Santa Cruz/La Paz, 28 oct (EFE).- La muerte de su dueño hace ocho años marcó la vida de Martín, un gallo que desde entonces vive en la puerta del Instituto Oncológico del Oriente Boliviano, en la ciudad boliviana de Santa Cruz, donde se convirtió en un símbolo de fidelidad entre el personal y los pacientes que frecuentan el lugar.
"Llegó con su amo en una camioneta y asumimos que él voló y bajó. Al parecer (el paciente) falleció y entonces él se quedó", dijo a EFE María del Carmen Gamón, una funcionaria administrativa que trabaja hace desde 25 años en el hospital.
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La permanencia de Martín en el centro médico se interpreta, entre quienes lo conocen, como un gesto de fidelidad hacia quien fue su amo, una historia que algunos asocian con la del famoso perro japonés Hachiko.
El aspecto de Martín corresponde al de un gallo de pelea asiático, de porte robusto, con un manto dorado en la espalda formado por plumas delgadas y un plumaje verde oscuro en el resto del cuerpo.
Tiene la cresta achatada y las espuelas desarrolladas que, junto con su manera firme de andar, lo distinguen de otras aves de su especie. Quienes lo conocen cuentan que no permite que se le acerquen, salvo cuando alguien tiene que recortarle las espuelas cada cierto tiempo para evitar que se haga daño.
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Gamón relató que Martín suele trepar a los árboles cuando oscurece o llegan los días lluviosos y que, por lo general, deambula por la entrada principal del hospital.
El gallo también se acerca a los puestos de comida callejera situados cerca del centro de salud, donde algunos clientes le regalan migas de pan o granos de arroz.
Martín suele subir a una estructura de hierro que separa la acera de la calzada, donde descansa mientras observa circular a los coches.
Gamón contó que una vez llegó una mujer que se atribuyó la propiedad del gallo y quiso llevárselo a toda costa. Llegó a pedir unos 500 bolivianos (unos 43 dólares) a cambio de renunciar a él, y el personal del hospital organizó una colecta para pagarle y evitar que se lo llevara.
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Tiempo después, un hombre tomó a Martín para llevárselo sin consultar a nadie, pero las personas que frecuentan el hospital y los trabajadores se lo impidieron, contó a EFE Grover Saucedo, quien trabaja en el archivo clínico.
Saucedo aseguró que Martín es como un "funcionario" del hospital y que es "intocable", por lo que se ha convertido en un símbolo para las personas que acuden al centro oncológico.
En otra ocasión, según contó Saucedo, alguien llevó una gallina para que "acompañara" a Martín, pero, tras el nacimiento de los primeros polluelos, tanto estos como la madre desaparecieron, por lo que el gallo volvió a quedarse solo.
La inédita historia de Martín evoca la de Hachiko, el perro de raza Akita que perteneció a Hidesaburo Ueno, un profesor de ingeniería agrícola de la Universidad de Tokio que murió en 1925 de una hemorragia cerebral mientras impartía clases.
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Pese a que su dueño falleció, el can acudió todos los días durante nueve años a la estación de Shibuya a la hora en la que llegaba el tren que siempre traía de vuelta a Ueno y esa lealtad quedó inmortalizada en una estatua de bronce erigida en ese lugar.
En Bolivia se conocieron historias similares, como la de Hachi o Huachito, un perro mestizo que durante al menos seis años vivió en una avenida donde su amo falleció tras sufrir un accidente de tráfico en la ciudad central de Cochabamba.
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En El Alto, ciudad vecina de La Paz, también es popular la historia de Orejas, otro can que se quedó a vivir en la puerta del hospital donde estaba ingresado su amo, quien después falleció. EFE
(foto)(video)
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