Reseña: “Invisible Man”, un remake ingenioso pero algo vacío

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Al desempolvar la novela clásica de ciencia ficción de H.G. Wells de 1897, el guionista y director Leigh Whannell le dio un giro a “The Invisible Man” (“El hombre invisible”) como una alegoría moderna al #MeToo que, pese a su descarnada destreza, se siente vacía.

Nuestra imagen del villano de Wells, con sus vendajes blancos y sus gafas de sol, proviene principalmente del también clásico del cine de James Whale de 1933. Este “Invisible Man” quizás se hubiera apegado más a esa visión de no ser por un fracaso previo en la taquilla: luego que “The Mummy” (“La momia”) con Tom Cruise fracasó, Universal Pictures canceló su franquicia Marvelesca llamada Dark Universe. Los planes de que Johnny Depp encarnara al Hombre Invisible se vinieron abajo, y en su lugar llegó una película violenta de bajo presupuesto producida por Blumhouse y replanteada por el cocreador de la franquicia de “Saw” (“Saw: juego macabro”). Los vendajes y los lentes, sobra decirlo, tampoco sobrevivieron.

Este “Invisible Man” cambia el foco del científico especializado en óptica de Wells al de una mujer, Cecilia (Elisabeth Moss), que está huyendo de él porque están en una relación tóxica. En el impresionante comienzo del filme, que parece moldeado a partir de “Sleeping With the Enemy” (“Durmiendo con el enemigo”), ella levanta cuidadosamente y con cara de disgusto una mano que se posa sobre ella en la cama. Con un pánico apenas controlado, escapa de su casa lúgubre y moderna frente al mar, entre el sonido de las olas del norte de California.

El hombre, Adrian (Oliver Jackson-Cohen), no se ve del todo, pero la sensación de sus abusos resulta vívida ante el miedo que transmite Cecilia. Ella se refugia en la casa de un amigo de la infancia, un policía (Aldis Hodge), y su hija (Storm Reid). Ahí tiembla de terror ante la idea de que Adrian vaya por ella. Su intensa paranoia se alivia sólo momentáneamente cuando se entera de que su ex se suicidó. Pero cuando empieza a sentir una inquietante presencia, y nota cosas como una marca inexplicable en la alfombra, Cecilia sabe que Adrian, “un líder mundial en óptica” capaz de hacer grandes descubrimientos, todavía está con ella. “No está muerto”, dice, “sólo no puedo verlo”.

Un terror perverso inunda la película, que es elevada considerablemente por Moss, una actriz minuciosamente familiarizada con las situaciones más espinosas, angustiosas y perturbadoras. Su Cecilia es un retrato de una mujer luchando desesperadamente por su libertad y asechada por el espectro, real o imaginario, de su aterrador ex. Temblorosa y torturada, Moss hace que el acoso sea terroríficamente palpable.

Pero también da una sensación, desde el comienzo, de que “The Invisible Man” está más interesada en utilizar un concepto ingenioso y oportuno para hacer saltar de miedo y para escenas de acción medio visibles que para una exploración genuina de la psicología de Cecilia.

Sabemos, desde la primera respiración vaporosa de este hombre invisible, que está ahí; no hay misterio, simplemente es un juego perverso de las escondidas. A Cecilia le toma gran parte de la película convencer a la gente de que su verdugo invisible sigue ahí. Pero cuando Whannell se encamina al tercer acto, el preámbulo prometedor se desintegra y “The Invisible Man” se pierde en un torrente familiar de balas y sangre, así como algunos giros poco creíbles que nos alejan aún más de la protagonista.

Aunque Wells le infundió a su hombre invisible humor y tragedia, esto se mantiene más como un artilugio narrativo letal y es tan volátil que cualquier sensación de realismo se desvanece. Adrian resulta ser un psicópata cuya obsesión con Cecilia desperdicia todas las demás capacidades intrigantes de la invisibilidad (para el caso siempre tendremos “Atlanta”). Whannell tuvo el talento y la astucia para convertir “The Invisible Man” en una película B escalofriante y bien realizada, pero no esperes más, porque posiblemente no encuentres otra cosa.

“The Invisible Man”, un estreno de Universal Pictures, tiene una clasificación R (que requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un tutor) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por escenas de violencia y lenguaje soez. Duración: 124 minutos. Dos estrellas y media de cuatro.

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Jake Coyle está en Twitter como http://twitter.com/jakecoyleAP.

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