
Con una trayectoria de más de treinta años en las letras, Alan Pauls es un referente de la literatura argentina. Desde la publicación de El pudor del pornógrafo en 1984 hasta la reciente "trilogía de los 70" compuesta por Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero, Pauls ha escrito siete novelas —incluyendo El pasado, que ganó el premio Herralde de Novela en 2003, y fue llevada al cine por Héctor Babenco con el protagónico de Gael García Bernal— y seis ensayos, entre los que se destacan El factor Borges y Manuel Puig: la traición de Rita Hayworth. La aparición de cada uno de sus libros es un hecho ineludible para críticos, periodistas y lectores. ¿Pero cómo es Pauls como lector?
—Me gusta la idea de reservarse grandes libros para cuando uno sea grande —dice—. Me parece genial. Hay escándalos en la biografía de un escritor, cosas que es inconcebible que no haya leído, que en realidad son postergaciones estratégicas de ciertos textos que, por alguna razón, sabe que le van a pegar muy profundo. En un momento me puse a pensar en eso. Cómo es posible que a los 25, a los 30, a los 35, a los 40 no haya leído tal o cual libro. Y después, cuando lo leía, decía "Ahora entiendo". Cuando lo leés ya sabés el efecto que podía llegar a producirte y necesitabas madurar un poco, estar más curtido, no tener miedo de ser eclipsado por ese libro. Todavía tengo deudas: millones. No leí el Martín Fierro, de José Hernández. ¡Es un escándalo total!
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Pauls es autor del ensayo El factor Borges, un texto imprescindible para leer al autor de "El Aleph" desde la contemporaneidad:
—Antes de escribir el libro, Borges era un escritor que me gustaba, por supuesto, pero no uno con el que tuviera una relación particularmente intensa. Esa relación se produjo, se inventó, en el momento de escribir. Escribir sobre un escritor es, quizá, la mejor manera de leerlo y la mejor manera de entablar una relación de intimidad con él. Me volví un fanático de Borges. Me daba la impresión de que no había un exterior, que, de algún modo, todo está dentro de él. Incluso —o, sobre todo— sus detractores. Eso es lo patético de ellos: siempre caen en el sistema borgeano como víctimas. No hay manera de estar afuera de Borges. Esa es la gran prueba del poder fenomenal que tuvo Borges sobre la literatura argentina. Aún los tipos que están totalmente en contra de Borges leen con un criterio borgeano no sólo la literatura, sino la cultura, los signos de la realidad, los mensajes con los que uno convive en la vida contemporánea.
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—La trilogía compuesta por la Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del Dinero gira en torno a tus recuerdos propios: ¿la memoria puede ser una herramienta para llegar a la verdad?
—Nunca me gustó la idea de la memoria como algo que te permita llegar a la verdad de las cosas. Es una idea falsa, una idea ingenua, voluntarista. Lo interesante de la memoria, por lo menos desde el punto de vista de la literatura, es que es una fuerza muy activa pero no necesariamente fiel a la idea de verdad, sino más bien, en todo caso, a la idea de presente. Es fiel al presente. El modo en que uno recuerda está totalmente determinado por las condiciones en las que uno está recordando. La memoria es estratégica, nunca recordás por amor a la verdad. Recordás porque necesitás un recuerdo para ahora. Lo que me atrae de la memoria es que no restituye un original perdido, sino que desfigura, falsea, miente, elabora. Me interesa su carácter de fabulación. Mis novelas no pretenden llegar al punto de partida original, puro, perfecto, si no más bien pretenden usar la memoria como un método para extraviarse.
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—Alguna vez dijiste que al empezar Historia del llanto no sabías si ibas a terminar la trilogía. ¿Era un desafío que te planteaste más allá de tu experiencia como escritor?
—Me interesan los proyectos que representan algo que desconozco. Sin un grado importante de desconocimiento es difícil que me meta. Yo nunca había escrito una trilogía, nunca me lo había propuesto y en ningún momento sentí que la experiencia que tuviera como escritor me autorizara a escribir un proyecto de tres novelas. Durante mucho tiempo, tuve la sensación de que no iba a llegar. En ningún momento encaro ese tipo de cosas con "Ahora estoy en condiciones de"; más bien tengo unos raptos, unos deseos, unas intenciones y después veo hasta qué punto estoy a la altura de eso. No soy un escritor profesional en el sentido de que no tengo la sensación de que haya acumulado nada que me permita hacer nada en particular.
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