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La historia de cómo Marcela Loaiza, una joven colombiana de origen humilde, terminó presa en el infierno, es ordinaria y cercana a la realidad de cualquier otra jovencita, carente de experiencia y ansiosa de oportunidades.

Una hija enferma, una pareja ausente, falta de oportunidades y un señor que olfateó desesperación y que, como tiburón a la sangre, se acercó a prometerle fama y dinero, fueron suficiente para hacerla caer en la trampa. Una vez en ella, se desencadenan los hechos que Marcela cuenta en su libro Atrapada por la Mafia Yakuza en el que cuenta, con lujo de detalle y sin censura, su experiencia como esclava sexual.

Infobae la entrevistó en el marco del II Foro Internacional sobre Derechos de las Mujeres que se realiza en Mar del Plata.

- De todas las experiencias que te tocó atravesar ¿Cuál fue la más difícil de superar?

Fui encerrada y esclavizada en un país lejano en que no entendía el idioma. Fui violada y golpeada hasta el punto de acabar en un hospital totalmente desfigurada y quebrada. Fui obligada a acostarme con unos 20 hombres al día, 7 días a la semana. Si estaba menstruando debía trabajar igual, me taponaban para que tuviera sexo lo mismo y sólo a la noche me dejaban poder vaciar y limpiar mi útero. Me separaron de mi madre y de mi hija. Sin embargo, nada fue tan duro para mí como ver asesinar a otro ser humano al frente mío y no poder hacer nada. Fue una noche, mientras hacíamos la calle, los guardianes, como siempre, nos controlaban y nos intimidaban con baldes de metal y cadenas en sus manos. De pronto comenzó a escucharse un ruido ensordecedor de motos ninjas y todos comenzaron a correr. Era la mafia china que disputaba ese territorio a los Yakuza. Con otra compañera corrimos y nos escondimos en un contenedor de basura, nos cubrimos de basura, cerramos la tapa, pero podíamos ver por un haz de luz. Sabíamos que los chinos mataban a las prostitutas de los Yakuza para debilitarlos, porque éramos su principal fuente de ingresos. De repente vimos a una mujer, también colombiana, que corría hasta que su tobillo quedó atrapado en unas cadenas que le tiraron unos chinos, como si fuera ganado. Cuando se acercaron, ella les suplicó que no la maten, que tenía dos hijos a los que extrañaba y que sólo quería abrazarlos una vez más antes de morirse, que haría cualquier cosa a cambio. No la escucharon, comenzaron a destrozarla con golpes de cadena, su sangre brotaba y comenzó a caernos a nosotras dentro del contenedor. Pienso en ella todos los días y es por ella y por tantas otras mujeres como ella, que pido que se pare con trata de mujeres y niñas, con la explotación y con la prostitución.

- ¿Qué opinas del sexo comercial?

A ninguna mujer le gusta ser prostituta, aunque diga que lo hace porque quiere. Yo también decía lo mismo, incluso cuando logré escaparme de Japón y llegué a Colombia, me metí en la prostitución. Me costó años entender que yo era víctima de la situación, que había otra cosa para mí. Creía que estaba condenada a eso, que eran los planes que tenía Dios para mí. Aún hoy, hablo con mujeres prostituidas y noto que fueron convencidas de que lo hacen porque quieren y no logran ver que son víctimas de una explotación. Está la creencia de que es un trabajo como cualquier otro, pero en ningún lugar te retienen el 50% de las ganancias, no te dejan manejar el dinero, ni las condiciones de trabajo. Además, lo cierto, es que a ninguna mujer, a ningún ser humano, le gusta ser ultrajado, abusado, denigrado y usado como un objeto. Yo les rogaba a los hombres, en mi pobre inglés, "Me, don´t like it, please" pero ellos sólo me contestaban "oh, yes, colombiana, sí like it". Todavía no logro entender cómo algunos, a pesar de verme agotada, enferma o llorando sin parar, no les importaba y se acostaban igualmente conmigo. Me costó mucho volver a confiar en los hombres después de las cosas que viví. Hace falta un cambio cultural y que los varones entiendan el daño que causan cuando pagan por sexo.

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- ¿Cómo lograste escapar?

