¿Qué significa ser de izquierda cuando las viejas etiquetas ya no alcanzan, los partidos se vacían y las consignas suenan cada vez más gastadas? En su libro Izquierda y política, editado por Infobae Ediciones y de lectura gratuita, Roberto Gargarella vuelve sobre esa pregunta, tan incómoda como decisiva. Jurista, ensayista y uno de los intelectuales más influyentes de América Latina en el debate sobre democracia, desigualdad y poder, Gargarella se mete de lleno en una discusión que atraviesa el presente: qué valores, qué ideas y qué promesas siguen haciendo reconocible a la izquierda más allá de sus nombres históricos, sus símbolos y sus crisis.

Izquierda y política
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Con la claridad y la potencia argumental que marcan toda su obra, el autor propone mirar más allá de la coyuntura para volver al corazón del problema. No se trata solo de revisar una tradición política: se trata de preguntarse qué queda de ella cuando se la pone a prueba frente a sus propios ideales.
A continuación, un capítulo de Izquierda y política.
Los dos ideales de las revoluciones americanas: Autogobierno colectivo, autonomía individual
La definición de izquierda en la que voy a apoyarme parte de un doble compromiso valorativo que, según voy a asumir, jugó un papel central en toda América, durante el período revolucionario e independentista. Me refiero al doble compromiso existente con las ideas del autogobierno colectivo y la de libertad o autonomía personal. De todos modos, y antes de explorar con algún detalle el contenido de tales ideas, y sus relaciones con nuestra historia, quisiera dejar en claro un par de cuestiones importantes.
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Ante todo, mi defensa de (una peculiar lectura de) ambos valores, y de su carácter central para el ideario de izquierda, no depende del hecho histórico de que tales valores hayan sido defendidos efectivamente por los grupos más radicales de la región, durante todo el período revolucionario americano. Defiendo tales valores, y su importancia para el pensamiento de izquierda, con independencia del hecho de que los mismos hayan sido defendidos por los radicales revolucionarios. Es que —bien podría ser el caso— una lectura diferente de la historia americana puede negar que los americanos hayan sostenido ambos, o alguno de los dos ideales mencionados. Sin embargo, reclamo aquí –y trataré de respaldar enseguida esta afirmación- que los ideales del autogobierno colectivo y la autonomía individual fueron, en los hechos, sostenidos y predicados por el radicalismo revolucionario americano.
En segundo lugar, y antes de referirme al peso histórico de ambos ideales, quisiera sostener un punto más general, sobre el peso de las citas históricas. Y es que puede ocurrir que una cierta afirmación sobre un reclamo históricamente dado no resulte históricamente falso (es decir, el hecho –el reclamo- ocurrió), pero sea, en cambio, filosófica o teóricamente insostenible. Es importante aclarar este punto porque, para algunas personas, una cierta proposición es verdadera –digamos, para lo que nos interesa, que una cierta consigna debe seguirse- porque históricamente fue defendida por el personaje X (digamos, por Carlos Marx o por Mariano Moreno). Y no es esto lo que aquí afirmamos. Si aquí defendemos ciertas ideas no es porque creamos que el valor de las mismas se deriva de la historia, sino porque creemos que ellas tienen un valor independiente. Sin embargo, y dicho esto, sí insistiremos en que se trata de ideas que, además, fueron tradicionalmente afirmadas por los radicales revolucionarios americanos.
En las líneas que siguen, entonces, trataré de mostrar por qué es que pienso que los dos ideales mencionados –autogobierno colectivo, autonomía individual- fueron históricamente apoyados por los revolucionarios americanos. Inmediatamente luego, me ocuparé de señalar por qué es que pienso que ellos siguen siendo ideales importantes para la izquierda, y cómo es que puede definirse su contenido concreto.
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Autogobierno colectivo
No es difícil probar la primera de las proposiciones que sostengo, esto es, la importancia que tuviera la idea del autogobierno colectivo, durante el período revolucionario americano. Resulta claro que para los independentistas, la lucha contra el poder imperial –llámese España o Inglaterra- era la lucha para afirmar el derecho propio a organizarse, a darse sus propias leyes. Esto es, ni más ni menos que lo que llamo aquí el derecho al autogobierno colectivo: El derecho de los miembros de una comunidad a decidir de qué modo es que quieren vivir –su derecho a hacerlo sin depender de la voluntad de otros. La exigencia de un derecho al autogobierno estuvo presente en las revoluciones americanas desde el primer instante. Exactamente eso es lo que reclamaban los pioneros revolucionarios norteamericanos, por caso, cuando sostenían “No a los impuestos sin representación!” Lo que dicho reclamo encerraba, claramente, era la idea de que no se justificaba tomar ninguna medida sobre una cierta comunidad sin la participación –sin la “voz”- directa de la propia comunidad afectada. De este modo, la afirmación del ideal del autogobierno puede leerse (sino entenderse mejor) a partir de su negativa: Se rechaza la dependencia, la obligación de actuar siguiendo las pautas que otros –otros Estados, otras comunidades, otros poderes- pretenden fijar, en lugar de uno.
