Imagen de archivo del logo de Naciones Unidas durante la Cumbre sobre la Acción Climática de la ONU 2019 en la sede de la organización en Nueva York, Estados Unidos. 23 de septiembre, 2019. REUTERS/Lucas Jackson/Archivo
Imagen de archivo del logo de Naciones Unidas durante la Cumbre sobre la Acción Climática de la ONU 2019 en la sede de la organización en Nueva York, Estados Unidos. 23 de septiembre, 2019. REUTERS/Lucas Jackson/Archivo

El aislamiento obligado de los Estados para detener el coronavirus se encuentra acelerando la transformación de las formas de la actividad diplomática tradicional. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el órgano primordial para asuntos de seguridad internacional, está considerando sesiones digitales entre los 15 miembros e incluso el voto virtual, en caso de necesidad. La suspensión de viajes y reuniones transnacionales está siendo reemplazada, en su carácter ambulante, por una interconexión a través de internet que probablemente será cada vez más intensa agregando nuevas técnicas cibernéticas. La tendencia de usar la diplomacia en red en la ejecución de la política exterior, al mismo nivel que otros métodos de la diplomacia convencional, ya se observaba con anterioridad a la pandemia. Algunas cancillerías lo han denominado ediplomacy y cuentan con oficinas específicas al respecto.

La tecnología ha ido transformando la actividad diplomática. El telégrafo, en su momento, permitió codificar mensajes y salvar distancias aunque Lord Palmerston, al recibir el primer telegrama, haya considerado que representaba el fin de la diplomacia. Nada estuvo más alejado a esa afirmación. El teléfono rojo entre la Casa Blanca y el Kremlin, en época de la confrontación este-oeste, fue otro ejemplo de evolución en las comunicaciones diplomáticas popularizando las telefónicas cifradas. Skype, Facebook, YouTube, Twitter o WhatsApp cumplen hoy una función similar y ya no limitada a las principales potencias. La página Twiplomacy informa que los líderes mundiales suman aproximadamente 3 millones de tuits y casi 300 millones de seguidores. Muchos son fuente de polémica e incluso de conflicto. @Pontifex, a diferencia de otros casos, es ejemplo del buen hacer diplomático.

Conciliar el alcance de estos mecanismos digitales con los objetivos de política exterior ha pasado a ser una tarea diplomática delicada. Estas herramientas tienen limitaciones referidas a la confidencialidad de las conversaciones o procesos de negociación. Los problemas de malos entendidos e inclusive de interpretación ponen de relieve la necesidad de una acción diplomática complementaria posterior que confirme posiciones y hasta aclare el alcance de conceptos e intenciones. Tampoco la negociación de instrumentos jurídica o políticamente vinculantes, en otro ejemplo, permite reemplazar la diplomacia tradicional, sea bilateral o multilateral. La tecnología no sustituye la capacidad humana de establecer sintonía, buscar vías de acercamiento y a la postre alcanzar entendimientos.

No obstante, la diplomacia digital es cada día más relevante incluso en el uso creciente de algoritmos para el análisis y proyección de la realidad y de escenarios internacionales. El apoyo de datos y su analítica a partir de modelos matemáticos anuncia la próxima revolución cognitiva. Un estudio del MIT muestra que las empresas que basan las decisiones en esos procedimientos son 6% más rentables y un 4% más productivas. Esa proporción se duplica en ambos casos en lo que hace al comercio exterior.

La web juega también un papel significativo como ámbito de influencia, prestigio y reputación. En ese contexto, la ediplomacy reafirma la necesidad de contar con profesionales de calidad tanto en la teoría como en la práctica y formas diplomáticas. Las academias diplomáticas del mundo encaran crecientes transformaciones de planes de capacitación. El Instituto del Servicio Exterior de la Nación tiene una tradición en ese sentido. El desafío está en marcha para la adaptación de la diplomacia a las nuevas circunstancias tecnológicas. Esperemos que la política se dé cuenta de que la política exterior del siglo XXI post coronavirus necesita fortalecer estructuras estables, como el Palacio San Martín, en defensa del interés nacional.

El autor fue vicecanciller