Sevilla (España), 5 abr (EFE).- Morante de la Puebla ha cuajado una gran faena en la tarde de su peculiar reaparición en Sevilla en el centro de un festejo de expectación desbordada, presenciado por el rey Juan Carlos I, que también implicaba el estreno de José María Garzón como empresario de la plaza de la Maestranza después de casi un siglo de gestión de la firma Pagés.
En cualquier caso, los titulares previos de la corrida pertenecían al diestro de La Puebla que también iba a detentar los posteriores gracias a su entrega desmedida y a la impresionante comunión del público para firmar una excelsa faena con un toro de buen aire y fondo medido al que iba a cuajar por completo de capa, muleta y espada.
Antes apenas había podido esbozar algún muletazo estimable con el inválido ejemplar de Garcigrande que abrió la tarde. Pero todo iba a cambiar con ese cuarto al que enjaretó un mazo de verónicas ceñidas, casi imposibles, y una media de excelente dibujo antes de emplearse en un quite de similar corte.
Con la muleta en la mano comenzó la siembra, iniciando su faena con unos muletazos al paso que preludiaron el toreo en redondo a los sones del pasodoble 'Gallito', perfectamente armonizado al aire y la atmósfera de un trasteo que tenía sabor a otro tiempo. Fueron rondas de muletazos ceñidos, rítmicos, girando sobre la cintura, acompañando con el cuerpo.
El toro y el tono pudieron bajar por el lado izquierdo pero la obra estaba hecha y el genio cigarrero cobró una estocada en la yema que alentó la petición. Cayó el primer trofeo y un segundo que aventó cierta división. Más allá de la aritmética estaba la trascendencia de su labor, la aclamada vuelta al ruedo y la expectación de las tardes que restan aún.
Pero hubo otras dos orejas en la tarde. Una la cortó Roca Rey. Antes se había medido con un segundo de más a menos al que templó a la verónica antes de replicar al ceñidísimo quite por saltilleras de David de Miranda. Fue una faena de echar toda la carne en el asador desde el inicio de rodillas pasando por una maciza fase central de toreo rehilado. La cosa, con el toro, fue bajando; también el entusiasmo del público.
El trofeo se lo iba a cortar a un quinto de importante fondo con el que no siempre se encontró a gusto. Hubo una primera parte de la faena más trabajosa antes de encontrar el aire definitivo y el son de una embestida que no terminó de ser apurada. El espadazo validó el trofeo. Algunos pidieron hasta el segundo.
Y otra oreja, la cuarta que se concedió en el festejo, la iba a cortar David de Miranda que había entrado en el cartel desde su cualidad de gran triunfador de la pasada temporada en la plaza de la Maestranza. Apenas tuvo opciones con el tercero, un manso de libro que huía hasta de su sombra con el que fue estéril cualquier esfuerzo.
El trofeo lo iba a conseguir del sexto, que le propinó una tremenda voltereta cuando lo recibió en la larga distancia sin enmendarse a pesar de la evidencia del percance. Repuesto pero maltrecho se metió entre los pitones para dictar una faena de su más genuina personalidad que tuvo su mejor eco en los naturales a pies juntos. La espada entró y con ella la petición del trofeo.
FICHA DEL FESTEJO
Se lidiaron seis toros de Garcigrande, incluyendo el sexto que saltó como sobrero, bien presentados. El tercero resultó inválido; de más a menos el segundo; manso total el tercero y noble pero justo de duración el cuarto. Tuvo fondo y teclas que tocar el quinto y resultó más deslucido el sexto.
Morante de la Puebla, de azulón y azabache con golpes de plata, silencio y dos orejas
Roca Rey, de tabaco y oro, leve división de opiniones y oreja
David de Miranda, de celeste y oro, silencio y oreja
La plaza se llenó por completo en tarde espléndida. El rey Juan Carlos I presenció la corrida desde el palco de los caballeros maestrantes acompañado de su hija, la infanta Elena, y el teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza, Marcelo Maestre. EFE
arm/fp
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