Baumgartner pone en órbita a Austria en el frustrado regreso de Lewandowski

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Juan Manuel Sánchez

Berlín, 21 jun (EFE).- Polonia y Austria se presentaron en el Estadio Olímpico de Berlín para intentar enderezar su rumbo en la Eurocopa, tras sendas derrotas iniciales por la mínima ante Francia y Países Bajos en la jornada de apertura.

Dos de las naciones que sufrieron un mayor y despiadado castigo por la Alemania nazi hace casi un siglo en el marco de la Segunda Guerra Mundial, se daban cita en el coliseo edificado por sus pretéritos verdugos para los Juegos Olímpicos de 1936.

Aprovechando la corta distancia que separa a ambos países de Alemania, polacos y austriacos inundaron, a la par que la lluvia que había empapado Berlín en la antesala del duelo, las techadas gradas del magno recinto, dispuestos a tomarse la simbólica revancha. Y en esa contienda del desquite, fue un Baumgartner, de nombre Christoph, el que se llevó el redentor protagonismo.

Los entusiastas e incesantes gritos de "¡Polska, Polska!" y la espesa niebla levantada sobre el césped, emanada de las bengalas de los hinchas 'Biało-czerwoni', se disolvieron con el tempranero e inapelable cabezazo de Trauner.

Las diabluras de Baumgartner, tan colosal como clarividente en el centro del campo, no tuvieron su correspondencia en el marcador para Austria -Arnautovic y Sabitzer no pusieron de su parte- y los polacos, aguardando aún al ídolo y capitán Robert Lewandowski, volvieron a prender los ensordecedores gritos (y las incandescentes bengalas) de su exaltada hinchada por obra y gracia de Piatek.

La mirilla de Zieliński estuvo a punto de encontrar el objetivo desde el libre directo antes del alto el fuego del descanso, ante la desesperación del suplente delantero del Barcelona, que calentaba a marchas forzadas tanto en el interludio como en la reanudación.

Puntería era de lo que carecían las dos selecciones. Las aproximaciones de cada escuadra eran fuegos de artificio como los que se encendían en las gradas, y Probierz, el seleccionador polaco, quiso cambiar las balas de fogueo por las letales. Apenas había posado Lewandowski un pie en la zona técnica para saltar al campo, cuando toda la afición del país de Europa Oriental entró en erupción para recibir al esperado ariete.

Su primera acción, nada halagüeña, un codazo por el que vio la amarilla. Dos minutos después, la confirmación del mal presagio: Baumgartner, haciéndole un guiño a su compatriota, el célebre y estratosférico saltador con el que comparte apellido, puso a Austria en órbita.

Los incondicionales del combinado centroeuropeo siguieron el ejemplo y comenzaron a dar saltos hacia el cielo de Berlín. Y de esas vibraciones se contagiaron los jugadores de Ralf Rangnick. A la estampida en solitario de Sabitzer solo unos minutos después, le siguió la pena máxima, y Arnautovic no perdonó.

Los dos austriacos más desacertados de la primera mitad firmaron la sentencia de un duelo que pudo acabar en goleada y, quizás, la de Polonia en esta Eurocopa.

David Alaba, el otro gran ausente del duelo, no pudo contener la emoción ante la redención de los suyos en tierras alemanas. EFE.

jms/jl

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