La última vez que Sebastián Fischer estuvo en Argentina fue hace dos años. Su abuela celebraba el centenario y él quería estar. “Se murió a los dos meses, así que hice bien en ir”, dice. Ahora vuelve en “otro viaje relámpago”. Las cosas cambiaron: trae un libro bajo el brazo, uno propio, con su firma, el primero: se titula Cuentos para quemar con un encendedor y editó Orsai, con prólogo de Hernán Casciari. Horas antes de que salga el vuelo, todavía en su departamento de Barcelona, atiende el teléfono y dice: Qué tal.
El primer cuento, “El silencio”, es una postal de la clandestinidad: un departamento cavernoso, un tío desaparecido y la infancia que se entristece en la opacidad de los secretos. El segundo, “Muchacha militante”, una anécdota de activismo estudiantil, cierra con la aparición de un Fogwill bon vivant y doméstico. El tercero alumbra la vida cotidiana detrás de los saqueos, el cuarto mezcla rock y escuela en la post dictadura, el quinto fútbol y ácidos. Y así, relato tras relato, se va armando este universo narrativo.
“Me fui en el 2001. Hace 25 años ya”. Con la cadencia regular, sin sobresaltos, Sebastián Fischer recuerda que “era complicado hacer cosas allá y tenía muchos amigos que se habían venido”. Trabajaba de fotógrafo y se había abierto una posibilidad de ingresar a Télam, pero a último momento no quedó. “Ese día dije: Me voy. Tenía un amigo que estaba laburando acá de fotógrafo. Me dijo: venite. También se había ido una novia que tenía en ese momento. Cuando llegué me dejó”, dice y se ríe.
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Una parte de su familia estaba ahí, en Barcelona, primos de su madre. Cuando llegó, trabajó de lo que encontró. Estatua en La Rambla, por ejemplo. También de fotógrafo: “Con un pibe venezolano viajábamos, hacíamos reportajes y le vendíamos el material a los diarios y las revistas de acá”. Después ingresó en el mundo de la artesanía, luego en la industria textil y finalmente, hace cinco años, se abrió una “tienda de fútbol retro”, su principal trabajo. “¿La fotografía? La fotografía me dejó“, y vuelve a reír.
“Siempre necesité del arte para canalizar mis necesidades de expresión. Todo iba bien hasta que tuve una crisis personal, después me terminé separando, proceso que lo estoy terminando ahora aunque tiene un par de años”, cuenta. “Ahí empecé con la necesidad de la escritura”. El puntapié inicial fueron dos cuentos que formaron un tono singular (“los terminé, los leí y me gustaron”), y un taller literario —que no abandonó— donde cada semana presentaba un relato. Así se fue armando este universo narrativo.
En la dedicatoria de Cuentos para quemar con un encendedor menciona a su padre, Jorge Fischer, un joven dirigente obrero que fue asesinado por la Triple A en 1974. Ese episodio, dice, “me acompañó siempre”: “Tuve que crecer prácticamente ocultando esa situación. Un tema que era mejor no hablarlo. Y cuando ya se podía hablar fue una cosa que quedó con mi mamá. Nunca pude abordar el tema de una manera abierta. Con la familia de mi viejo tengo relación, aunque nunca llegó a ser, digamos, normal”.
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Este dato explica mejor la atmósfera que se respira en el libro: “La dictadura y la represión es un tema que ya lo tocó mucho la generación que la vivió. Por eso buscarle el abordaje de lo que significó para los hijos de esa militancia, tratándolo a nivel de un homenaje a esa generación, pero a la vez, como buen hijo, también como un reclamo: los ideales que nos legaron son nobles, me siento contento de haberlos heredado, pero a la vez nos vinieron con una derrota digerida y nosotros tuvimos que lidiar con eso”.
Para su generación, explica Fischer, esa derrota “nos daba una dosis de cinismo, de incredulidad, de nihilismo. Al final es la vida y un poco más”. Todo eso se respira en la atmósfera de estos cuentos que “no tienen ningún contenido moral. Trato de no bajar línea, sino que los personajes hablen mucho a través de sus actos”. Pero también el humor para mirar la tragedia a los ojos: “Me interesaba mostrar las miserias, son dignas también, parte de la vida. Por eso lo irónico: una manera de encarar la literatura”.