Autonomía individual
Por lo visto, no es difícil sostener que el ideal del autogobierno fuera un ideal reivindicado, desde el mismo período independentista, por el radicalismo americano, entre otros grupos. Parece más complicado, en cambio, sostener que tales grupos acompañaron dicho reclamo por el autogobierno colectivo, con otro que reivindicaba la autonomía individual. Por ello, me detendré un poco más en esta cuestión. Según entiendo, pueden darse varias razones a favor de esta tesis. Lo primero que podríamos hacer es recordar que el reclamo por el autogobierno era, según dijimos, un reclamo general contra la dependencia o el dominio. Este reclamo, según puede verse, no tiene por qué limitarse a ser un reclamo contra el dominio ejercido por otros países, sobre la propia comunidad. Razonablemente, puede verse al mismo como una exigencia que pone en cuestión la posibilidad de que otros –ya sea una entidad colectiva, ya sean otros individuos- quieran decidir cómo es que la propia comunidad, o uno mismo, debe vivir.
Ahora bien, no trato de decir aquí, simplemente, que la lógica revolucionaria era compatible o teóricamente consistente con un reclamo a favor de la autonomía individual. Trato de decir algo más fuerte y es que, en los hechos, así tendió a ser. Ello puede verificarse, por caso, si pensamos en la actitud opresiva que algunas entidades –típicamente la Iglesia- ejercían sobre los individuos, en ese momento, con el respaldo del poder coercitivo estatal. No debiera sorprendernos, entonces, que los revolucionarios americanos –en éste y otros sentidos- reclamaran también por márgenes mucho más amplios para la libre decisión y acción. Ellos rechazaban el autoritarismo de todo tipo, y de modo especial el autoritarismo eclesiástico, y es por ello que, luego de conquistada la independencia, llevaron adelante algunas de sus principales batallas contra el poder de la Iglesia.
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De todos modos, quisiera insistir en el hecho de que el ideal de la autonomía individual, entendida como no-dependencia, ocupó un lugar importante en el pensamiento de los radicales americanos, desde el momento de la revolución. Y quisiera hacerlo afirmando que la defensa de dicho ideal incluyó, de modo especial, la lucha contra la opresión eclesiástica –la lucha contra el perfeccionismo moral de la Iglesia asociada con el Estado- pero que también trascendió al mismo. Esto es lo que explica las habituales afirmaciones realizadas, durante el período post-revolucionario, por algunos de los más notables representantes del pensamiento radical. Así, por caso, el activista radical chileno Francisco Bilbao expuso una visión como la señalada, al definir a la noción de libertad que era propia de su proyecto político: Libertad era, para él, lograr que “Ningún hombre dependa de ningún otro hombre” (Bilbao 1886, 253). De manera similar, el político y pensador colombiano Murillo Toro mostró, mientras tanto, las implicaciones de esta postura al objetar la situación de quienes vivían en “absoluta dependencia”: criticó entonces la injusta distribución de la riqueza que se daba en su país, y mostró por qué en dichas condiciones no podía existir la “igualdad política” sino sólo una “dominación aristocrática.”
El autogobierno colectivo y la autonomía individual como ideales de izquierda
En la sección anterior quise respaldar, brevemente, la afirmación conforme a la cual los dos ideales citados –autogobierno colectivo/autonomía individual- estuvieron presentes en América desde el inicio mismo del movimiento revolucionario que lograra la independencia. Sostuve, sin embargo, que dichos ideales merecen respaldarse, desde una visión de izquierda, más allá de la existencia efectiva o no de aquel reclamo histórico. En esta sección quisiera referirme a este último punto, es decir, a la importancia de ambos valores para la izquierda. Lo haré diciendo que dicha importancia es doble: En el sentido más estrecho, ambos ideales han sido y son importantes para la tradición del pensamiento de izquierda (y, sobre esta primera afirmación, que mira al pasado, repito las salvedades hechas sobre la historia, en la sección anterior). En un sentido más amplio, ambos ideales merecen ser sostenidos, desde la izquierda, por la importancia intrínseca de lo que ellos implican.
Según entiendo, los ideales del autogobierno colectivo y la autonomía individual forman parte de un mismo reclamo, emancipatorio, que –como debe ser- ha acompañado siempre, y sigue acompañando hoy, al pensamiento de izquierda. Ellos reflejan una defensa radical de la idea de que cada persona debe desarrollar su vida del modo más libre y pleno posible, sin que otras personas, grupos o instituciones le impongan cómo vivir. Al mismo tiempo, ellos expresan una defensa radical de la idea de que cada comunidad debe organizarse y desarrollarse del modo más autónomo y pleno posible, sin que otras comunidades o poderes impongan su voluntad, por encima de la voluntad de la propia comunidad en juego. Así expuestos, tales ideales se oponen también (como ha sido tradicional en el pensamiento de izquierda) a las visiones reaccionarias, conservadoras, e imperiales, que históricamente aceptaron, fueron compatibles con, o directamente impulsaron el sometimiento de individuos, grupos y comunidades, en nombre de las preferencias, creencias o intereses de otros individuos, grupos o comunidades.
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Por ello mismo, y no es de extrañar, los ideales del autogobierno colectivo y la autonomía individual aparecen en la tradicional afirmación revolucionaria del derecho a la autodeterminación de los pueblos (cuya importancia vimos, por caso, en el ejemplo americano); en el corazón del ideal aristotélico de la autorrealización personal (Marx, Ideología Alemana); en la crítica marxista a la alienación; en el repudio que siempre ha hecho el socialismo a las situaciones de explotación.