Tushetia, un viaje por la remota región montañosa en Georgia

ARCHIVO - El pueblo de Dano se encuentra encaramado sobre una ladera escarpada. Foto: Florian Sanktjohanser/dpa
ARCHIVO - El pueblo de Dano se encuentra encaramado sobre una ladera escarpada. Foto: Florian Sanktjohanser/dpa

La guía Tinatin Ididze organiza un itinerario muy preciso para sus viajes por Georgia y tiene claro que el último lugar del recorrido será Tushetia, la región montañosa de Cáucaso.

"Ya nada te sorprenderá después de visitar Tushetia", señala Tiko, como la llaman todos. Durante al menos nueve generaciones, su numerosa familia ha vivido en los remotos valles de Tushetia, en la frontera de Georgia con Rusia, en el Gran Cáucaso.

Tiko ya vio mucho mundo, pero además vivió en Andalucía durante tres años y estudió magisterio en Tiflis. Ahora, la guía de 37 años, que habla fluidamente inglés y español, acaba de fundar su propia agencia de viajes.

La única carretera para acceder al valle de Tushetia pasa por el peligroso paso de Abano, de casi 3.000 metros de altura. El vehículo todoterreno que transporta a la guía y a los turistas se balancea en las curvas cerradas. A veces una excavadora detiene el viaje, otras, un rebaño de ovejas. Sin embargo, Tiko espera que el camino no se asfalte nunca, para no atraer al turismo de masas.

Tras cinco horas de curvas y contracurvas se llega a Omalo y se entiende inmediatamente a lo que se refería Tiko. En la ciudad principal de Tushetia se podría rodar una epopeya medieval sin tener que hacer demasiados retoques. Las casas están construidas con piedras estratificadas y en parte cubiertas con losa de pizarra. Además, la fortaleza de Keselo, compuesta por seis torres, se alza sobre una colina.

Pocos años antes de la pandemia de coronavirus, la región tuvo un fuerte auge turístico y casi todas las viviendas de Omalo se convirtieron en "casas de huéspedes". Entre los albergues renovados se desmoronan lentamente los restos de las casas abandonadas.

En el enorme Centro del Parque Nacional se puede obtener información sobre la población y la cultura local. Pero mucho más emocionante es encontrarse con Nugzar Idoidze, quien en la década de 1980 dirigió el departamento de Tushetia en el museo etnográfico de Tiflis. Lleva 20 años viviendo otra vez en la región y reúne las historias de los ancestros. 

"Tushetia es la única región de Georgia que ha conservado su antigua cultura pastoril", explica Idoidze, y agrega que, hasta ahora, el turismo no ha puesto en peligro las tradiciones.

El etnógrafo también animó a los pobladores a dedicarse a oficios ya casi olvidados. Así es como las mujeres vuelven a tejer calcetines y zapatillas, a anudar alfombras de colores y a confeccionar sombreros. Por su parte, los paseos a caballo han ayudado a preservar la raza local.

A la mañana siguiente, Tiko baja el valle por un camino de tierra. De pronto se detiene en una pradera para acariciar a su caballo favorito. Al costado de la ruta se agolpan varias orugas-quitanieves oxidadas de la época soviética. En tanto, en los jardines relucen las flores bajo los nudosos manzanos y, a la distancia, los picos rocosos.

Tiko explica que la mayor parte de las montañas se encuentra en la frontera con Rusia. Por lo tanto, sus picos son tabú. Los excursionistas caminan principalmente por los valles, a una altura media, y pasan por muchos pueblos tradicionales, como Shenako. Allí, los racimos secos de orégano, de manzanilla y hierba de San Juan cuelgan de las paredes de piedra, así como los calcetines tejidos a mano y las pantuflas que se venden como recuerdos.

En una pequeña colina se encuentra una de las seis iglesias de Tushetia. En la época soviética, la gente escribía su nombre en las paredes. En 2013, un artista local pintó el interior con frescos de santos georgianos, entre ellos Nino, el santo nacional que, según la leyenda, trajo la fe cristiana a Georgia en el siglo IV.

El pueblo de Chigho parece desierto. Solo una familia vive en medio de las ruinas, y ahora ha convertido su morada en una casa de huéspedes. Los excursionistas disfrutan de una vista magnífica y quedan absortos por el juego de luces y sombras en los flancos de las montañas.

De pronto Tiko queda como petrificada. "Allí adelante hay ovejas, así que probablemente también hay perros", resalta. Ni bien termina de dar el aviso aparecen tres canes enfurecidos mostrando los dientes. La guía alza sus bastones y llama al pastor, que se demora unos minutos antes de acercarse tranquilamente al lugar. Sus animales se calman. El hombre invita a la gente a su cabaña y se disculpa por no tener nada que ofrecer.

Como siempre, en octubre, el pastor llevará su rebaño por el paso de Abano. Algunos turistas acompañan a los pastores al menos durante los primeros días.

Ningún turista se pierde Dartlo. El pueblo más bello de Tushetia se alza sobre una pequeña quebrada. Las torres tienen tejados piramidales y las casas de piedra están bellamente restauradas. Desde 1986, y con la ayuda del Banco Mundial, Dartlo se convirtió en un pueblo museo: todos los tejados de chapa ondulada han sido sustituidos por los tradicionales tejados de pizarra.

En la región siguen siendo fuertes las tradiciones precristianas, lo que se nota especialmente en los santuarios de cada pueblo. En Dano, las calaveras y los cuernos de los carneros descansan sobre la torre hecha de losas de piedra. Cuando una de las turistas está por pisar el semicírculo de piedras sueltas delante suyo, Tiko la frena de un grito y le muestra una signo: una falda cruzada por un línea roja. Esto significa que los santuarios son tabú para las mujeres. Hay otros lugares en los que lo hombres ni siquiera pueden pasar por delante. Los turistas que no respetan estas reglas sagradas molestan mucho a los habitantes locales. En cambio, los que son respetuosos pueden asistir incluso a las celebraciones más tradicionales.

La mejor época para viajar a Tushetia es desde finales de junio hasta mediados de julio, cuando florecen los prados y el tiempo suele ser más estable. Las fiestas tradicionales se celebran a finales de julio.

dpa