"Ocultar nuestras capacidades", era una de las máximas de Deng Xiaoping, el líder chino que impulsó las reformas que hicieron posible el impactante crecimiento económico de su país en las últimas décadas. Y, como explica el periodista y ensayista Juan Pablo Cardenal, "la discreción del pueblo chino" y "la opacidad del régimen" contribuyen a hacer realidad esa máxima.

Durante los diez años que vivió en Hong Kong y en China, como corresponsal de medios españoles, Cardenal fue testigo de las etapas de la apertura de la potencia asiática al mundo y viajó a varios países que están recibiendo inversiones chinas bajo forma de grandes emprendimientos de infraestructura. De esa experiencia, y en coautoría con su colega Heriberto Araújo, resultaron tres libros de títulos elocuentes: La silenciosa conquista china (2011) El imperio invisible (2013) y el más reciente: La imparable Conquista China (2015), que pronto estará disponible en nuestro país.

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La Go Out Strategy, lanzada por China en 2001, en paralelo con su adhesión a la Organización Mundial de Comercio (OMC), fue el puntapié inicial de un proceso cuyos objetivos eran salir a buscar materias primas, invirtiendo si necesario en obras que apuntalaran la extracción y transporte de commodities, y que las empresas estatales chinas se convirtieran en jugadores globales.

Juan Pablo Cardenal vino a la Argentina para dictar el seminario "China el nuevo jugador global", organizado por CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina), en el que expone de forma clara y amena el patrón de expansión de la potencia asiática, y la nueva etapa de ese proceso que se abre a partir de la crisis de 2008.

Cardenal aprovechó este viaje a Argentina para visitar el más llamativo y polémico de los emprendimientos chinos en nuestro país: la estación terrena satelital para control espacial que China está construyendo a 55 kilómetros de la localidad de Las Lajas, en el centro—oeste de la provincia de Neuquén.

En esta entrevista con Infobae, cuenta sus impresiones de esa visita y habla sobre las modalidades y la dimensión de la expansión "silenciosa" e "imparable" de la superpotencia asiática.

—En sus charlas y libros, usted señala que China avanza arrolladoramente, en especial desde 2008, pero que el mundo no toma conciencia del alcance de esa expansión, ni está preparado para lidiar con ella, es decir, para negociar en las mejores condiciones posibles.

—Creo que, en el caso de los países europeos, éstos están preocupados por su propia situación, por la crisis que viven desde hace cinco o seis años, y en ese contexto entendemos por qué los gobiernos occidentales en general están priorizando la recuperación; China lleva un papel relevante en esa recuperación y por ende no están priorizando aspectos que tienen un riesgo, empezando por el capitalismo de Estado que practica China en su expansión internacional y continuando por lo que yo entiendo que es una claudicación de la defensa de los derechos humanos. Tomemos el hecho de que nadie se está preguntando, al menos no públicamente, quién es el inversor chino, porque aunque es verdad que hay un segundo nivel de expansión que lo llevan a cabo el sector privado chino y sobre todo muchos inmigrantes, la parte importante de esa expansión la desarrolla la China oficial. Y vemos a esa China oficial, a sus fondos soberanos, sus empresas estatales, haciendo acopio de activos estratégicos.

—¿Qué implica ese capitalismo de Estado en esta expansión?

— Cualquiera que conoce China sabe que cuando viene una empresa estatal de ese país, lo hace con todo el apoyo de la diplomacia y de los bancos estatales chinos, o sea, funcionan como un bloque. Cuando vemos las compras que están haciendo muchas empresas chinas, pensemos que no se trata de empresas que cotizan en Wall Street, que tienen una diversidad de accionistas, que son transparentes justamente porque cotizan en mercados internacionales, sino que estamos hablando de un Estado, de empresas estatales cuyo accionista es el Estado chino. ¿Y quién está al frente del Estado chino?, pues el Partido Comunista.

"De ninguna gran empresa china aunque sea privada podemos pensar que funciona autónomamente"

—¿Qué pasa con el sector privado?

—Bueno, esas adquisiciones que hacen empresas privadas chinas, se presentan diciendo bueno, viene el sector privado, por lo tanto son como las empresas del sector privado de otros países. No, es un error pensarlo así. De ninguna gran empresa china aunque sea privada podemos pensar que funciona autónomamente; los vínculos con el Estado y el Gobierno chinos son estrechísimos.

