Una colombiana de 47 años, identificada como Ericka Olaya Andrade, sigue viviendo los estragos de la pandemia que sacudió al mundo en 2020. A pesar de que ya han pasado cuatro años, la mujer sigue conviviendo con el covid-19 activo. Se contagió en abril de 2020, en Milán (Italia), donde reside desde hace 28 años.
Empezó a sentir dificultad para respirar y llegó a desvanecerse y a requerir de una silla de ruedas para movilizarse. Cuando fue diagnosticada con el virus, se abstuvo de revelarlo a sus padres en Colombia, porque no podía soltarles esa “bomba”, dijo Olaya en entrevista con El Tiempo.
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Antes de que llegara a ser portadora del virus era incrédula a lo devastador que podía ser. Pues, en un inicio, no consideraba que fuera a ser tan grave, hasta que empezó a ver cómo iban aumentando los contagios en China, donde se reportaron los primeros casos.
Cuando la situación empezó a salirse de control en Europa, las empresas empezaron a tomar medidas. Así pasó en la suya: “Quien se contagiaba, y podía demostrarlo, tenía un pago de 1.000 euros, y quien fallecía, de 10.000 euros. Ya se sabía que podía causar la muerte porque en China estaban cayendo como moscas”.
Estuvo hospitalizada por 20 días: “El Apocalipsis estaba ahí, en el corredor del hospital. Yo también pensaba en cómo le iba a decir esto a mis papás para no preocuparlos más de la cuenta”, precisó a El Tiempo.
Después fue trasladada al Hotel Michelangelo, en donde habían adecuado 200 habitaciones para hospedar a los enfermos y aislarlos de las personas que estaban sanas. Allí permaneció durante 70 días, pero antes de que pudiera regresar a casa, perdió su trabajo.
“Mi molestia no es haber perdido el trabajo porque no era el trabajo de mi vida (sic). Ellos me quitaron la capacidad de trabajar”, le dijo la colombiana a El Tiempo.
En los primeros cuatro meses de contagio, las consecuencias del virus se empezaron a notar: se le caía el cabello, sentía un cansancio extremo que le impedía levantarse y caminar con facilidad y sudaba mucho con actividades que generalmente no requerirían de mayor esfuerzo.
Los cambios en su salud se han mantenido, puesto que padece de un covid prolongado, que ha superado los tres años de permanecer en su cuerpo: “Ya no soy yo, ya no soy la misma. Era una persona hiperactiva, llena de energía, pero esto demuele”, dijo a El Tiempo.
Además, indicó que actualmente padece una discapacidad, una enfermedad crónica que también es degenerativa. Su vida laboral se ha visto afectada por la incapacidad que tiene para trabajar. Según explicó, necesita que se le reconozca una invalidez civil y también una indemnización por accidente laboral.
Esta situación, sumada a dificultades económicas que le impiden pagar un abogado, no han permitido que regrese a Colombia para continuar su vida en su país de origen. Fue hasta 2023 que pudo visitar el territorio; lo hizo con el fin de revelar a sus padres el secreto que guardó durante años.
“No podía vivir toda la vida con la mentira. Ya pude explicarles bien, me vieron y supieron todo. Mi mamá me conoce, tiene un tercer ojo, y me preguntaba siempre por qué no podía trabajar”, relató Ericka Olaya.
A pesar de que no hay cura para el covid prolongado que padece, actualmente está en un tratamiento experimental en el que participan más de 180 personas que están en su misma situación. En junio de 2024 le aplicarán la última inyección del tratamiento y entonces sabrá si funciona o si simplemente es un placebo. “No sé qué me vayan a decir en junio, pero no quiero vivir más años así”.