La noche en que Antón Álvarez —más conocido como C. Tangana, una estrella española de la música global contemporánea— escuchó por primera vez a Yerai Cortés tocar la guitarra en una fiesta organizada por el productor Javier Limón, no había guion, ni cámara, ni plan de rodaje. Había un guitarrista de 29 años, nacido en el barrio Virgen del Remedio de Alicante, que tocaba con una intensidad que dejó al madrileño sin palabras. De esa noche nació La guitarra flamenca de Yerai Cortés, el documental que se presentó en la sección New Directors de la 72ª edición del Festival de San Sebastián, llegó a los cines españoles en diciembre de 2024, ganó dos Premios Goya —Mejor Película Documental y Mejor Canción Original— y se estrenó hace unas semanas en la plataforma MUBI.
Salieron a fumar. Yerai le contó que quería grabar un disco con ese mismo título. Álvarez-Tangana vio algo más: una historia familiar atravesada por un secreto que llevaba años sin poder ser contado. “Quería ir directamente a los hechos”, explicó el músico en rol de director. La guitarra sería, en sus palabras, “una excusa” para entrar en el mundo de esa familia gitana alicantina (con todo lo que ello significa). Lo que siguió fue un rodaje de tres años, con pausas, dudas y cartas escritas para no herir a quienes aparecían ante la cámara. El resultado es una obra que opera como un acto de memoria afectiva: un documental donde la música funciona como vía de duelo, reconciliación y reescritura de una tumultuosa historia familiar.
Disco y película se concibieron como dos caras de una misma obra. Las canciones se fueron escribiendo mientras se rodaba, siguiendo el curso de los acontecimientos reales, de modo que cada tema del álbum dialoga con un fragmento biográfico del guitarrista. “Es un disco basado en hechos reales”, explicó Álvarez, porque se fue haciendo mientras se rodaba, con la única premisa de respetar lo que sucedía. Ambos se publicaron el mismo día: el 20 de diciembre de 2024.
PUBLICIDAD
Un secreto familiar en el centro del relato
Yerai Cortés comenzó a tocar el cajón a los cuatro años y dominaba la guitarra a los ocho. Creció en el barrio Virgen del Remedio, un entorno periférico donde la música y la comunidad funcionan como redes de apoyo y afirmación identitaria. A los 29 años, cuando se estrenó el documental, ya era una figura respetada en el flamenco contemporáneo, con presencia en tablaos como el Corral de la Morería de Madrid. C. Tangana lo describió con una frase que resume su posición singular: “Los modernos le tratan de moderno y los gitanos le tratan de gitano.”
Esa dualidad no es solo anecdótica. El documental la sitúa en el centro de su retrato, mostrando cómo navega entre expectativas contradictorias en una sociedad que el propio filme describe como racista. La identidad gitana no aparece como telón de fondo exótico, sino como condición atravesada por desigualdades estructurales que marcaron la historia de su familia. Y es esa historia —con sus silencios, sus culpas y su dolor acumulado— la que organiza la arquitectura narrativa de la película.
El núcleo dramático del documental es la familia de Yerai: su padre, su madre y su pareja, la cantante Tania García. Los padres, divorciados, aparecen ante la cámara con una fuerza de la naturaleza: capaces de sostener primeros planos donde se exponen vulnerabilidades y se revisan decisiones difíciles. Detrás del divorcio, y detrás del toque de Yerai, hay una muerte injusta que la familia llevaba años sin poder nombrar. El documental gira en torno a ese secreto sin convertirlo en espectáculo: lo rodea, lo mira desde distintos ángulos, deja que los personajes se acerquen a él a su propio ritmo. “Hablo de nudos familiares y de cargas”, dijo Yerai Cortés. “El documental se hizo para sanar heridas y para reescribir una historia que estaba mal contada.”
PUBLICIDAD
La película se construye como un thriller jondo: el secreto emerge poco a poco, rodeado de alusiones indirectas y silencios significativos. Cada escena aporta un fragmento, cada canción del disco abre una capa más de la historia, hasta que lo que estuvo callado durante años puede finalmente ser dicho. Cuando eso ocurre, el impacto ya está preparado por una empatía construida escena a escena. “Tenía una necesidad de contar mi historia”, dijo Yerai. “De hacer explícitas las cosas que me habían pasado.” La guitarra, por sí sola, solo podía producir notas y acordes; el documental se convirtió en el soporte visual y narrativo que permitió ordenar esas vivencias.