—Esta ha sido una expansión por etapas, que se inició con la compra de commodities, pasó a la construcción de infraestructura para facilitar la extracción y transporte de esas materias primas hacia China... ¿En qué etapa estamos ahora?

—Históricamente compraban materias primas porque era una necesidad estratégica para ellos, pero la crisis les ofrece la oportunidad de comprar la pieza del puzle que les falta que es la tecnología y los activos estratégicos. Por citar algunos casos: dos de las eléctricas públicas de Portugal, la concesión por 35 años del puerto más importante del Mediterráneo oriental en Grecia, parte de una eléctrica italiana, participaciones en Eutelsat -la empresa de satélites francesa-, en empresas de utilities en Reino Unido, en la compañía de aguas, en el aeropuerto de Heathrow (Londres), etcétera. O sea, a ellos, gracias a que tienen un dinero que otros no tienen, se les están presentando oportunidades para comprar activos que antes no estaban disponibles para ellos.

—Y en sectores estratégicos: energía, comunicaciones, transporte...

—Sí, e insisto: muchas de esas adquisiciones las lleva adelante nada menos que uno de los fondos soberanos del Estado chino. Eso es lo que me parece más preocupante.

—China también está construyendo innumerables infraestructuras en diversos países del mundo.

—Sí, en represas nada más, se cuentan 300, y son cientos y cientos de grandes infraestructuras, ferrocarriles, puertos, carreteras, represas y proyectos de extracción de recursos naturales. China tiene un patrón de funcionamiento pero tanto la forma como el impacto, positivo o negativo, de estos proyectos varían mucho de país a país. Si tenemos que poner un ejemplo se me ocurre la presa Merowe, que parcialmente financiaron y construyeron en el Nilo, en el norte de Sudán. Es muy polémica y creo que explica muy bien lo que son esos proyectos. Probablemente sea el proyecto de ingeniería más importante de China en África, y tiene indudables aspectos positivos, empezando por la electricidad que genera la presa, Sudán tenía un déficit energético importante, y luego todo lo construido alrededor, desde un aeropuerto hasta una ciudad hospitalaria. Además, va a permitir poner en marcha proyectos de agricultura. Ese aspecto positivo se presenta en muchos de estos proyectos y no está en duda.

—¿Cuáles serían los efectos negativos?

—La cuestión son los efectos secundarios. En este caso concreto desconozco las condiciones laborales en que trabajaron los obreros, pero es corriente, diría normal, que haya conflictos por las malas condiciones laborales que ofrecen a los obreros locales. Con frecuencia son inferiores a las que les ofrecen a los trabajadores chinos en los mismos proyectos en tareas equivalentes. Eso yo lo he visto en muchos proyectos chinos a lo largo del mundo. Pero además en el caso de la presa de Sudán había dos impactos muy claros. Uno medioambiental y otro social. Había una comunidad de 80, 90 mil personas que vivían allí, que se dedicaban a la pesca y que fueron realojados a la fuerza. Es un ejemplo que calza muy bien en lo que está sucediendo. Son grandes emprendimientos, con gran financiamiento, y no olvidemos que quien financia es quien puede poner filtros a determinados proyectos: Ahora bien, como las instituciones financieras chinas no tienen directrices para filtrar obras en función de su impacto socio-ambiental, lo que ocurre es lo que vemos en el terreno, que hay un impacto tanto a nivel laboral, como habitualmente ambiental y luego el que reciben las comunidades que viven en esas zonas y que son las más débiles.

"No está escrito oficialmente pero tengo la convicción de que alientan la emigración"

—China tiene un problema demográfico importante. Aunque lograron morigerar su crecimiento con una férrea política demográfica, el Estado chino, aparte de su preferencia por la mano de obra china en emprendimientos en el extranjero, ¿alienta la emigración como válvula de escape?

