Jürgen Habermas, filósofo alemán: “El patriotismo constitucional es el único lazo que puede mantener unida a una sociedad plural”

Frente a los fantasmas del nacionalismo y la fragmentación social, el gran heredero de la Escuela de Fráncfort acuñó una fórmula política revolucionaria. El análisis de un concepto indispensable para salvar la convivencia en un siglo globalizado

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Jürgen Habermas, filósofo alemán: “El patriotismo constitucional es el único lazo que puede mantener unida a una sociedad plural” (Foto: Sueddeutsche Zeitung/Alamy Stock Photo/ The Washington Post)

¿Cómo se mantiene unida una sociedad en la que conviven personas con religiones, tradiciones, lenguas e historias familiares completamente diferentes y, muchas veces, contrapuestas? El colapso de los grandes relatos identitarios del siglo XX dejó a Occidente ante un abismo de atomización. Ante este dilema, en la década de 1980, el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas arrojó una balsa de rescate teórica que recobra vida hoy, en un presente de fronteras calientes y polarización extrema.

“El patriotismo constitucional es el único lazo que puede mantener unida a una sociedad plural, porque no se funda en una identidad de sangre o suelo, sino en la adhesión compartida a principios democráticos y derechos humanos”, escribió el filósofo alemán y hoy se lee con la urgencia de una alarma contra incendios. Es la propuesta más ambiciosa y sofisticada de la modernidad tardía para disociar de una vez por todas el concepto de “patria” de la mitología de la herencia étnica o territorial.

Para dimensionar el valor de esta idea, es preciso zambullirse en la Alemania de finales del siglo XX. El país cargaba con el peso de su propio pasado y procesaba los traumas de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. A mediados de la década de 1980 estalló lo que la historiografía bautizó como la Historikerstreit (la disputa de los historiadores), un debate intelectual feroz donde sectores conservadores intentaban relativizar el pasado nazi para reconstruir un orgullo nacional basado en la identidad tradicional.

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Fue en esa trinchera donde Jürgen Habermas alzó la voz. El pensador entendía perfectamente que apelar a los viejos mitos de la tierra, la lengua o los lazos de “sangre o suelo” —las bases del nacionalismo romántico decimonónico— era como regar la semilla del totalitarismo. Como alternativa radical, tomó un concepto que venía bosquejando el politólogo Dolf Sternberger y lo transformó en la columna vertebral de su sociología política: unirse en una práctica política común fundada en la razón.

"Identidades nacionales y postnacionales" de Jürgen Habermas

Aunque la idea cruzó innumerables conferencias y artículos periodísticos, encontró su formulación teórica más sólida en sus ensayos recopilados en libros como Identidades nacionales y postnacionales (ensayos políticos que marcaron la discusión europea) y, posteriormente, en su monumental obra de filosofía del derecho Fanticidad y validez (Faktizität und Geltung, 1992). La importancia de estos escritos radica en que ofrecen una respuesta institucional y humana al fin de los Estados-nación homogéneos.

Habermas asume que la globalización y las migraciones masivas volvieron obsoletas e injustas las identidades puras. Su lectura es indispensable para comprender el andamiaje de la Unión Europea y de cualquier república moderna que intente cobijar la diversidad interna sin estallar en mil pedazos. Toda la obra del pensador está obsesionada con una sola cosa: la posibilidad de que los seres humanos se pongan de acuerdo mediante el uso de la palabra y la argumentación racional.

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El patriotismo constitucional es la traducción jurídica de esa obsesión. Habermas separa quirúrgicamente la nación en dos dimensiones: el ethnos (la comunidad cultural, afectiva y tradicional) y el demos (la comunidad de ciudadanos con derechos y obligaciones). Para el autor, el Estado no tiene por qué exigirle a un ciudadano que ame una bandera, un paisaje o una historia oficial compartida. Lo único que el Estado debe exigir —y promover— es el respeto sagrado a las reglas del juego democrático.

En una era global atravesada por el resurgimiento de los populismos nacionalistas excluyentes, la xenofobia institucionalizada y la fragmentación social alimentada por las burbujas de filtros de las redes sociales, la tesis sobre el patriotismo constitucional de Jürgen Habermas adquiere una vigencia feroz. Nos recuerda que la única patria verdaderamente libre y habitable en el siglo XXI es aquella cuyas fronteras espirituales coinciden, exactamente, con los límites de los derechos humanos.

Jürgen Habermas (nacido en Düsseldorf, Alemania, en 1929 y fallecido en Starnberg en marzo de 2026) fue el filósofo y sociólogo europeo más importante e influyente de las últimas décadas (Foto AP/Hermann J. Knippertz, archivo)

¿Quién es Jürgen Habermas?

Jürgen Habermas (nacido en Düsseldorf, Alemania, en 1929 y fallecido en Starnberg en marzo de 2026) fue el filósofo y sociólogo europeo más importante e influyente de las últimas décadas. Criado bajo el horror del régimen nazi durante su infancia, se formó en las universidades de Gotinga, Bonn y Marburgo. Fue asistente de Theodor Adorno en el célebre Instituto de Investigación Social, transformándose con los años en el máximo exponente de la “segunda generación” de la Escuela de Fráncfort.

A diferencia de sus maestros, marcados por un profundo pesimismo cultural, Habermas dedicó su larga vida a rescatar el proyecto ilustrado de la modernidad, sosteniendo que la razón humana aún tenía potencial emancipador a través de la palabra. Entre sus obras se encuentran Historia y crítica de la opinión pública (1962), la monumental Teoría de la acción comunicativa (1981), Conciencia moral y acción comunicativa (1983), Facticidad y validez (1992) y Las cosas necesarias para mejorar (2026).

Galardonado con los máximos reconocimientos mundiales, como el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales y el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán, la figura de Habermas sigue siendo un faro ético ineludible cuyo fallecimiento —fue el 14 de marzo pasado, en su casa de Starnberg, Alemania; tenía los 96 años— cerró el capítulo más brillante de la teoría social contemporánea, dejándonos la enorme responsabilidad de defender la fuerza del mejor argumento frente al ruido del poder.