Entre las islas del sudeste asiático y Oceanía, una frontera invisible ha intrigado durante siglos a exploradores y científicos. Con apenas unos kilómetros de mar entre ellas, especies de animales de un lado nunca cruzaron al otro, y su explicación remite a una trama compleja sobre el origen y la distribución de la vida que aún desafía a la ciencia.
La llamada línea de Wallace marca un límite biogeográfico que separa las faunas de Asia y Australia. Esta barrera se extiende desde el estrecho de Lombok hacia el norte, a través del archipiélago malayo, y divide regiones donde la vida animal evolucionó de manera independiente durante millones de años.

Del lado asiático, en islas como Sumatra, Borneo y Java, predominan especies continentales como elefantes, tigres, rinocerontes y simios. Estas lograron llegar durante períodos en que el nivel del mar era más bajo y existían conexiones terrestres temporales. En cambio, al este de la línea —en Nueva Guinea, Australia y otras islas— habitan marsupiales, monotremas, roedores particulares y aves como las cacatúas. La diferencia también se extiende a reptiles, como el dragón de Komodo, y a peces y microorganismos marinos.
Incluso entre especies con capacidad de vuelo o dispersión, el ambiente insular, los canales profundos y las condiciones climáticas dificultaron los intercambios. El sudeste asiático mantuvo condiciones húmedas y tropicales, mientras que la región australiana evolucionó hacia climas más secos, reforzando la divergencia evolutiva.

Por qué las especies no se trasladan de un lado a otro
El concepto fue formulado en el siglo XIX por el naturalista británico Alfred Russel Wallace, durante sus viajes por el archipiélago malayo. Al comparar islas cercanas como Bali y Lombok, notó una ruptura abrupta en la distribución de especies. Aves y mamíferos comunes en Java y Bali desaparecían al cruzar el estrecho. Según escribió, las diferencias entre islas próximas eran mayores que entre países separados por miles de kilómetros.
Estos hallazgos lo llevaron a describir una frontera zoológica entre regiones, hoy conocida como línea de Wallace. Además, propuso que esta separación respondía a antiguos eventos geológicos, adelantándose a nociones que luego serían centrales en la biogeografía moderna.

Con el tiempo, otros naturalistas ajustaron su ubicación a medida que se acumulaban datos sobre biodiversidad. La aceptación de la teoría de la tectónica de placas en los años sesenta permitió comprender la permanencia de esta barrera biogeográfica: la colisión entre las placas australiana y euroasiática, ocurrida hace unos 30 millones de años, formó el actual archipiélago y modificó las corrientes marinas y el clima regional.
La diferenciación entre las plataformas continentales de Sunda (vinculada a Asia) y Sahul (con Australia y Nueva Guinea) consolidó ecosistemas distintos. Mientras las islas occidentales compartieron fauna continental, las orientales conservaron una biota diferenciada tras separarse la placa australiana de la Antártida.

Una barrera sin murallas visibles
La línea de Wallace no es perceptible a simple vista, pero sus efectos sobre la biodiversidad son marcados. Se trata de un límite invisible con fuertes implicancias ecológicas. El estrecho de Lombok, con menos de 32 kilómetros de ancho, marca una diferencia sustancial en la composición de especies. Los profundos canales oceánicos y las corrientes marinas impidieron conexiones terrestres incluso en épocas de glaciaciones, cuando otras partes del mundo quedaron unidas por puentes de tierra.
La barrera afecta especialmente a los mamíferos, aunque también se refleja en reptiles, aves, peces y microorganismos. El contraste climático entre ambas regiones —húmeda al oeste, seca y variable al este— refuerza la dificultad para que una fauna prospere fuera de su entorno.
Con el avance de la investigación, se identificaron excepciones: murciélagos, algunos reptiles y escarabajos lograron cruzar en baja proporción. Por eso, se describe hoy a la línea como un gradiente más que una frontera absoluta, con zonas de transición y permeabilidad limitada. Aun así, la división general sigue siendo contundente.
Vigencia científica y nuevos estudios
El papel de la tectónica de placas continúa siendo clave para explicar esta separación biogeográfica. El desplazamiento de la placa australiana, tras su escisión de la Antártida, llevó consigo una fauna única a regiones insulares, aislándola de los linajes asiáticos. Al este de la línea hay islas oceánicas que nunca estuvieron conectadas a un continente, lo que restringió el acceso a especies con gran capacidad de dispersión.

Estudios recientes, como uno de 2023 que analizó más de 20.000 especies de vertebrados, demostraron que los linajes asiáticos se expandieron por islas húmedas hacia el este, mientras la fauna australiana quedó acotada a ambientes más secos. La evidencia genética confirma la persistencia del aislamiento y su influencia en la evolución.
Si bien hay debate sobre su trazado exacto, la línea de Wallace sigue siendo un modelo paradigmático de cómo los límites naturales —invisibles, pero efectivos— moldean la biodiversidad global.
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