hecha de golosinas, entran, hay una bruja, los hace engordar para luego comérselos, y escapan. Lo que hace Morábito —escritor nacido en Egipto, criado en Milán y residente en México— es preguntarse por los otros personajes. En el primer cuento, por ejemplo, narra la historia del padre que, arrepentido, vuelve al bosque y es secuestrado por la bruja.
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Primero el perdido es el padre, luego los niños, la bruja, el bosque y finalmente el cuento. Ese es el orden de los relatos que fluyen con una prosa despojada e indetenible, entre la ternura y la maldad. La atmósfera es familiaridad porque la historia viene de lejos: según el folclorista Jack Zipes, Hansel y Gretel surgió en Alemania, en la Baja Edad Media, entre el 1250 y el 1500. Morábito dijo en una entrevista con Valeria Sol Groisman para Revista Be Cult que Hansel y Gretel “es el cuento de los cuentos”.
En el último, un cuento con ecos metaliterarios, dice que “los hermanos Jacom y Wilhelm Grimm, de nacionalidad alemana, se dieron la tarea de recopilar cuentos de su país, que anotaban tal como los oían de labios de gente del pueblo, para después reescribirlos con cierto esmero estilístico y publicarlos”. ¿Cuán fieles habrán sido los hermanos Grimm a esas narraciones que atravesaron el tiempo? ¿Acaso los clásicos —y la literatura entera, por qué no— no se hicieron para reescribirlos eternamente?
Operación Borges
Si nuestro clásico es Borges, su mejor reescritura la hizo Ignacio Molina en 2023. Para que quede claro, le puso Nueve versiones de Borges. En el prólogo confirma lo que el título sugiere: ”Se trata de textos que pueden leerse, en la mayoría de los casos, como secuelas, complementos, continuaciones o rescrituras de relatos del gran autor argentino”. Entonces, sí, nueve cuentos —ninguno muy breve ni muy largo— y, sobre el final, una explicación, relato por relato, donde especifica la propuesta de cada uno.
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El primero, “La memoria de Borges”, basado en “La memoria de Shakespeare”, el narrador, que se llama también Ignacio Molina, dice: “En la primera etapa de la aventura sentí la dicha de ser Borges; en la siguiente, la opresión y el pánico. Al principio las dos memorias no mezclaban sus arenas. Con el tiempo, la gran playa de Borges amenazó, y casi cubrió, mi modesta duna. Me di cuenta con terror de que estaba olvidando la voz de mi papá. Y temí perder la razón y la identidad, que se basa justamente en mi memoria”.
Hay vueltas de tuerca, jugadas de enroque, cambios de contexto y la posibilidad de una red todavía mayor, como lo es “Samuel Zunz”, secuela de “Emma Zunz” de Borges y continuación de “Erik Grieg” de Martín Kohan. Este libro es un homenaje, pero también se puede leer de forma autónoma. Es, el definitiva, la reescritura de un clásico, algo que el propio Borges también hizo y muy bien con “La casa de Asterión”, a partir de el mito del Minotauro, o “Pierre Menard, autor del Quijote”, a partir del libro de Cervantes.
Turismo digital
Volvemos a Calvino, a Las ciudades invisibles, que se publicó en 1972. Son 55 cuentos que se presentan como una serie de relatos de viaje que Marco Polo le cuenta a Kublai Kan, emperador de los tártaros. Las ciudades son todas inventadas. “Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”, dijo Calvino en una conferencia en Nueva York en 1983. Tres décadas después, Senastián Robles dijo que esas ciudades hoy son las redes sociales.
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Las redes invisibles, publicado en 2014, mapea un territorio digital y ficticio: una red social donde los enfermos terminales pueden contar sus últimos días de vida; una red social donde perros y gatos, mediante un chip, pueden comunicar sus pensamientos y relacionarse, para luego dominar el mundo; una red social donde los usuarios encuentren su alma gemela, esté donde esté; una red social con niveles jerárquicos donde para subir es necesario crear nuevo sentido. La operación de reescritura apunta a la época.
La tecnología, dice uno de los personajes, “nos enseñó que para viajar al cosmos, para ser dioses, no era necesario construir una nave, sino inventar un lenguaje. ¿Qué es el lenguaje sino una red social?” Como Calvino, son expediciones hacia el interior de la web. Funcionó en 2014 y sigue funcionando ahora, que ya estamos metidos hasta el cuello en la pileta digital, entregados por completo al autodiseño, confiando deseos al algoritmo, rezándolo a la IA. Pero ya pasaron doce años. ¿Quién reescribirá el libro de Robles?
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