
Primero fue el favorito según las encuestas. Más tarde cayó al tercer lugar —lo cual lo ubicaba sin oportunidad de aspirar al ballottage— por una denuncia de malversación de fondos públicos. Y en el último tramo de la campaña, cuando se redujo la distancia entre los competidores, François Fillon encarnó una pregunta que trasciende las elecciones en Francia: si el candidato de Les Républicains (Los Republicanos), el partido gaullista, no recupera espacio y pierde en primera vuelta, ¿cómo se podrá reconfigurar la derecha después de las extrañas elecciones de 2017?
Entre el ascenso de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, y la presión del grupo Sense Commun (Sentido Común, que ha sido comparado con el Tea Party del Partido Republicano en los Estados Unidos), un fracaso electoral abriría la incertidumbre para un sector político de peso histórico en el país.
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En las últimas mediciones, el ex primer ministro (durante el gobierno de Nicolas Sarkozy) compartía el 20% del favor electoral con el representante de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, detrás de Le Pen (22%) y del probable ganador en segunda vuelta, Emmanuel Macron (23%), de En Marche! (¡Adelante!). La existencia de un tercio de indecisos hacía pensar que los resultados podrían contradecir las predicciones. Pero además de la volatilidad política global —y anti-globalización— que se extendió desde el voto por el Brexit y la elección de Donald Trump, la campaña de Fillon resultó malherida en enero por una denuncia de corrupción que involucra a su familia.

El semanario Le Canard Enchaîné reveló que entre la esposa del conservador, Penelope Fillon, había cobrado € 800.000 entre 1986 y 2003 por trabajos que nunca realizó como asesora parlamentaria. Además de ella, los hijos de ambos cobraron € 80.000 por otros trabajos ficticios para Fillon.
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Para un anglófilo admirador de Margaret Thatcher, el golpe —que es también una investigación en curso— resultó demoledor. Fillon, que prometió eliminar el 10% de la planta de 5 millones de empleados públicos franceses, fue muy criticado por haberla extendido.
El candidato de 63 años, apoyado por los católicos y lo que él llamó "las masas silenciosas" de tradicionalistas que podrían decidir votarlo a último momento, cree que Francia "está en bancarrota". Su solución al problema comenzaría con menos europeísmo y un ahorro público de €40.000 millones que finance recortes fiscales a las empresas.

Su plataforma —según se puede ver en su página web— también sostiene valores sociales tradicionales. Al sector de Sens Commun agrada que Fillon haya prometido revertir los derechos de adopción que se reconocieron a las parejas del mismo sexo, por ejemplo.
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Su libro Vaincre le totalitarisme islamique (Vencer al totalitarismo islámico) lo presentó como un cruzado contra el terrorismo musulmán: "Es hora de llamar al pan, pan, y al totalitarismo, totalitarismo", escribió. "La invasión sangrienta del islamismo en nuestra vida cotidiana prepara una tercera guerra mundial". Ubicado "contra la corrección política y la demagogia", que utilizó para criticar a quienes se alejaron de su candidatura como consecuencia del escándalo, representa los valores provinciales conservadores y católicos.
Tras la denuncia por malversación de fondos públicos, el ex ministro de Educación y de Asuntos Sociales trató de cambiar el foco de atención: en lugar de su persona, expuesta en la prensa y enharinada durante una presentación en Estrasburgo, las ideas de Les Républicains. "No les pido que me amen", dijo en París. "Les pido que me apoyen porque es en beneficio de Francia".
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Desde sus orígenes como discípulo del gaullista Philippe Séguin, Fillon acumuló influencia nacional desde una base local, en la región noroeste de Sarthe. Allí, en Beaucé, Fillon y su esposa, nacida en Escocia, criaron a sus cinco hijos en un castillo del siglo XII. El candidato conservador trabajó en los gobiernos de Edouard Balladur y Jacques Chirac antes de ser un "colaborador" —como lo redujo el hiper-presidente— de Sarkozy.
Gane o pierda Fillon, la derecha francesa enfrenta en su futuro cercano un debate a profundidad sobre su identidad: qué es nacional, qué es tradicional, qué es occidental. Pero la tracción que lograrán las ideas conservadoras versus las ideas extremas será distinta si Fillon gana o pierde.
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