El mural que muestra a un niño sentado ante una mesa, sosteniendo un cuchillo y un tenedor, y llorando desconsoladamente porque en el plato hay una pelota de fútbol en lugar de comida, fue rápidamente tomado como un símbolo del sentir de muchos brasileños hacia el Mundial.
Según un sondeo de la consultora Pew Research, difundido a comienzos de junio, el 60% de la población cree que organizar la Copa será "malo" para Brasil. El dato es coincidente con otro: el 72% se encuentra insatisfecho con el rumbo del país.
Ese sentimiento se expresó con mucha intensidad hace un año, durante la realización de la Copa de las Confederaciones, cuando comenzaron las masivas protestas en contra del Gobierno y de la FIFA. Ni siquiera el contundente triunfo de la selección local pudo calmar el descontento.
A días del comienzo del Mundial, persiste la sensación de desengaño frente a un evento que prometía desarrollo, pero que terminó trayendo más gastos y sacrificios que cualquier otra cosa. Sin embargo, lo que en otro país podría ser comprensible, sorprende mucho más en el país del fútbol.
"La selección no es tan amada como lo era décadas atrás. Con todos los jugadores en Europa, los hinchas alientan más por sus equipos que por sus países. Es un fenómeno que no comenzó ahora, y que tiene que ver con el declive de los estados nación", explica Ronaldo George Helal, doctor en sociología y profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, en diálogo con Infobae.
"En el Mundial del 50 (también organizado en Brasil), en momentos de consolidación de los estados nacionales, la derrota se vivió como si fuera la derrota de un proyecto de nación. Lo mismo pasó en el 70 (ganado por Brasil), cuando los brasileños sintieron que era el triunfo de una nación. En cambio, ahora saben que la victoria o la derrota en el mundial significa sólo eso", agrega.
La decepción
A los cambios en la manera de sentir el fútbol y la pertenencia nacional, se suman las particularidades de la coyuntura política. El comienzo de las obras preparatorias para la Copa del Mundo coincidió con la maduración de una ciudadanía que reclama mayor calidad institucional.
Se generalizó la percepción de que Brasil progresó mucho económica y socialmente, pero que sigue con muchos déficits en infraestructura, y con niveles de corrupción que no se condicen con su grado de desarrollo. Por eso, cuando la dirigencia política prometió que junto con los gastos para recibir la competencia vendrían inversiones que permitirían mejorar las condiciones de vida, los brasileños se pusieron en alerta.
"Mucha gente pensaba que el país iba a mejorar con el Mundial por la entrada de dinero -dice Helal-, principalmente en salud y educación pública. Fue una confusión, porque es una tarea de los estados cuidar de la educación, no es una obligación de la FIFA. Además se empezó a decir que el Gobierno estaba gastando en los estadios el dinero que correspondía a la educación. No sabemos si es verdad, pero es lo que se creyó y desató muchas protestas durante la Copa de las Confederaciones".
Lo que sí prometieron el Gobierno federal y las administraciones estaduales fueron obras de infraestructura urbana. "¿Cuál va a ser el legado del mundial? -se pregunta Helal- ¿Mejoras en la movilidad urbana, en los aeropuertos, en las rutas? De eso va a dejar poco. Fue un gran error de todos los gobiernos".
Otro motivo de descontento es que los brasileños no terminan de sentir que el Mundial les pertenece por la gran cantidad de reglas establecidas por la FIFA. Por ejemplo, que haya un cupo limitado para los espectadores locales. Muchos de los que soñaban con ver un partido de la Copa se van a tener que conformar con verlo por televisión, como si se jugara en otro país.
A esto se suma el elevado precio de las entradas, que excluye a los hinchas de bajos recursos.
"El Mundial tenía que traer otras cosas, pagar otras deudas, y eso no se cumplió. Pero ya habíamos visto protestas antes, como cuando hubo un pequeño aumento en el precio del transporte. A pesar que la suba no era superior al 20% hubo movilizaciones en todo Brasil. Eso significa que hay un malestar mayor", explica a Infobae Alejandro Grimson, doctor en Antropología por la Universidad de Brasilia y profesor de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina.
"¿Qué pasó en estos años? Brasil cambió en varios aspectos muy positivos y se convirtió en una potencia. Tras ocho años de gobierno de Lula da Silva, que es un símbolo nacional porque toda la transformación del país está encarnada en su persona, lo sucedió Dilma Rousseff. Ella tiene muchísimas virtudes, pero no posee el carisma de Lula. En un contexto macroeconómico que no parece tan bueno como al anterior, se empezó a manifestar claramente una realidad que es histórica en Brasil, la desigualdad extrema", agrega.
Esta suma de factores explica al menos en parte que, lo que en otro momento podría haberse vivido como una fiesta única, haya sido mucho más difícil de lo que se esperaba. ¿Pero cuánto puede afectar este clima el desarrollo de la competencia?
Del desencanto a la expectativa
Lo que el año pasado era un descontento generalizado, que se expresaba en movilizaciones masivas, en los días previos al comienzo de la Copa comenzó a apaciguarse.
"Hoy las protestas no son tan espontáneas. Los partidos opositores buscan manipularlas para afectar la imagen de la presidente. Hay un discurso muy maniqueo y equivocado, que dice que los que alienten por la selección van a favorecer al Gobierno y a la corrupción", dice Helal.
"Es un planteo un poco fascista -continúa-, porque se puede estar en contra e ir a ver igual los partidos del Mundial. Hay personas que temen poner las banderas de Brasil en la calle y expresar su entusiasmo por temor a ser acusadas de reaccionarias".
Otro de los motivos por los que las protestas no son tan intensas como algunos meses atrás es que las elecciones están cada vez más cerca, y van a ser la oportunidad para que los opositores expresen su voluntad de cambio. Y difícilmente lo que ocurra con la selección brasileña pueda influir sobre el resultado electoral.
"Hay una confusión entre quienes creen que una derrota de la selección puede afectar las elecciones. Nadie va a votar pensando en lo que pasó en el Mundial. Lo que puede afectar los comicios de octubre es una mala organización, que afectaría la imagen del Gobierno", explica el sociólogo brasileño.
"Brasil ganó su último partido 4 a 0 y lo chiflaron -dice Grimson. Los brasileños, así como aman el fútbol, son terriblemente críticos de los jugadores porque quieren que su selección siempre esté en el máximo nivel. Yo no creo que haya un cambio en lo que sienten respecto del fútbol. Lo que sí cambió es que en el pasado el fútbol ha sido usado para tapar la realidad, como en el Mundial 78 en Argentina, y eso no va a volver suceder después de 30 años de democracia. Hay una disociación: una cosa es el amor por el juego, y otra cosa es lo que pasa en el país".
Por eso, todo hace pensar que
, y que
. "Ahora que se paró el campeonato local, poco a poco
en la calle para apoyar a la selección", concluye Helal.
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