Los candidatos a presidir el Gobierno de España tras las elecciones generales, Pablo Casado (PP) (i); Pablo Iglesias (Unidas Podemos) (c); Pedro Sánchez (PSOE) (d), antes del inicio del segundo debate electoral a cuatro celebrado este martes en la sede de Atresmedia, en Madrid. (EFE/JuanJo Martín)
Los candidatos a presidir el Gobierno de España tras las elecciones generales, Pablo Casado (PP) (i); Pablo Iglesias (Unidas Podemos) (c); Pedro Sánchez (PSOE) (d), antes del inicio del segundo debate electoral a cuatro celebrado este martes en la sede de Atresmedia, en Madrid. (EFE/JuanJo Martín)

MADRID — El lunes 29 de abril, un día después de las elecciones presidenciales en España, Europa amanecerá con una arruga más en la frente: en la cuña que los separa de África habrá un nuevo mandatario que no parece estar a la altura de las circunstancias. O tal vez sea peor: un conjunto de partidos políticos dirigido por un trío de jovenzuelos inmaduros incapaces de demostrar, en dos debates consecutivos, que pueden discutir sobre el futuro de 47 millones de personas sin embarcarse en una pelea de patio escolar.

Los dos debates, realizados el lunes 22 y martes 23 de abril, tienen el severo inconveniente de que de ahí saldrá el próximo presidente de España. En ambos se mostró que el socialista Pedro Sánchez, y actual presidente del Gobierno español, y los candidatos de la derecha Pablo Casado y Albert Rivera pierden fácilmente los estribos a la menor provocación y viven más predispuestos a la discusión absurda —ataques de cizaña menor, agravios, insultos de baja estofa, interrupciones de maleducados— que a demostrar que son políticos maduros capaces de hacerse cargo de la nación. Quien sea electo llevará por un tiempo la marca de ese ridículo grabada.

Esto representa un problema porque tan pronto se elija al presidente, debe acabarse el espectáculo y empezar la política. Los líderes de los principales partidos tienen que demostrar que son más que sus personajes en los debates. La mesura y una cabeza bien amueblada son capitales para tiempos inciertos. Especialmente cuando España enfrenta desafíos tan importantes como la irrupción de la extrema derecha de Vox, una economía que necesita estabilizarse y conflictos nacionalistas.

Por ahora, el show electoral fagocitó a la política. Sánchez debía hacer un papel presidencial: evitar el toreo y aprovecharse de que es el único con resultados para mostrar. En cambio, mordió demasiadas veces las provocaciones de Rivera. Con Sánchez uno descubre cómo al miedo escénico lo sucede el vacío de una pose presidencial. A Rivera, el ritmo eléctrico de su verborrea y su vodevil de chirimbolos —recortes de periódico, pergaminos, libritos— le arruina cualquier propuesta. La sonrisa de actor juvenil de Casado no alcanza a desviar la atención de la loza mortuoria del Partido Popular (PP) que lleva en la espalda. Solo Pablo Iglesias, el antiguo bolivariano de Unidas Podemos, salió indemne del barro.

El espectáculo de los debates fue vergonzoso porque no había mejor oportunidad para explicar propuestas cuando a tres días de la votación todavía hay un 30 por ciento de españoles indecisos, una cantidad suficiente para acabar con cualquier pronóstico razonable. Los debates eran el momento de exponer planes sobre empleo, salud, educación, género, seguridad, migración, pensiones; el momento de presentar el futuro a modelar. Pero ambos encuentros quedarán como un nuevo caso de estudio de todo lo que no debes hacer para ganar una elección reñida.

A todo se lo llevó el río de hipérboles y sarcasmo hueco. Cada vez que alguien introdujo una propuesta, otro se encargaba de echarle encima un balde con basuras. Las ideas se extraviaban entre interrupciones de niñatos. La discusión seria fue barranca abajo a poco de iniciar los intercambios.

Poco se habló de educación. Rivera, Casado y Sánchez —¡una triada de señores!— sonaron grotescos hablando de feminismo y todos resbalaron cuando debieron improvisar su propuesta para la cultura. Cataluña, el más sensible de los temas, fue un incendio, no un intercambio de pareceres. ¿Y Europa, que celebra elecciones parlamentarias en un mes? Ni una palabra. En la España de los tres tenores no existe.

Todo esto es grave porque las circunstancias de España, además, no son las mejores. El conflicto independentista ha acabado donde no debía, en un juicio contra el procés que, si envía a algún líder a prisión, creará mártires útiles al catalanismo. El país no acaba de salir de la crisis de 2008, con un desempleo por encima de la media europea, miles de trabajos precarios, salarios deprimidos y costos de vida crecientes para una sociedad de clase media acostumbrada a pensar que sus hijos vivirán mejor que ellos.

La crisis de los partidos hace aun más ominoso el escenario. Después de creer por demasiado tiempo que el PP bastaba para contener a la derecha, los votantes más exasperados han encontrado en Vox la oportunidad de dar una lección a las viejas fuerzas políticas tirando del nacionalismo ultra. La nueva derecha es hija de lo más viejo y rancio de España: el jamás juzgado franquismo.

Vox no participó de los debates pero proyectó una sombra ominosa. Mientras otros candidatos peleaban en vivo, Santiago Abascal llenaba la plaza de toros de Las Rozas con su discurso simplón y efectista de la España única, unida bajo la bandera y su rey. Visto el papelón juvenil de Casado y Rivera en los debates, Abascal debe estar optimista: Vox propone una identidad en medio de tanto cambio, tosca y de garrote, pero clara. La representación de un proyecto autoritario en el parlamento nacional echará sal a los conflictos de la democracia española.

En más de una ocasión me pregunté si, ante el espectáculo decadente que daban Casado, Rivera y Sánchez, no habría una miríada de votos del PP, Ciudadanos y el PSOE dispuestos a dar una lección antisistema al apoyar a Vox y Unidas Podemos como un correctivo para la clase política. De hecho, no deja de ser revelador que el único candidato que cumplió el rol del político maduro fuera el rebelde de coleta que asusta al establishment. Iglesias fue el adulto en la sala. Es un signo preocupante que el candidato con menos posibilidades de ocupar la Moncloa sea quien pareció mejor preparado.

Si uno se guía por las actuaciones de los candidatos, el futuro de España con este recambio político proyecta desasosiego: un país insular sin política exterior, provinciano y fronterizo, sin ideas ni liderazgos para resolver las crisis que la atraviesan, con la ultraderecha despierta y Cataluña expectante.

España no se resolverá con el show patético de acusaciones sino cuando todos sus partidos acepten que la fragmentación y la diversidad son inherentes a una nación hecha de múltiples naciones. Esa fragmentación ya llevó al país a vivir casi un año sin gobierno en 2015 y no se irá. A diferencia de lo que ocurrió en los debates, España solo resolverá a España con la negociación y al diálogo permanentes.

De otro modo, Europa, tienes otro problema.

Diego Fonseca es un escritor argentino que vive entre Phoenix y Barcelona. Es autor de "Hamsters". Recientemente coeditó el libro "Perdimos. ¿Quién gana la Copa América de la corrupción?".