Es conocido el chantaje de gobernabilidad que le plantea el peronismo a Cambiemos, que lo obliga, entre otras cosas, a apostar ya por las elecciones de 2017. Analicé el tema en una nota, en febrero, en este diario.
No cometo el error de creer que existen varios peronismos que se comportan de distintos modos, sino que lo considero un colectivo único, con órganos sanos y enfermos, con células y bacterias minuciosamente funcionales, algunas atroces y monstruosas, pero todas conducentes a su reproducción y su perpetuación como misión excluyente.
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Ese condicionamiento empeora y se vuelve peligroso cuando martilla sobre las dudas conceptuales o técnicas del oficialismo, su falta de convicciones ideológicas y técnicas, o simplemente su temor a la reacción popular, al tumulto, al estallido callejero o a que le planten un muerto en alguna refriega.
En nombre de la gobernabilidad y la paz social, el Gobierno ha cedido no sólo en la baja del gasto, que prácticamente no encaró, sino en la creación de nuevo gasto o nuevo déficit. Avanza ahora con la promesa de mucho más gasto en la caja de Pandora jubilatoria que ha destapado, sin que se vislumbren aún las consecuencias de semejante decisión.
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El peronismo fuerza a Cambiemos a ser todavía más generoso con los pensionados, por ejemplo, no conforme con haber regalado millones de jubilaciones sin aporte. Y el Gobierno lo complacerá. Y seguramente aceptará otros cambios que también pegarán en el gasto. Lo que hasta el 10 de diciembre el ex Gobierno retaceaba a los jubilados, ahora parece ser un derecho sagrado que le reclama a Mauricio Macri.
Quiere un blanqueo casi sin costo para los blanqueadores, pese a haber fracasado pocos meses atrás con una idea similar, con lo que profundiza el déficit al eliminar un recurso con el que contaba la administración para afrontar los pagos de juicios.
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El aparato justicialista ha logrado que se siga gastando lo mismo que antes en financiar medios del Estado que se usan para lo mismo que se usaban, y aún se da el lujo de reclamar, porque quiere más espacio y financiamiento para predicar con más ganancia.
Cambiemos ha sido puesto a la defensiva. Tiene que coimear a diario a la sociedad para poder mantener supuestamente su legitimidad. Así, a seis meses de haber asumido el poder, nada hace suponer que el déficit bajará, salvo el optimismo, que no es un componente presupuestario.
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Por ello, el oficialismo empieza a clamar por la inversión, que no sólo es la peor manera de atraerla, sino que es una esperanza exagerada: la inversión viene cuando hay proyectos, los proyectos requieren estabilidad económica, términos relativos recompuestos y variables lógicas. Nada de eso ocurre todavía.
¿Pero es todo culpa del peronismo? ¿El que se conoce como el círculo rojo no coincide en las mismas ideas? ¿No son todos peronistas, como decía Juan Domingo Perón? ¿El concepto de mantener un gasto alto para fomentar el consumo, el proteccionismo fatal, la sociedad (asociación) con el sindicalismo, no constituyen también la biblia de la alta empresa nacional? ¿No quieren todos un blanqueo complaciente y barato?
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¿Y muchos funcionarios de gran influencia no comulgan con las ideas simétricas de control de precios, acuerdos multisectoriales, regalos de pensiones a la población, lucha contra la desigualdad vía impuestos y exacciones, estímulos a la producción local por medio de permisos, ventajas y prebendas?
¿El sistema energético tiene autoridad moral para imponer ajustes a la sociedad? Los escándalos silenciados de Cerro Dragón y Chevron, por caso, esfuman la diferencia entre el presente y el pasado.
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El caso Báez luce cada vez más como gatopardismo. El sistema de obra pública nacional es, desde antaño, un gigantesco cártel. Exagerado desde el 2003, pero el concepto de cártel implica muchos protagonistas. No caerán. Del mismo modo que el blanqueo será secreto, furtivo y tolerante. Lo presagia el silencio del Banco Nación, que no denuncia aun hoy a los blanqueadores con certificados de depósitos para inversión (Cedin).
Lo que algunos técnicos generosos califican de keynesianismo, como si lo que ocurriera fuera fruto de una divagación teórica, debería llamarse desarrollismo, que es finalmente el mismo sistema, maquillado, que nació con el golpe de 1930, se consolidó con Perón y se modernizó hasta hoy con distintos apodos. Por eso, hay que ser muy cautos con las expectativas de inversión.
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El Gobierno está cada vez más jugado a financiar gastos con dólares, de cualquier procedencia. Eso implica mayor emisión, atraso de tipo de cambio o altas tasas de interés en algunas de sus combinaciones. Lo que, a su vez, implica pobres crecimiento e inversión.
En ese escenario, que es el mismo en el que se han amasado las grandes fortunas nacionales, ¿será el peronismo el lobby ante el Gobierno del círculo rojo y su amado proteccionismo-desarrollismo? ¿O simplemente al Gobierno no le resultan tan desagradables muchas de las posiciones peronistas, desarrollistas y proteccionistas?
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El politólogo y pensador Francis Fukuyama dice que el clientelismo populista hace que, en vez de lograr consenso con políticas que beneficien a toda la sociedad, se coimee a esa sociedad con medidas sectoriales o individuales para lograr su apoyo, lo que constituye un formidable desperdicio de recursos. ¿No seguimos cayendo en esa errónea práctica?
Cambiemos tiene que reflexionar y cambiar.
El autor es periodista y economista. Fue director de El Cronista y director periodístico de Multimedios América.
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