La voz que enhebra el relato
Tania García no es solo la pareja del protagonista. Su voz atraviesa toda la película como hilo conductor emocional, y su interpretación de “Los Almendros” —la canción que obtuvo el Premio Goya a Mejor Canción Original— funciona como el momento en que se condensa la experiencia de duelo, amor y reconciliación que el documental construye durante 91 minutos. La portada del proyecto la muestra en primer plano, una decisión que el propio Yerai explicó con claridad: “La guitarra es la protagonista, pero el hilo conductor es Tania.”
La canción habla de recuerdos, de pérdida y de los almendros como símbolo de conexión con quienes ya no están. Al llevarla al escenario y a los medios, el relato íntimo que nació en el círculo familiar se transformó en un gesto público compartido. La figura de Tania amplía así los límites de la familia retratada: no es solo acompañante afectiva, sino agente central de la narración musical y cinematográfica, la voz que da forma a lo que la guitarra no puede decir con palabras.
PUBLICIDAD
C Tangana, una estrella como cineasta aprendiz
La ópera prima de Antón Álvarez (C Tangana) como director llegó después de proyectos audiovisuales previos, como el magnífico documental sobre su propia gira Esta ambición desmedida, donde aprendió sobre fotografía y sobre el ritmo narrativo de la pantalla. Ese aprendizaje se tradujo en decisiones técnicas precisas. La más llamativa fue el diseño de sonido: en lugar de aislar instrumentos y voces como se hace en un estudio, se colocaron dos micrófonos directamente en la cámara, de modo que el punto de vista auditivo coincidiera con el visual. Cuando la cámara se gira hacia la guitarra, la voz pasa al fondo; cuando enfoca la voz, la guitarra retrocede sonoramente. El resultado es una experiencia de escucha que imita la percepción real del espectador si estuviera físicamente en el espacio filmado.
Las escenas musicales se filmaron en su mayoría con planos secuencia sin cortes, capturando no solo la música sino el ambiente que la rodea: los golpes de percusión, las palmas, las respiraciones, la reverberación de la sala. En el flamenco, donde la reacción del entorno forma parte constitutiva de la actuación, ese diseño permite que la película transma algo que los documentales de estudio suelen perder. “Cuando a un artista no le dicen ‘olé’ mientras toca, puede llegar a pensar que no está gustando”, explicó Yerai Cortés.
La fotografía, a cargo de cinco directores de imagen —Uri Barcelona, Nauzet Gaspar, Àlvar Riu Dolz, Diego Trenas y Arnau Valls Colomer—, privilegió encuadres cercanos a las manos de Yerai, a los rostros de los padres, a la mirada de Tania. La luz, en muchos casos natural, evitó la estilización excesiva.
PUBLICIDAD
Álvarez reconoció la influencia de Carlos Saura y su impar trilogía flamenca —Bodas de sangre, Carmen, El amor brujo— en la concepción visual del documental. Pero donde Saura filmó en espacios escénicos depurados, con iluminación controlada y coreografías estudiadas, el director de La guitarra flamenca de Yerai Cortés optó por sacar el flamenco del teatro y llevarlo a descampados, plazas de barrio y esquinas del barrio Virgen del Remedio. “Me parece que había que estar a la altura del maestro”, dijo Álvarez, “pero sacando el flamenco de la escena y poniéndolo en un mundo más natural.”
Esa decisión conecta el toque de Yerai con su origen social de manera directa: la música no flota en un espacio abstracto, más bien suena en los lugares donde se vive y se sufre. Las actuaciones en descampados y plazas muestran el flamenco como práctica comunitaria, no como espectáculo para el consumo turístico y antropológico. Frente al riesgo del “lavado de cara” que amenaza a muchas producciones del género —documentales que funcionan principalmente como herramientas de imagen para el artista—, la película apuesta por la naturalidad. Yerai lo formuló con su propia lógica: “¿Por qué tiene que ser tan grave mostrarte vulnerable?”
PUBLICIDAD