El ilustrador español Antonio Lorente regresó a Buenos Aires en el marco de la 50.ª Feria Internacional del Libro para presentar sus trabajos más recientes. Su segunda visita, que lo encuentra entusiasmado por volver a la Argentina, incluye firmas de ejemplares tanto en la Editorial Edelvives como en la Feria del Libro.
Nacido en Almería en 1987 y licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, Lorente construyó una obra de fuerte identidad visual que combina técnicas tradicionales —el óleo, la acuarela— con recursos digitales. Ha realizado muestras individuales en galerías de Roma, Londres y Almería, y participó en casi una veintena de exposiciones colectivas. Su estilo, anclado en un realismo con rasgos del arte pop, lo llevó a ilustrar ediciones íntegras de clásicos como Peter Pan, Ana la de Tejas Verdes, Las aventuras de Tom Sawyer, Mujercitas y La leyenda de Sleepy Hollow, siempre para el sello Edelvives.
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Entre sus publicaciones más recientes se encuentran tres títulos que trazan un arco amplio de su imaginación: El Principito, con ilustraciones inéditas sobre el texto de Antoine de Saint-Exupéry; Grandes amores, un libro de retratos de veinte parejas de la literatura universal concebidos como carteles de cine, con textos de la escritora Espido Freire; y 13 de fantasmas, una antología de relatos espectrales de la época victoriana y eduardiana —con autores como Charles Dickens y Charlotte Brontë— que forma parte de la colección La mano encantada, junto a Carmilla, la novela de Joseph Sheridan Le Fanu que Lorente ilustró en 2024.
—Venís de Lima. ¿Te inspiran los países que visitás?
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—Muchísimo, muchísimo. O sea, viajar, conocer, todo eso enriquece al final. Algunas veces te das cuenta, otras no, pero ahí se queda toda esa información que vas absorbiendo y eso siempre ayuda, sobre todo a dar perspectiva, a ampliar mundo y capacidad creativa.
—¿Qué implicancias tiene ilustrar El Principito cuando hay una memoria visual ya establecida? ¿Cómo se trabaja eso?
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—Pues con mucha responsabilidad y muchísimo miedo. Es verdad que es algo que me pasa cuando me enfrento a un proyecto, porque me gusta –forma parte de mi personalidad– contentar a la gente. Me gusta que la gente esté feliz con lo que yo hago, no solamente dibujando, sino que es mi manera de ver el mundo y la vida. Quedó libre de derechos, y yo ya estaba trabajando sobre este libro –porque [no voy a decirte que es el libro] “de mi vida” porque te mentiría; hay otro que lo es más todavía, que es La historia sin fin, pero es uno de los libros de mi vida–. Ha estado conmigo mucho tiempo. Me lo leí de pequeño; lo leí cuando fui a Londres con una mano delante y otra detrás para aprender inglés. Fue el primer libro que me compré para leérmelo, porque ya lo conocía y lo volví a leer cuando ya era adulto. Y he encontrado diferentes lecturas en todo este proceso. Esa es una de las magias de El Principito. Pero es cierto que, sin desviarme de la pregunta que me has hecho, esa responsabilidad de romper con esa imagen tan creada me daba mucho miedo. Entonces, lo que hice fundamentalmente fue, pues, intentar tener “conversaciones” casi con el escritor, con mi tocayo, Antoine, y ver de qué manera respetar toda su imagen.
El libro tiene mucho espacio en blanco, como en el original, y lo único que he hecho es “casi” darle un poco más de alma a esos trazos de plumilla de él. Hay dentro del libro imágenes que todos vamos a conocer porque son muy representativas y con algunas me he tomado mi licencia, pero intenté respetar al máximo la obra de Antoine.
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—¿Cómo fue trabajar esas imágenes, las más significativas, como la de la boa o el cordero?
—Al final no podía hacerlo tan a mi aire y a mi estilo, porque no es mi mano la que está dibujando eso realmente. Hay momentos en los que dice: “Pues yo lo pinté así”. Entonces, es otra mano la que tiene que estar pintando, o cuando pinta la boa, no soy yo el que está haciendo la boa. Lo complicado de este libro es eso, cómo me puedo enfrentar a diferentes maneras de ilustrarlo, porque yo no puedo hacer la boa en un estilo superrealista, porque no tendría sentido. O los corderos. En este caso, porque son apuntes que está haciendo el aviador.
