
El presidente Peter Mutharika regresó a Malawi el domingo 16 de octubre, como había prometido. Mutharika había dejado su país para asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas a mediados de septiembre, pero tras su finalización, no se supo de él durante tres semanas. Sus voceros no informaron nada y en su país comenzó a expandirse el rumor de que había muerto: el hashtag #BringBackMutharika (Devuelvan a Mutharika) se viralizó en las redes sociales.
Mutharika fue el último de los presidentes africanos en desaparecer sin dejar rastros en su país. La falta de comunicación con sus gobernados es un símbolo de la escasa transparencia que exhiben muchos gobiernos africanos.
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En 2009, el presidente de Camerún, Paul Biya, se tomó tres semanas de vacaciones a La Baule, en el sur de Francia, a un costo de 40.000 dólares por día. "Como cualquier otro trabajador, el presidente tiene derecho a vacaciones", justificó entonces el ministro de Información de Camerún, Issa Tchiroma Bakary. Biya gobierna el país desde 1982.
Pero esta vez, alguien dijo basta. Un camerunés descubrió a Biya alojado junto a su familia en el Hotel Intercontinental de Ginebra. Regresó durante semanas y vio que seguían allí. Entonces grabó un video en el que se lo ve frente al hotel pidiendo explicaciones a su presidente sobre qué hace allí mientras en su país muchos pelean por un salario de subsistencia.
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Un camerunés le pidió explicaciones a su presidente frente al Hotel Intercontinental de Ginebra
"He vuelto al Intercontinental para hacer ruido, para preguntar qué está haciendo todavía aquí. ¿Qué hace cada día?", grita el hombre, hasta que los empleados del hotel le piden que se retire. Biya estuvo dos meses en el hotel ginebrino.

Muchas veces, las ausencias tienen que ver con enfermedades que los mandatarios ocultan a sus gobernados. Así ocurrió en Zambia con sus últimos dos presidentes. Michael Sata desapareció de los lugares públicos en 2014, ausentándose de la Asamblea de la ONU y de las celebraciones del 50° aniversario de la independencia de su país. Cuando reapareció en el Parlamento, bromeó: "No estoy muerto". Pero murió efectivamente unos meses después, en octubre de 2014, como resultado de una enfermedad de la que nunca se informó.
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Su predecesor, Levy Mwanawasa, tuvo un infarto en una cumbre de la Unión Africana en Etiopía y fue llevado a Francia, donde murió a los 58 años. Durante su mandato, sus voceros habían desmentido reiteradamente los rumores de que sufría una nefermedad.
En Guinea-Bissau, el presidente Malam Bacai Sanha murió en un hospital de París en 2012 a los 64 años. Había estado internado varias veces durante su mandato, pero tampoco se brindaba información al respecto. Algunos diplomáticos informaron a la prensa que Sanha pasó un largo tiempo en coma antes de su muerte.
Presidentes que niegan cualquier enfermedad hasta que un día se informa oficialmente de su muerte es una historia repetida en el África.
El mandatario africano que gobernó por más años, Omar Bongo, murió de cáncer en un hospital español en 2009. Horas antes de que su muerte fuera anunciada, los funcionarios de Gabón la habían desmentido, al tiempo que prohibían a los medios del país discutir sobre la salud presidencial.
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Hasta ahora, Robert Mugabe siempre ha logrado vencer los rumores sobre su muerte. Sus frecuentes viajes a Asia para atender su salud suelen disparar las sospechas. La población no se entera cuándo el presidente deja el país, ni adónde va ni por cuánto tiempo. Durante sus prolongadas ausencias, los zimbabwenses se han vuelto adictos a un juego: seguir en diferentes aplicaciones para celulares el trayecto del avion presidencial para saber donde está Mugabe.

"Sí, es verdad. Estuve muerto y resucité como siempre", bromeó el mandatario de 92 años con los periodistas que lo esperaban en el aeropuerto a su último regreso.
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