Después de haber estado en el contenedor de basura, ellos me encontraron y me agarraron de nuevo. A pesar de haber pasado por un hospital, tuve guardia permanente y no podía comunicarme en japonés. Sin embargo, tras meses de intentar convencer a un cliente fijo, logré que él me ayude. Me dejó una peluca, una campera y un boleto de tren en el baño de un local de comidas rápidas. Me disfracé y huí hasta la embajada de Colombia. Cuando llegué golpeaba las puertas y gritaba "soy puta, soy puta" porque ni aun ahí comprendía que era víctima de explotación, sino que sentía culpa, responsabilidad y vergüenza por haber caído en eso.

Luego llegué a mi país, mi madre no me hablaba porque había hecho algo deshonroso. No encontré justicia ni protección ni la ayuda necesaria y prometida en la embajada y decidí seguir prostituyéndome hasta que un día, llorando en una iglesia, una monja se acercó a escuchar mi historia. Ella me hizo entender lo que me estaba ocurriendo y me ayudó a salir del abuso. Pero, en la Justicia, mi causa "desapareció", no existe, no figura mi número de expediente ni está más allí.


- ¿Podés estar en paz sin haber recibido justicia?

Trato de no mirar el pasado, sino el presente y el futuro. Algunos me aconsejan hacerle juicio al Estado, pero yo no quiero. Yo quiero estar con ellos y no en contra de ellos. Quiero que haya unión para ayudar a las chicas que hoy están siendo explotadas. Lo mío ya pasó, lo que importa es lo que ocurre hoy y lo que podemos evitar que ocurra mañana.


- Llama la atención que, a pesar de haber contado tu historia cientos de veces a familiares, amigos, fiscales, jueces, en tu libro, a ONGs y a otras víctimas, aún llores tanto al hacerlo y se te vea tan afectada y conmovida.

-Sí, me cuesta mucho. Son traumas y dolores muy profundos. Al principio no podía hablar, ni siquiera con mi psicóloga. Me bloqueaba y no me salía ni una palabra sobre lo que viví. Ella me sugirió escribir los hechos en soledad para luego leerlos en las sesiones. Un día, después de tres años de terapia, me dijo "Marcela, acá te guardé todas y cada una de las cosas que escribiste. Deberías considerar publicarlas". Fue, casualmente, a partir de la publicación de mi primer libro que pude comenzar a hablar en público de mi historia. Para mí fue como una liberación. Mi esposo y mi hija me alentaron a hacerlo porque entendieron que mi objetivo era intentar ayudar a otras mujeres que han pasado o que están atravesando lo mismo. Si yo pude salir, ellas también pueden. Hoy recibo decenas de denuncias y de cartas, incluso en otros idiomas, como alemán. Trato de ayudarlas desde mi Fundación. Sé que soy una inspiración de vida y eso me enorgullece. Quiero inspirar y ayudar a otras personas, del modo en que, por ejemplo, Susana Trimarco me inspiró a mí en mi lucha.


- ¿Qué era lo que te impedía contar lo vivido, la barrera que más te costó vencer?

Tener que decir con cuántos hombres había estado, sentirme juzgada. Todavía se cuestiona a las mujeres prostituidas y se dice que quieren victimizarse. Llegaron a cuestionar la veracidad de mi historia. El primer contacto con la prensa y los periodistas fue una experiencia horrible para mí. Tenía que aguantar preguntas humillantes y amarillistas. Les interesaba "eso": saber con cuántos hombres debía tener relaciones. A mí me resultaba insultante. Luego lo conté pero para que la gente pueda tomar noción del nivel de explotación y humillación. Cada vez que terminaba una presentación del libro y a la conferencia de prensa sucesiva, tenía que irme a llorar detrás del banner. Me hacía no tener más ganas de seguir. Luego aprendí a tolerar las preguntas bajas y a transformarlas en respuestas amables y educadoras. Pero los titulares eran del tipo "Puta arrepentida presenta libro" o "Fracasó como puta y ahora prueba escribir un libro". Uno, luego de que conté que volví a la prostitución en Colombia, comentó "vaya, mira que acabó gustándole". Cosas increíblemente ofensivas y muy duras de aguantar. Pero sabía que tenía que seguir adelante porque queda mucho por hacer. Hay que sensibilizar a la población y concientizar a las chicas para que no terminen siendo captadas por las mafias de la prostitución.