“Uno se va de Argentina y está en el exilio emocional, porque nunca se termina de ir. Sos un argentino que vive afuera, pero por más que una parte de mí esté encajada dentro de la sociedad catalana. Mis hijos son de acá y hablan catalán. Pero a la vez me siento como esos gallegos y esos tanos que murieron hablando gallego o italiano aunque vivieron cincuenta años en Argentina”, dice Fischer, cuya Argentina, explica, “quedó congelada en el 2001, entonces yo escribo desde ahí, en ese lugar”.
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“Esto me permite sacarme de encima los veinticinco años posteriores que no viví en Argentina. A los noventa lo recuerdo tal cual fueron, pero sin todo lo que pasó posteriormente. Yo no viví ni el kirchnerismo, ni Macri, ni nada de eso, ni cómo se transformó la sociedad. Yo quedé ahí, atrapado, diciendo ‘macanudo’“, dice Fischer y retoma el traspaso generacional y la ironía como forma literaria: ”Además, me parece mucho más interesante escribir sobre la derrota que sobre la victoria”.
Un mes atrás, en el medio del Mundial, unos holandeses y unas españolas entraron a su local y le sacaron charla. De pronto, empezaron a hablar mal de Leandro Paredes. Fischer -hincha de Boca- los cortó enseguida: “Paredes es el capitán de mi equipo que a los treinta años decidió volver en lugar de irse a ganar plata a Arabia. Así que acá no se lo critica”. Ahora, en el final de esta conversación, dice que sí hubo una “campaña anti Argentina”, pero solo “circunscrita a las redes sociales” y a eso que llaman sesgos de confirmación.
“A los españoles el algoritmo les hacía ver argentinos hablando mal de ellos y a los argentinos les hacía ver españoles diciendo barbaridades de Argentina. En el trato cotidiano no cambió en nada. Lo que sí hay es una mirada, que también existía con el Barsa, que es que lo que jugamos nosotros no es fútbol. Los europeos tienen la hegemonía del fútbol, pero nosotros somos los únicos que se la peleamos: Argentina fue el único no europeo que llegó a finales en los últimos veinte años”, cuenta.
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“Entonces nos desacreditan”, asegura. “Yo siempre les digo: Ustedes no pueden pretender comprarnos todos los jugadores cuando tienen dieciocho años, tener todo el dinero, la infraestructura, la capacidad de desarrollo deportivo, y encima que nosotros tengamos que jugarles de igual a igual, que nos ganen siete a cero y aplaudirlos. Nosotros competimos con nuestras armas, y son efectivas”, explica. “Dicen que somos violentos. ¡Ustedes esclavizaron medio África y saquearon toda Latinoamérica!”
La Argentina sigue en Fischer, que viaja al pasado y recuerda escuchar la final de la Copa Libertadores del 2001 por teléfono, en un locutorio. “Nuestra migración no tiene nada que ver con la de nuestros abuelos o bisabuelos que se iban y recibían una carta, si la recibían”, dice. ¿Cómo se ve el país desde Europa? “Lo que te puedo decir es que en los veinticinco años que llevo acá, salvo dos o tres años de la época de Cristina, donde hubo gente que volvió, lo que siempre nos llegó era de que estaba la cosa mal”, comenta.
La diferencia en la vida cotidiana es muy grande, asegura. “Ahora, con la subida de Milei, tengo mucha preocupación. Políticamente, estoy en las antípodas. Es una tendencia a nivel internacional la imposición de candidatos de la extrema derecha, aparte con un perfil de casi problemas mentales: gente ni siquiera capacitada para gobernar”, dice y agrega que también ve, entre los argentinos en España, “gente cansada del kirchnerismo”. “Acá, en el consulado, en las elecciones ganó Milei”.
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* Sebastián Fischer presenta Cuentos para quemar con un encendedor el viernes 14 de agosto a las 18 en Naesqui (Charlone y 14 de Julio, CABA). La entrada es libre y gratuita.