Un acento identificado con estratos altos puede decidir quién accede a una oferta laboral en Colombia, superando en impacto a la educación formal o el nivel de ingresos.
Así lo reveló un experimento social de la Universidad de los Andes encabezado por los economistas Leopoldo Fergusson, Natalia Garbiras-Díaz y Michael Weintraub.
El hallazgo arrojó una consecuencia precisa: la forma de hablar define posibilidades de inserción laboral y movilidad social en una de las sociedades más estratificadas de América Latina, usando el acento como barrera y, al mismo tiempo, como filtro de exclusión o acceso inmediato.
Según los resultados publicados en el estudio Accents as Capital: Evidence from Colombia – Documento Cede número 1 en abril de 2026, los participantes con acento de clase alta multiplicaron sus oportunidades laborales por hasta 19,3 puntos porcentuales frente a quienes sonaban a estrato bajo, incluso cuando todos los demás factores (ingresos, nivel educativo, experiencia) se mantuvieron idénticos.
Los datos, detallados por la Universidad de los Andes, precisaron que esta diferencia fue resultado de un diseño experimental robusto: el acento de los perfiles fue manipulado mediante actores de voz, mientras los atributos socioeconómicos se asignaron aleatoriamente e informados por separado a cada oyente.
En un bloque de respuesta directa: el estudio demostró que una persona con acento de clase alta en Colombia tiene una probabilidad hasta 19,3% mayor de ser seleccionada para un empleo respecto a una persona con acento de clase baja, aunque ambas tengan el mismo nivel educativo y los mismos ingresos.
Este resultado subrayó que el acento actúa como un mecanismo de puerta de acceso o exclusión en procesos de selección laboral.
La investigación incluyó más de 6.000 adultos bogotanos, captados a través de anuncios en Facebook e Instagram. Cada participante evaluó presentaciones personales de 10 a 15 segundos en las que se describían rasgos de personalidad, mientras el acento variaba entre los que la sociología local asocia con los estratos altos y bajos.
Tanto el nivel de estudios (desde primaria a posgrado) como los ingresos (menos de 1,1 millones hasta más de 6,8 millones de pesos) se distribuyeron al azar y por separado del acento.
La ventaja en la percepción laboral a favor del acento de élite no se limita al acceso a un empleo. El acento de clase alta generó una diferencia de 16,1 puntos en la confianza percibida, 14,6 puntos en probabilidad de ser elegido como amigo, 15,1 como colega laboral, 13,4 como socia de negocios y 12,6 como posible jefe, en comparación con quienes presentaban acentos asociados a sectores populares.
Ferguson explicó que el acento, a diferencia del ingreso o la educación elevados, “eleva tanto las evaluaciones en el lugar de trabajo como las interpersonales”, incluso cuando el nivel académico o los ingresos no producen el mismo efecto o incluso pueden disminuir la simpatía atribuida.
Esta percepción se agrava en estratos altos: los evaluadores de mayor nivel socioeconómico manifestaron un favoritismo intragrupal con efectos entre 10 y 16 puntos superiores respecto a la discriminación ejercida por evaluadores de bajos recursos. El mecanismo identificado confirma que la preferencia por quienes suenan a élite refuerza la reproducción de privilegios, ya que quienes ocupan los cargos de mayor jerarquía —y suelen pertenecer a esos mismos estratos— actúan como “porteros” en el acceso a mejores empleos.
El estudio destacó un fenómeno de “segregación por sonido”: el acento de clase alta funciona como señal de redes sociales potentes, gustos y hábitos de élite, e incluso determina el tono protocolario de las ofertas laborales. Los participantes percibieron —con un aumento de 25,5 puntos porcentuales— que las cartas de oferta redactadas en lenguaje formal (“usted” y saludos corteses) se dirigían a personas con un acento de sector alto.
Fergusson y su equipo concluyeron que el acento es un símbolo de capital social y cultural: no solo comunica origen, sino que activa circuitos de confianza y acceso. En Colombia, donde el sistema de estratos marca barrios, servicios y relaciones sociales, esta señal reproduce barreras invisibles.
La investigación estableció que ni el dinero, ni el diploma universitario, garantizan las mismas oportunidades que un simple matiz vocal. Al contrario: un ingreso o una educación demasiado elevados pueden afectar a la percepción de empatía; el acento de estrato alto, en cambio, incrementa ese valor social incluso para tareas interpersonales.
En el contexto colombiano, esto se traduce en una doble discriminación: el sistema formal de estratos y la asignación subjetiva que realiza cada interlocutor frente a un acento. De forma concluyente, los economistas de la Universidad de los Andes sostienen que la voz no es solo una característica fisiológica o estética, sino una poderosa herramienta de acceso o exclusión en la estructura jerárquica del mercado laboral y las relaciones de poder en Colombia.