La paquistaní Malala Yousafzai fue reconocida con el premio Sájarov del Parlamento Europeo a la libertad de conciencia. Con apenas 16 años, se convirtió en un símbolo mundial del derecho a la educación y de resistencia al extremismo.
La vida de esta muchacha de mirada franca y cabellos negros, siempre cubiertos con un largo velo tradicional, cambió el 9 de octubre de 2012.
Se encontraba en un autobús que la llevaba a su escuela de Mingora (en el valle de Swat, norte) cuando dos extremistas islámicos irrumpieron en el vehículo y le dispararon un balazo a quemarropa en la cabeza.
Increíblemente, el proyectil no acabó con su vida. En estado de coma, Malala fue evacuada a un hospital en Birmingham, Inglaterra, donde recuperó el conocimiento seis días después.
"¿Dónde estaba? ¿Quién me había traído? ¿Dónde estaban mis padres? Estaba aterrorizada. Lo único que sabía era que Alá me había bendecido al darme una nueva vida", cuenta la adolescente en su autobiografía, Yo, Malala, publicada esta semana en cinco lenguas.
Nacimiento de un ícono
En 2007, los rebeldes del clérigo Maulana Fazlula conquistaron el valle de Swat, hasta entonces una pacífica región turística.
Los islamistas obtuvieron al principio el apoyo de una parte de la población, hastiada de la corrupción, pero lo fueron perdiendo a medida que imponían su ley mediante el asesinato de opositores y regimentaban la vida civil, al punto de llegar a prohibir a las mujeres ir a la escuela.
Malala, hija de Ziauddin, un director de escuela de convicciones pacifistas, escribe a sus 11 años un blog en la página de la BBC en urdu, la lengua nacional. Bajo el seudónimo de Gul Makai, describe el miedo que reina en el valle y la imposibilidad de asistir a clases.
El nombre de esta niña valerosa, enamorada de los libros, comienza a circular en Swat y cobra dimensión nacional cuando gana el Premio paquistaní por la Paz.
El Ejército reconquista el valle de Swat en 2009, pero los talibanes, que siguen actuando en la zona, deciden eliminar a esta niña de 14 años a la que acusan de ser un instrumento de la "propaganda occidental".
El atentado, sin embargo, se volvió contra sus autores: conmocionó a Pakistán y al mundo, y convirtió a Malala en un ícono en muchos países occidentales. Desde entonces, no cesa de acumular premios internacionales (Simone de Beauvoir, Anna Politkovskaya, Fundación Clinton, Amnistía Internacional), hasta el Sájarov, que le fue otorgado este jueves. Se la menciona incluso entre las favoritas para el premio Nobel de la Paz, que se anunciará el viernes.
Malala se ha convertido en una figura popular. Se ven sus fotos junto a personalidades de todos los ámbitos, desde David Beckham a la reina Isabel II; la National Gallery de Londres expuso su retrato; los comercios venden camisetas con su imagen. Un año después del atentado, la figura de Malala es omnipresente.
"La pluma, más fuerte que la espada"
Esa popularidad disgusta a muchos en Pakistán, desgarrado por los atentados y las ramificaciones de la guerra en Afganistán, cerca del valle de Swat.
Los círculos islamistas ven a Malala y a su padre como "agentes de los Estados Unidos" o "de Occidente" para corromper a la juventud y propagar una cultura antimusulmana.
"¿Si hubieses sido el objetivo de un ataque de un drone de los Estados Unidos, acaso el mundo se hubiese preocupado por tu estado de salud?", le preguntó en una carta el comandante talibán Adnan Rashid.
La adolescente, con el borde de la boca paralizado como secuela del atentado, responde con dignidad, como lo hizo este año en la sede de la ONU, al proclamar que "la pluma es más fuerte que la espada" y al asegurar que no sentía "ningún resentimiento hacia los talibanes".
Malala sueña con hacer política. Pero, amenazada más que nunca por los talibanes, ¿podrá algún día tan sólo regresar a su país natal?
En su discurso ante la ONU, llevaba un chal que había pertenecido a Benazir Bhuto, la única mujer que ha llegado a ser primer ministro de Pakistán, donde fue asesinada en 2007, al regresar del exilio.
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