Rabat, 6 nov (EFE).- "Las heridas siguen muy abiertas". Así resume el activista saharaui Mahmoud Zaidan el dolor de miles de familias separadas desde hace cinco décadas por el conflicto del Sáhara Occidental, entre el territorio y los campamentos de Tinduf (Argelia). Una fractura que atraviesa generaciones con un desenlace incierto ante la retirada de la misión de la ONU en la excolonia española, la Minurso.
El veto cruzado de Rusia y Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU bloqueó la renovación del mandato de la Minurso, que expiró el 31 de octubre y prepara su salida del Sáhara Occidental después de 35 años.
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Cuando se cumplen 51 años de la Marcha Verde, la movilización de decenas de miles de marroquíes impulsada por el rey Hassan II el 6 de noviembre de 1975, la retirada de la Minurso abre una nueva etapa de incertidumbre sobre el futuro del conflicto, pero también sobre las posibilidades de reencuentro de miles de familias separadas y de las generaciones que han crecido, a ambos lados, con experiencias y referentes políticos cada vez más distantes.
Aunque la ONU mantiene el Sáhara Occidental entre los territorios no autónomos y pendientes de descolonización, Marruecos controla el 80 % del territorio y el independentista Frente Polisario el 20 % restante.
"Lo que más duele de este conflicto no es tanto su dimensión política como el sufrimiento de las familias, independientemente de la lealtad de cada una de las partes. Las heridas siguen muy abiertas", cuenta en una entrevista telefónica con EFE Zaidan, un activista saharaui de 33 años nacido en los campamentos de Tinduf, cuya propia historia familiar refleja esa fractura.
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Tras la Marcha Verde, que precipitó la retirada del Ejército español de la entonces provincia 53 de España y la entrada de las fuerzas marroquíes en el territorio, miles de saharauis huyeron hacia Argelia y terminaron instalándose en los campamentos de Tinduf.
La familia de Zaidan quedó dividida: su madre, su abuela y sus hermanos viven en los campamentos, mientras que sus tíos residen en Bojador y Dajla (Sáhara Occidental).
Lleva siete años sin ver a su madre y a sus hermanos, desde que abandonó los campamentos y se trasladó a España como refugiado político. Cuenta que salió tras ser encarcelado por el Polisario después de que le acusaran de mantener vínculos con Rabat por sus críticas a la gestión del movimiento independentista y sus denuncias sobre el desvío de ayuda humanitaria.
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"Siento el dolor de la separación, aunque es más llevadero que el de mi abuela y mi madre, porque yo al menos puedo comunicarme con ellas por WhatsApp", explica. Las nuevas tecnologías han facilitado el contacto, una posibilidad que no tenían generaciones anteriores.
Su abuela pudo reencontrarse con sus hijas en 2009, en el marco del programa de intercambio de visitas entre familias saharauis dispersas, impulsado por ACNUR en 2004 y suspendido aproximadamente una década después.
El propio Mahmoud no conoció a sus tíos maternos hasta 2024, cuando viajó por primera vez a Bojador y Dajla con un documento de viaje para apátridas, después de obtener un visado marroquí.
Para Zaidan, parte de la dificultad para superar esta fractura reside en la distancia ideológica transmitida entre generaciones. Considera que el Polisario debería aceptar el diálogo con Rabat y preparar a los refugiados para una eventual reconciliación.
"Las nuevas generaciones saharauis que han crecido en Argelia sienten una hostilidad hacia Marruecos que ahora considero injustificada y que yo mismo llegué a tener", afirma.
La separación familiar tampoco es ajena a quienes permanecieron en el territorio. Mohamed Cheikh Biadillah, de 77 años, nacido en Esmara, dirigente del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), exministro y expresidente de la Cámara de Consejeros, tiene familiares en Tinduf que llegaron a ocupar puestos de responsabilidad en el Polisario.
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Biadillah, que defiende el retorno de los refugiados saharauis de Tinduf y su integración en Marruecos, también ha expresado públicamente el dolor que le provoca la separación.
"No puedo vivir sin dolor ni pesar ante esta fractura que atraviesa nuestro propio cuerpo social. Aunque durante el día uno salga, pasee y juegue, cuando llega la noche, te acuestas y piensas en todo lo que ha sucedido, es inevitable sentir dolor, mucho dolor. Todos los miembros de la dirección del Polisario eran amigos míos. Estudiaron y vivieron conmigo", lamentó en una entrevista con el diario Hespress.
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El periodista Said El Mrabet explica a EFE que el coste del conflicto del Sáhara Occidental va mucho más allá de las diferencias políticas y alcanza a la propia identidad saharaui, erosionada por la pérdida de confianza social y el legado del enfrentamiento de una generación a otra.
"Cualquier solución futura no constituirá únicamente una prueba de la posibilidad de alcanzar un consenso político, sino también de la capacidad de la sociedad saharaui para recuperar su espacio común y construir una identidad capaz de integrar las diferencias entre sus miembros, en lugar de convertir esas diferencias en motivo de confrontación en torno a su pertenencia política, y no social", reflexiona. EFE
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