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Que no falte el champagne: un óleo de Quinquela Martín superó los 150 mil dólares en una noche de subasta

La sala se llenó de habitués que fueron a medir el pulso del mercado, mientras el martillo avanzaba sin pausas entre ofertas presenciales y llamadas telefónicas

El cuadro de Quinquela Martín superó los 150.000 dólares.

Que no falte el champagne y que no decaiga el entusiasmo. Estas premisas son sin duda las que rigen las subastas de Roldán, la emblemática casa de remates de la calle Juncal.

El frío no detiene a nadie la noche del 24 de junio. Como un rito repetido, el piso empieza a llenarse de a poco de parroquianos que se conocen desde hace tiempo; abrazos, cotilleo y opiniones sobre la oferta calientan el ambiente. No todos van a comprar, ni todos venden. A la subasta se va a tomar el pulso al mercado, a sacarle la foto al “estado del arte”.

Cuando Nahuel Ortiz Vidal ocupa el estrado y saluda al público la sala desborda y el champagne ya hizo efecto; se anuncian las condiciones de venta (al monto alcanzado hay que sumar aproximadamente el 18 por ciento entre comisión e impuestos), y el remate comienza casi inmediatamente. El martillo cae en un Max Gómez Canle de 2017 que sale por la base. Los teléfonos arden.

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La obra de Pettorutti que se vendió en la subasta.

Durante más de una hora, a velocidad de vértigo, se rematan 70 obras de arte argentino. Algunas no encuentran comprador. Otras alcanzan las seis cifras. Ortiz Vidal modula el ánimo de la sala. Pasa la página rápido cuando alguna pieza no tiene candidato, se detiene en la calidad y en el buen precio de las obras en disputa. Agradece a cada comprador y saluda a los que están en el teléfono como si estuvieran presentes, o casi: “hay muchos en el aire”, dice, y suelta algunos nombres de pila de ofertantes bajo sobre que se enterarán de su suerte cuando aterricen.

El remate es el último acto de una obra que empieza mucho antes: el verdadero arte está en conseguir piezas de calidad y buena procedencia, capaces de atraer a públicos diversos y de acompañar el gusto que se construye en torno a museos, ferias, bienales y publicaciones del momento. Para la ocasión no faltaron piezas de Julio Le Parc, recientemente fallecido, y una carbonilla bellísima de Matías Duville, que quizás por su tamaño monumental no encontró comprador.

La obra más exquisita, un collage de Marcelo Pombo de 1986 que fuera exhibido en la primera muestra individual del artista, fue adquirida por 8.500 dólares por uno de los coleccionistas con mejor ojo del ambiente. La sala lo felicitó. La más cara: un óleo de Quinquela Martín, “Día de sol”, de 1928, arrancó con una base de 100 mil dólares; luego de una puja sostenida, un comprador que estaba en sala cerró en 155 mil. Aplausos del público.

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Un comprador telefónico se quedó con una de las mayores atracciones de la subasta: “Quartier en construcción”, un paisaje urbano de Joaquín Torres García de 1926, momento bisagra del artista uruguayo que ese año viraría al constructivismo. Pagó 122 mil dólares luego de breve e intensa disputa. Aplausos en sala para él también.

La obra de Torres García se vendió en 122.000 dólares.

Llamó la atención la vigencia de los clásicos: Spilimbergo, Fader, un precioso Valentín Thibon de Libian, Quirós, y tres pequeñas escenas de Pedro Figari, vendidas.

Un autorretrato de Rómulo Macció de buena factura llegó a los 79 mil dólares. Dos cabezas de Ernesto Deira fueron a parar al mismo comprador. Una caja lumínica con agua y motor de Gyula Kosice de 1970 con base de 25 mil, fue vendida por 37 mil dólares. Una caja lumínica de Miguel Ángel Vidal de 1965 casi duplicó su precio: llegó a 18.500 dólares. Había dos obras de Raquel Forner en catálogo; un óleo de 1963 alcanzó los 68 mil dólares; el otro no encontró comprador.

Lo mismo ocurrió con Emilio Pettorutti: un óleo de 1961, “Armonie dans l´espace”, se vendió por 78 mil dólares en el teléfono; “Vino rubí”, de 1946, no encontró ofertantes, quizás por los 220 mil dólares que reclamaba la base.

El cuadro de Guillermo Kuitca que fue parte de la subasta de Roldán. Detrás, una obra de Kosice.

La procedencia de las obras ofrecidas es siempre un plus: el inodoro de León Ferrari intervenido por el texto del juramento presidencial de Fernando de la Rúa, que pertenecía hasta ayer a la colección Juan y Tiny Cambiaso, cambió de manos por 45 mil dólares. Hubo también piezas de la colección Bruzzone. Se vendieron bien “Seis estrellas”, una frazadita conmovedora de Feliciano Centurión, “Panda y conejo”, de Chiachio y Giannone, y una obra geométrica de Fernanda Laguna. El “Morocho” de Marcia Schvartz, pintura icónica de la colección, no encontró, sin embargo, comprador. La base era alta: 35 mil dólares.

El remate termina como empieza: sin transiciones. Los parroquianos comentan mientras se dispersan; algunos la siguen en restaurantes o mesas de bar. La conclusión: la calidad es determinante. Hay gente dispuesta a pagar por obras memorables. No todas lo son.

Los compradores tampoco abundan. El mercado es chico, las galerías sobreviven a salto de mata, y la construcción de un mercado sano trasciende a sus propios agentes. Pero los incluye. Comprender sus procesos es clave para los que quieran aventurarse a comprar arte. Y vivir un poco mejor gracias a ello.

(Fotos: Cortesía Galería Roldán)

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