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Fábulas, bestiarios y ‘El jardín de las delicias terrenales’: cómo se construyó la idea de animal en la Edad Media

En un documentado ensayo, el antropólogo e historiador francés Pierre-Olivier Dittmar reconstruye cómo la Europa medieval pensó el vínculo entre los seres humanos y otras criaturas

El libro del día: "La invención del animal", de Pierre-Olivier Dittmar

En La invención del animal, Pierre-Olivier Dittmar sostiene que en la Edad Media no existía el concepto moderno de animal, una tesis que organiza un ensayo de antropología medieval donde las imágenes dejan de ser adornos y pasan a leerse como documentos para entender cómo Europa pensó la relación entre humanidad y criaturas vivas en tiempos de santo Tomás de Aquino.

A lo largo de 400 páginas, el libro recorre bestiarios, fábulas, salterios, miniaturas, portales de iglesias y ménsulas para reconstruir un mundo en el que no había un término común que reuniera a todos los animales salvo al hombre. Esa ausencia, lejos de ser una rareza marginal, funciona como punto de partida para explicar cómo se formó una idea que hoy parece obvia.

El ensayo sigue la estela de Jean-Claude Schmitt y El cuerpo de las imágenes de 2002, pero desplaza el foco hacia la aparición histórica del animal como categoría: las imágenes no ilustran una conclusión previa nacida en textos escritos: afirman, refutan, sugieren, iluminan y también confunden.

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Dittmar advierte desde el comienzo que en aquellos mundos antiguos no existía una palabra que designara en conjunto a todos los animales excepto al hombre. En su lugar, operaban categorías como la oposición entre pecus y bestia, es decir, entre animales domésticos y salvajes, insertas en un universo completamente cristianizado.

Páginas de un bestiario de la Edad Media

Ese marco religioso define buena parte del argumento. Siguiendo a François Sigaut, el autor recuerda que el cristianismo es, con excepciones, una religión sin sacrificio animal, sin prohibiciones dietéticas y sin matanzas rituales, un rasgo que examina junto con el ayuno, lo incomestible y la matanza del cerdo.

La paradoja que propone es que esa aparente distancia del sacrificio no produce una protección del animal, sino una forma de indiferencia que abre paso a su posesión omnívora. En los Hechos de los Apóstoles, resume, el mandato no es leer sino “mata y come”, una fórmula que fija una relación de uso antes que de reciprocidad.

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El libro describe además un universo poblado por especies nombradas por Adán, marcado por la expectativa de una resurrección exclusivamente humana y atravesado por la presencia de ángeles y demonios. En ese sistema, cuando un animal habla, “no es el animal mismo, sino Dios, un ángel o un demonio quien habla a través de él”.

Por eso los juicios contra animales ocupan un lugar problemático dentro de la tradición teológica. Dittmar escribe que al reconocer responsabilidad penal o civil en los animales, esos procesos rompen con la idea de que pueden ser agentes de lo invisible, porque atribuirles libre albedrío equivale a negar esa función.

"Elephas”, Jacob van Maerlant (1340-1350)

Uno de los rasgos más definidos del ensayo es su desconfianza hacia los “efectos de la fuente” y su apuesta por poner en diálogo documentos heterogéneos. Cuando las fuentes escritas se vuelven escasas, la observación de las imágenes adquiere aún más peso en la investigación del medievalista.

El autor mantiene una cautela metodológica explícita: distingue entre distintos estratos del pasado, evita convertir rasgos antiguos en anuncios del presente y, en una posición cercana a Carlo Ginzburg, respeta aquello que en una cultura “permanece indescifrable y resiste todo análisis”. Al mismo tiempo, rechaza entregarse a la fascinación por lo exótico o lo incomprensible.

Ese equilibrio se vuelve más exigente en un período que el propio Dittmar presenta como una transformación ontológica, donde las relaciones con las formas de vida animal se multiplican, se contradicen y se corrigen. El resultado es un libro donde la iconografía no acompaña el texto: lo discute.

Entre los capítulos que examinan el pergamino, los bestiarios, las relaciones entre especies, las aves de la poesía trovadoresca y tres “bestias singulares” como el cerdo, el oso y el perro, las páginas dedicadas a las anotaciones marginales ocupan un lugar destacado. Allí el margen aparece como el espacio donde se representa “el mundo heterogéneo del siglo”.

Comedia medieval con conejos

También se lo define como una zona material de contacto entre el lector y el texto, porque allí se apoyan los dedos y se abre una región intermedia entre la experiencia vivida y las representaciones que acompañan al texto sagrado. Esa lógica de inversión, donde la liebre persigue al perro, obliga a volver a preguntar qué era en realidad el centro.

El ensayo se mueve dentro de un mundo marcado por el pecado original, la expulsión del Edén y la idea de que las criaturas del Paraíso se volvieron dañinas para castigar, corregir o enseñar a la humanidad. En ese marco, Dittmar recupera la sutileza de san Agustín para pensar el vínculo entre el animal y el alma, más allá de una simple vecindad etimológica entre animal y ánima.

La figura del monstruo también cambia de estatuto: deja de ser una anomalía sin sentido para convertirse en un signo. El libro resume esa lógica en una fórmula tajante: “un monstruo es una vida con sentido”, porque toda desviación se integra en una armonía superior y divina.

Agustín vuelve a aparecer cuando afirma que “todo animal que es racional y mortal es considerado descendiente de Adán”, una frase que ayuda a fijar la singularidad humana por contraste con la bestia. Aunque su nombre no figure en el índice, su pensamiento atraviesa cuestiones decisivas del volumen: el sacrificio animal, la palabra, la metempsicosis, el Génesis, los restos mortales y el lugar del hombre entre bestias y ángeles.

"El jardín de las delicias", de Hyeronimus Bosch

La reflexión se apoya también en una idea de Claude Lévi-Strauss que Dittmar cita de forma explícita: “Los animales son buenos para pensar”. Esa premisa organiza un recorrido que incluye híbridos, quimeras, criaturas humorísticas y la imagen de una serpiente con cabeza de mujer.

En las páginas finales, El jardín de las delicias terrenales de Hieronymus Bosch aparece como una posible culminación de todas esas inversiones visuales. Allí, según la lectura propuesta, los márgenes pasan al centro y el centro queda desplazado hacia los bordes.

El volumen cierra con un índice que el reseñista considera parte del interés del libro: en él, la mosca aparece después de Montaigne, el erizo antes de Hildegarda de Bingen y un ratón después de Sócrates.

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