La historia oficial, 30 años después: las contradicciones del gran clásico del cine argentino del regreso de la democracia

La primera película nacional en ganar un premio Oscar estrena su edición remasterizada en la plataforma Netflix. A más de tres décadas de su estreno, las temáticas más polémicas de un film que pasó, en gran medida, la prueba del tiempo

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Cuando se cumplieron 30 años de su estreno, en 2015, La historia oficial fue restaurada con las mejores técnicas disponibles, generándose una copia digital que hacía justicia a las intenciones estéticas de sus realizadores, especialmente a la espléndida fotografía de Félix Monti. Esa copia llega ahora (junto con un paquete de películas asociadas a Luis Puenzo como productor, como Infancia clandestina o la tercera película de su hija Lucía, Wakolda) a la plataforma Netflix lo cual permite que desde sus hogares el gran público conozca o vuelva a encontrarse con una de las películas más importantes de la historia del cine argentino.

Quizás ninguna otra vez como en este caso el cine nacional conectó con su época de manera tan clara como La historia oficial lo hizo con la recuperación democrática y el develamiento de los horrores de la represión. A través de su personaje central, Alicia (Norma Aleandro), una profesora de historia de colegio secundario que descubre con espanto que su hija adoptada es hija de desaparecidos y fue apropiada ilegalmente, la sociedad argentina de los ochenta encuentra una representación que la exculpabiliza y la convierte en testigo más que en protagonista.

Difrentes afiches de “La historia oficial”

La decisión de Puenzo y la guionista Aída Bortnik de contar la historia del secuestro de bebés a través de una madre apropiadora y no siguiendo la búsqueda de una abuela fue clave. La refundación democrática argentina necesitaba una historia que legitime a la sociedad y la deje por fuera de la violencia que había arrasado al país desde comienzos de la década del 70 y que no se había detenido hasta el desastre de Malvinas. La película de Luis Puenzo cumplía inconscientemente con ese rol de manera brillante.

Estéticamente, la película pertenece a un ciclo del cine argentino que comienza a terminar a mediados de la década del noventa, momento en que se produce una gran renovación. Una década después de que la película ganara el Oscar, irrumpió una nueva generación. La retórica recargada y la necesidad de expresar verbalmente a través de los personajes las ideas políticas de los realizadores fueron reemplazados por un cine menos costumbrista y más realista, que ponía más el acento en las escenas de transición (en algunos casos ocupando toda la extensión de la película) que en los momentos "importantes", de gran intensidad actoral.

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La película de Luis Puenzo es quizás de las mejores expresiones de aquella vieja tradición. Con un elenco sólido, al que se le brindan una y otra vez oportunidades de lucimiento, la película se articula a través de una sucesión de escenas de alta intensidad dramática, casi sin respiración entre ellas, en las cuales todo el tiempo los personajes dan información sobre sus coordenadas ideológicas y sociales.

Algunas escenas envejecieron mejor que otras. Los estudiantes revoltosos pero esclarecidos (¿no era que la Dictadura los había despolitizado?) y el profesor "piola" sobreactuado por Patricio Contreras son difíciles de digerir hoy en día pero todas las interacciones entre Norma Aleandro, Héctor Alterio y Chunchuna Villafañe superan largamente la prueba del tiempo.

La película fue filmada sin financiación del Estado (toda la preproducción se realizó bajo la Dictadura), con aportes personales del equipo de producción. Puenzo había desarrollado una exitosa carrera como publicista. Su productor, Marcelo Piñeyro, también del mundo publicitario, se convertiría luego en un exitoso cineasta. La casa de Puenzo fue la locación principal y su estudio profesional se utilizó como el local de las Abuelas de Plaza de Mayo.
Lo interesante de una revisión de la película a más de treinta años es identificar los elementos que suenan anacrónicos, para de esa manera entender qué cambió en estas tres décadas.

Chunchuna Villafañe y Norma Aleandro

Algunos cambios son anecdóticos pero revelan un nuevo sentido común acerca de lo que se puede y no se puede mostrar. Por ejemplo, la escena inicial con la protagonista niña, Analía Castro, desnuda en la bañadera y apenas cubierta por espuma, hoy, en un clima de protección de los menores mucho más marcado que en el pasado, sería inimaginable. De la misma manera, el hermano noble del personaje de Alterio, interpretado por Hugo Arana, es notablemente violento con los niños para nuestros parámetros actuales: ningún personaje con aristas "positivas" podría ser presentado así. En otros temas, como el de la violencia de género y las relaciones abusivas, la película resultó ser pionera.

Las diferencias más significativas sin embargo no pasan por los parámetros de la corrección política sino por la discusión acerca de la década del 70, especialmente los impuestos luego de los años del kirchnerismo. El personaje de Chunchuna Villafañe es Ana, una amiga de Alicia, exiliada, con un marido militante desaparecido, presumiblemente guerrillero.

De alguna manera, Ana es el norte moral de la película: la dirección hacia la cual se tiene que acercar Alicia en su proceso de conocimiento y asunción de la verdad. En una escena, Ana discute con Roberto (Héctor Alterio), el marido de Alicia, un empresario con contactos con la Dictadura. En la discusión sobre el marido de Ana, ella le dice: "son dos caras de la misma moneda, por eso se odiaban tanto", quizás la formulación de la teoría de los dos demonios más clara que se haya expresado públicamente.

Lo interesante no es pensar si La historia oficial tenía razón en esta afirmación en particular. La cuestión polémica no es si Firmenich tenía ribetes comparables con los de Suárez Mason, una comparación como cualquier otra de la cual se puede sacar la conclusión que se quiera. El problema es que el universo de cosas que se pueden decir en una película que refiere a los años violentos en la Argentina se ha angostado enormemente. A una teoría mal formulada y criticable como la de los dos demonios se la ha convertido en una suerte de negacionismo. Cualquier crítica al accionar de los grupos guerrilleros se reinterpreta arbitrariamente como un aval a la represión ilegal.

Hoy en día sería muy difícil pensar una película en la cual la protagonista fuera una apropiadora, en la que el representante de la Dictadura sea un burgués agobiado al que el mundo se le viene abajo y en el que el eje moral del relato indique que su marido guerrillero y el militar represor eran prácticamente iguales. Esa película existió, se la muestra orgullosamente como la ganadora de un Oscar y se llama La historia oficial.

*La historia oficial, Argentina, 1985, 1h 55', dirigida por Luis Puenzo, está disponible en su edición remasterizada en la plataforma Netflix.

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