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—¿Cómo funciona en una obra en donde el autor original hizo las dos cosas?
—El texto es tal cual, la historia es la de él, pero sí que está claro que lo mío es una aportación. Que vale para coleccionistas, para atraer a nuevos lectores, que a lo mejor se sientan un poco más atraídos por algo un poco más visual, que ahora funciona también de una manera muy diferente. Por los cerebros de los nuevos lectores, ¿no? Ya no son tan sencillos en ese sentido, necesitan muchos más estímulos. Sí que a lo mejor les pueda atraer de primera la historia sin conocerla por las ilustraciones. A mí, el original de él, tal cual, me encanta y creo que funciona a la perfección. Pero, por otro lado, también pienso y digo: “bueno, lo mío es una aportación nueva que no resta, tampoco”.
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—¿El libro Grandes amores también fue una idea tuya?
—No fue tan idea mía, la verdad, pero sí que es cierto que –lo comento siempre en todas mis entrevistas– todo lo que salga mío –puede ser idea mía, puede ser idea de la editorial, puede ser un brainstorming entre todos (pensando qué podemos hacer)–, nunca va a salir nada que no me apasione. Me tiene que apasionar, no solamente gustar, sino que diga “Me encanta”. Con el tema de Grandes amores, se pensó en un proyecto parecido al de Genios, que yo hice con mi hermana, que fue el primero. Y así, vieron interesante que alguien con una capacidad muy conocedora de la literatura participase. Entonces, se pensó en Espido Freire.
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–¿Y a vos qué te pareció?
—Me comentaron la idea y dije: “Me parece muy bien, es una mujer super inteligente, conoce muy bien este tema y creo que puede ser perfecta”. Pero una vez que ya estábamos dentro del proyecto, pensé “de qué manera puedo hacer que esto sea diferente”. Y ahí me puse a sobrepensar y dije: “Vale, creo que voy a hacer carteles de cine”. Y se lo comenté a la editorial, y la idea de hacer carteles de cine para presentar estas parejas sedujo bastante a la editorial. Trabajé este libro de una manera muy diferente al resto de mis libros, porque ella [Espido] iba escribiendo sobre cada pareja –lo que la gente debe conocer–, y yo tenía que hacer una sola ilustración representativa, con lo cual no necesitaba realmente su texto. No necesitaba que su libro estuviese escrito para yo poder ilustrar. Somos autores los dos, ella del texto y yo de la imagen. Pero sin necesidad de leer lo que ella estaba escribiendo. Luego leí lo que ella escribió y me encantó. Y ella, igual, vio lo que yo ilustré y le gustó. Pero es un libro muy diferente al resto de los que suelo trabajar.
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—¿Te basaste en los carteles originales de las películas?
—En la mayoría, no. Son imágenes mías, pero en otros muchos, sí, me he inspirado un poco o he hecho algún guiño. Es una imagen que aunque no exista tal cual, sí puede ser muy representativa de nuestro imaginario. Por ejemplo, la de Lo que el viento se llevó es muy representativa, la ves y ya te va a sonar. O por ejemplo, en Memoria de África, igual. Son carteles que no existen, pero te van a sonar familiares.
—¿Ya habías leído estos libros?
—No, no. Te engañaría si te digo que todos, la verdad. No te voy a engañar, porque yo soy muy honesto, pero he leído muchos de ellos. Por ejemplo, Romeo y Julieta no lo he leído, la verdad. Conozco la historia perfectamente, pero no me he leído a Shakespeare.
El beso de la Mujer Araña sí lo leí mientras lo hacía. Era uno de los pocos que no había leído. Otros muchos los conocía también por lecturas que hice en su momento. Cuando tuve que hacer el libro, con ocho o nueve meses para realizarlo, como ya me había leído muchos de ellos, simplemente me refresqué un poco.
—Para cerrar con las tres novedades, ¿la selección de cuentos de terror de 13 de fantasmas también fue tuya?
