
María Reyes llegó a Maryland en 2005 desde San Vicente, en El Salvador por miedo a que la Mara Salvatrucha (MS-13) se vengara de ella. Había visto cómo los pandilleros atacaban un autobús y había cooperado con la policía.
Desde esa noche que salió a escondidas —cruzó la frontera de México y los Estados Unidos, caminó por el desierto durante seis días— se dedicó a ahorrar dinero para mandar a buscar a su hija y sacarla de la violencia. Pero la MS-13, uno de los grupos más violentos del mundo, también existe en Maryland y Virginia, en el área metropolitana de Washington D.C. Y como si se arrogase la representación del destino, la pandilla asesinó a la adolescente en enero.
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El cuerpo de Damaris Reyes Rivas, de 15 años, apareció el 11 de febrero en un edificio industrial de Springfield, Virginia. Llevaba algo más de un mes muerta. Su madre había denunciado su desaparición de la casa familiar en Gaithersburg, Maryland, poco antes de la Navidad.

La policía del condado de Fairfax acusó a seis menores y cuatro adultos de 18 años —Cindy Blanco, de Reston, Virginia; Aldair Miranda y José Castillo, de Springfield, Virginia; Wilmer Sánchez-Serrano, sin domicilio conocido—por el homicidio, que se consideró un caso de violencia pandillera, y otros similares, entre ellos la desaparición de otra adolescente, de 17 años. "Una señal aleccionadora sobre el resurgimiento de la MS-13 en la región de Washington", interpretó Michael Miller en The Washington Post.
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La policía cree que la MS-13 es responsable de una serie de casos de tortura y asesinato sucedidos en la zona a lo largo de los últimos dos años. "En muchos de estos casos la víctima o el supuesto homicida —a veces, ambos— eran jóvenes adolescentes que habían entrado ilegalmente a los Estados Unidos desde América Central, como Damaris". Hace algunos años la prensa llamaba la atención sobre el tráfico de menores sin acompañante, y sus peligros.
"No sabía que aquí existía gente así", dijo Reyes sobre los pandilleros que mataron a su hija. "Creí que era super seguro traerla aquí conmigo".
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El aumento de la actividad de la mara sucede en "un momento de intenso debate nacional sobre la inmigración y el cumplimiento de la ley", agregó Miller. "Como candidato, Donald Trump advirtió con frecuencia sobre los 'bad hombres' que llegaban de América Latina". Los mareros responden al retrato, aunque su historia mezcla la de El Salvador, Guatemala, Belice y Honduras con la de los Estados Unidos.
Durante la guerra civil de El Salvador, en los años del mundo bipolar, muchas familias emigraron a Los Angeles. La ciudad tenía una cultura de pandillas antigua que las nuevas comunidades reinterpretaron: los chicanos —mexicano-estadounidenses— de la Barrio 18 comenzaron a atacar a los salvadoreños, que se organizaron en la Mara Salvatrucha. Por las guerras entre los grupos y la violencia de sus redes delictivas las autoridades realizaran deportaciones masivas en 1992 y 1994.
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Así muchos jóvenes mareros se encontraron en la tierra de sus padres. Hablaban mal el español, porque se habían criado en Los Angeles; llevaban el cuerpo tatuado y lo único que sabían hacer estaba prohibido por la ley: venta de drogas y de armas, robo y extorsión, secuestro y asesinato. La crueldad de sus actos y la venganza son características de la Salvatrucha.
La violencia se reinstaló en América Central. Muchos deportados regresaron a los Estados Unidos, y la MS-13 se expandió a punto tal que en 2012 el Departamento del Tesoro la incluyó en su lista de organizaciones criminales transnacionales. El número 13 se agregó al nombre de la mara desde que comenzó su vínculo con el narcotráfico de México: la letra M es la número 13 del alfabeto.
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Durante más de diez años la madre fue para Damaris una voz o una imagen en el teléfono. Tenía 12 años cuando Reyes pagó USD 11.000 a un coyote para que la ingresara a los Estados Unidos, pero la policía detuvo y repatrió a la niña. Dos días más tarde, Damaris volvió a hacer las 3.000 millas (4.800 kilómetros). Las experiencias del abandono, el tráfico y la adaptación a otro idioma y otra cultura hacen que muchos adolescentes sean vulnerables a los vínculos con las maras. En la escuela, una organización para jóvenes latinos en riesgo advirtió que Damaris salía con un pandillero, y le ofreció apoyo. Ella lo rechazó.
La primera vez que se escapó de su casa, al cabo de una semana llamó a la madre: "Ven a buscarme pero ten cuidado. No quiero que te vean porque te podría pasar algo", le dijo. Como la adolescente no le quiso contar qué había hecho, Reyes decidió que la enviaría a vivir a Texas, donde tenían familia, luego de Navidad. Pero el 10 de diciembre Damaris volvió a esfumarse.
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Esa vez, fue la última, Reyes miraba el perfil de Facebook de su hija para seguir sus pasos. "Enamórate de una chica como yo", escribió junto a una foto que la mostraba con un pasamontañas negro con emojis de dinero y armas. En Navidad vio una selfie de Damaris con un joven que, supuso, sería su novio. Resultó uno de los imputados por su homicidio.
Cuando el 4 de enero la hija por fin la atendió, la mujer le rogó que regresara. "Me gustaría, pero ya no puedo", dijo. Se estima que murió dos días más tarde.
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Entre los amigos de Damaris en la red social muchos perfiles ostentaban calaveras, armas, ataúdes y otros signos de la MS-13. Algunos de ellos amenazaban a la joven: "Prepárate", "Ya dieron el permiso para liquidarte".

Reyes pegó afiches con la cara de su hija en distintos lugares, entre ellos en Springfield. Una mujer le señaló a un grupo de muchachos y le advirtió: "Tenga cuidado. Son peligrosos". Cuando les habló, se mostraron indiferentes. Pero Reyes apenas había comenzado a marcharse cuando uno dijo: "A ésta hay que callarla". Días más tarde le robaron el automóvil. Y un par de días después una voz masculina le dejó un mensaje: "Tienes la lengua suelta. Sigues tú".
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La policía cree que Damaris fue llevada por la fuerza hasta el edificio donde apareció su cadáver. Un video muestra el momento en que una muchacha de 17 años, traficada igual que ella desde la misma localidad de El Salvador, la corta con un cuchillo de caza. Ambas habían sido novias de un aspirante a rapero, Christian Sosa Rivas, asesinado por haber dicho que era un líder de la MS-13. Se presume que la venganza de los mareros fue el homicidio de Damaris.
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