—No está escrito en ningún sitio oficialmente pero tengo la convicción de que es así. No necesariamente el Estado central, pero sí a nivel local las autoridades de las provincias donde hay menos oportunidades, pienso por ejemplo en la zona norte de China donde hace un par de décadas tuvo lugar toda la reconversión industrial y mucha gente acabó sin empleo... Además, perdón un paréntesis, China es un país con una tradición migratoria importante, no les es ajeno el emigrar. Pero desde el punto de vista de las autoridades locales, el hecho de que parte de su población salga al extranjero es algo que les quita mucha presión. Pero además todos esos emigrantes que van a otros países lo hacen con la idea de prosperar, y muchas veces lo consiguen; entonces hay un dinero que va de vuelta, esas remesas famosas. Personalmente lo he visto en una zona concreta de donde emigran hacia el sur de Europa, a España e Italia. Casi todos los que van a esos países provienen de una única provincia y de determinadas localidades de esa provincia. Pocos años después de que empieza la emigración desde esos lugares se produce en ellos un boom inmobiliario. A nivel local, la emigración que está en el extranjero es un motor económico en las poblaciones chinas. Entonces, no estoy seguro de que haya una directriz oficial, pero de hecho a nivel local seguro que se incentiva.

Luego hay otra cuestión: se podría pensar que la segunda y tercera generación de chinos emigrados, que viven en muchos casos en países democráticos, son una fuerza de cambio para forzar una apertura en China. Pues es todo lo contrario. Ven su relación con el gobierno chino como una oportunidad de negocios. Y el gobierno chino ha promovido esa relación y les ha facilitado a esos emigrantes, desde siempre, la inversión en China más que a nadie.

—¿No son críticos del régimen?

—No, de hecho es todo lo contrario. Claro que hay excepciones, pero en general tienen una buena relación. Desde la óptica de los emigrantes, creo que eso tiene que ver con la posibilidad de hacer negocios. Desde la óptica del Estado chino, se les facilita el poder invertir en su país como medida disuasoria de cualquier tipo de presión política.

"Quien va a gestionar esa estación de observación espacial es una agencia vinculada al ejército chino"

—Pasando al caso de Argentina, ¿el modo en que el gobierno argentino se ha vinculado con su par chino encaja en el patrón de expansión que usted describe?

—Creo que Argentina tiene unas urgencias de financiación que China parece que está cubriendo. Es una de las pocas alternativas que tiene el Estado argentino y eso le brinda a China la oportunidad de penetrar rápidamente. Además de las áreas de la economía argentina que son de interés para China, las comodities, las industrias extractivas, lo que no sabemos es si ese proyecto de construir una estación de observación espacial es un proyecto de uso exclusivamente científico. Ahora mismo está en construcción y lo que se nos ha dicho y se dice públicamente es que va a ser de uso exclusivamente científico, como la planta que tiene la Agencia Espacial Europea, 500 km al norte de la que está construyendo China. Habrá que ver en el futuro si esto es así.

—¿Existen en otros lugares del mundo estaciones chinas de este tipo?

—Es la primera estación espacial para observación del espacio profundo que tiene China. Tiene dos antenas en su territorio y otras de distintas características en África, si mal no recuerdo. ¿Y por qué Argentina? Bueno, según explican, por la rotación de la tierra, necesitan tener en otro hemisferio y en otra zona del planeta una antena que les brinde visibilidad las 24 horas del día. La NASA y la Agencia Espacial Europea tienen instalaciones de ese tipo en España, en Australia, -EEUU las tiene en su propio territorio- y en Argentina. En ese sentido, la idoneidad de Argentina para una poner una instalación de este tipo es perfectamente aceptable. La cuestión tiene que ver con el uso. En el caso de la Unión Europea -estuve en estos días en Malargüe-, es una agencia completamente civil la que la administra. Una de las cuestiones detrás del proyecto chino es que quien va a gestionar esa estación es una agencia vinculada al ejército chino. Eso da una primera idea de que va a haber que estar atentos a si realmente va a ser de uso exclusivamente científico.

—¿Qué imagen se llevó de su visita a Las Lajas?

—A nivel local, en las poblaciones cercanas a la estación, no hay ningún problema. Bastantes personas han sido empleadas; hay un contingente de extranjeros, algunos chinos, y también paraguayos y boliviano. Pero en general no hay conflicto y, en cuanto a las condiciones laborales, a diferencia de otros proyectos chinos que he visitado, son óptimas. Otra cuestión es qué beneficio van a tener las poblaciones locales y ahí hay un interrogante. Esta estación está en construcción, pero no he notado que vaya a tener un beneficio inmediato más allá de un número de personas que trabajan allí.