—Sí, porque aquí pasa una cosa, Julieta, y es que yo, desde Sleepy Hollow, que fue la primera vez que vine aquí, ¿te acuerdas? Con el libro Sleepy…, hubo un cambio que yo dirigí. Dije: “Chicos, tengo una zona ahí, una oscuridad –mi oscuridad buena [ríe]–, pero un punto Tim Burton, un punto que no lo estoy viendo en mi trabajo, y me gusta, porque forma parte de mí. Entonces, les dije: “¿Qué os parece si, como tengo que hacer dos libros al año, hacemos ‘sombra’ y ‘luz’? Permitidme que haga algo así, que me dé mi vidilla y que me guste, y luego ya me voy a la luz”. Estoy haciendo eso desde Sleepy Hollow, y está funcionando muy bien, porque hay un público que lo recoge y responde muy bien. Así salió esta idea de La mano encantada, que sale todas las primaveras con título o recopilación y colecciones de otros. Y quería hacer algo de fantasmas.
—Para desacralizar un poco la imagen que uno tiene de los ilustradores, de los artistas, ¿vivís ilustrando o es un mito?
—No, en mi caso no es mito para nada. Yo estoy todo el día ilustrando y cuando no estoy ilustrando, y me pasa de toda la vida, y estoy aburrido y no tengo un lápiz o estoy en el metro o esperando, voy mirando a la gente, y voy dibujando sus formas. El espacio, las líneas. Y así se me pasa el tiempo rapidísimo. O sea que no solamente no paro de dibujar, sino que mi cabeza no para de dibujar. Incluso, a veces cuando quiero descansar, no descanso, porque es lo que te digo, que mi propia mente va dibujando. Cuando tengo grandes jornadas de firma y estoy dibujando todo el rato –que ahí puedo pasar pues cuatro o cinco horas sin levantar la cabeza–, me cuesta muchísimo dormirme, porque estoy dibujando mientras duermo. Mi cabeza está superactiva. No descanso nunca. Hay veces que puede llegar a ser un poco desesperante, pero es que no es mi trabajo, es mi pasión y mi modo de vivir.
—¿Cuál es tu próximo proyecto?
—Es la primera vez que voy a hacer algo tan personal que lo voy a escribir yo, prácticamente. Compré la casa donde estuvo viviendo Federico García Lorca y quedé totalmente enamorado. Ya lo amaba, pero después de todo esto, de investigar, de leer, quedé profundamente atrapado. Y entonces pensé que era el momento de hacer algo muy cercano a mi corazón. Pues eso está en camino, construyéndose, porque es una cosa muy personal. Es un diario, prácticamente, en el que doy un vuelco completo a mi manera. Y en eso estoy trabajando. Tengo muchos otros proyectos, pero ese es el que me quita ahora el sueño. En cuanto llegue me pongo ahí a tope para intentar que salga a final de año en España.
*Antonio Lorente firma ejemplares el viernes 1 y el sábado 2 de mayo, de 17 a 20, en el stand de Edelvives (Pabellón Amarillo, stand N° 1717) de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
La entrada, los horarios, los días
La agenda de actividades públicas de Lorente en Argentina es la siguiente:
- El jueves 30 de abril, de 17 a 20 horas, firmará ejemplares en Espacio Edelvives (Av. Callao 226, C. A. B. A.), con 120 cupos y las primeras 20 firmas con ilustración.
- El viernes 1 y el sábado 2 de mayo, en el mismo horario, las firmas se trasladan al stand de Edelvives (Pabellón Amarillo, stand N° 1717, Avda. Cerviño 4476) de la Feria Internacional del Libro, con igual cantidad de cupos y el mismo beneficio para los primeros asistentes.
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La entrada, los horarios, los días
Entrada: El precio de la entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires es de $8.000 pesos de lunes a jueves y de $12.000, los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un chequelibro con el que podrá obteber descuentos en librerías cuando termine la Feria.
Ingreso gratis: De lunes a jueves desde las 20.
Fecha: La Feria continúa hasta el 11 de mayo.
Horarios: De lunes a viernes de 14 a 22. Sábados, domingos y feriados, de 13 a 22.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704; Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe (Plaza Italia), C. A. B. A.
Fotos y video: gentileza prensa de Antonio Lorente y Edelvives.