"Hemos venido para que la virgen nos haga el milagro, para que nos eche la mano, para que mi hijo y los muchachos aparezcan", dijo Clemente Rodríguez Moreno, padre de uno de los jóvenes desaparecidos desde el 26 de septiembre pasado, cuando fueron atacados por policías e integrantes del crimen organizado en la ciudad de Iguala.
Con un gesto de profundo cansancio marcado en el rostro, este hombre moreno que hasta hace tres semanas se dedicaba a vender agua embotellada en un pueblo, dice estar esperanzado en que la virgen "cubra con su manto a los muchachos para que no les hagan daño".
Las autoridades han dicho que los policías municipales de Iguala y del vecino municipio de Cocula entregaron a los estudiantes a miembros del cártel Guerreros Unidos.
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La caravana de familiares y estudiantes de la escuela normalista de Ayotzinapa llegó el domingo bajo una persistente lluvia hasta la basílica de Guadalupe, en el norte de la capital, y fue recibida con música y fieles que les manifestaron su apoyo con abrazos y lágrimas.
Corazón espiritual de México
En la recepción también se encontraban destacados defensores de derechos humanos, como el padre Alejandro Solalinde y el activista Javier Sicilia, quien perdió en 2011 un hijo a manos del crimen organizado.
"Es lamentable lo que pasó aquí, no me dejaron celebrar (misa), me vetaron", dijo por su parte Solalinde, el aguerrido sacerdote que buscaba brindar consuelo a los agobiados padres.
Estas familias, que se han mantenido unidas desde que sus hijos desaparecieron, viajaron 275 kilómetros desde la escuela ubicada en el pueblo de Tixtla hasta la capital.
"La iglesia parece que también trabaja para el lado de los criminales, no es capaz de pronunciarse desde el ámbito del evangelio", indicó de su lado Sicilia, quien advirtió que la basílica y la Virgen de Guadalupe "son el corazón de la espiritualidad del país".
Sicilia, Solalinde y otros reconocidos sacerdotes permanecieron afuera de la iglesia durante la misa, ante la negativa del sacerdote responsable a oficiar la ceremonia para modificar el tema programado, dedicado al día internacional de las misiones, y ofrecer un mensaje de aliento a las víctimas.
"Estamos asustados, no nos parece que sea una actitud propia de un cristiano y menos de un sacerdote encargado de un templo que debe estar abierto a los pobres", se quejó Enriqueta Curiel, una mujer que viajó desde el pueblo de Tlalpan, en el sur de la capital, con un grupo de amigos para acompañar a los padres de los alumnos de Ayotzinapa.
Con flores blancas, velas y las fotos de sus hijos en el pecho, los padres de los jóvenes entraron a la iglesia y en varias ocasiones gritaron con fuerza las mismas consignas que inútilmente han coreado en diversos lugares desde hace tres semanas, cuando empezó su vía crucis para encontrar a los jóvenes.
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