Hay una frase que repiten los hacedores cada vez que se les pregunta por una nueva cosecha: el vino nace en la viña, pero la última palabra la tiene el clima. Y este año, el clima viene hablando fuerte. El fenómeno de El Niño, que se manifiesta con el calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial y altera el régimen de lluvias y temperaturas en buena parte del planeta, está en pleno desarrollo y todo indica que será uno de los más intensos de los que se tenga registro.
Según el último informe del Centro de Predicción Climática de la NOAA, de los Estados Unidos, la anomalía de temperatura en la región clave del Pacífico ya alcanza los 2,1 grados, y la probabilidad de que el evento sea fuerte o muy fuerte hasta el verano de 2027 supera el 83%. Incluso existe una chance concreta de que, entre octubre y diciembre, supere a todos los episodios registrados desde 1950, incluidos los recordados de 1982-1983 y 1997-1998. Y según los modelos, el fenómeno seguiría fortaleciéndose hasta fin de año y se extendería durante los primeros meses de 2027.
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En la Argentina, El Niño suele traducirse en más lluvias y temperaturas más bajas en buena parte del país. El último pronóstico trimestral del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) anticipa para octubre, noviembre y diciembre lluvias superiores a lo normal en el Litoral, donde la probabilidad es mayor, en el oeste de Santa Fe, Córdoba, La Pampa, el oeste de Buenos Aires, el noreste de la Patagonia y el centro-sur de Cuyo. Y temperaturas inferiores a lo normal en gran parte de Cuyo, Córdoba y la región pampeana. En cambio, en el oeste del NOA se esperan lluvias por debajo de lo habitual.
Mendoza, la principal provincia productora de vinos del país, con más del 70% de los viñedos, ya lo está sintiendo. Después de un invierno con nevadas abundantes en la cordillera, que configuraron un escenario hídrico distinto al habitual, en octubre llegaron las lluvias. Entre el 11 y el 15 de este mes, en el aeropuerto mendocino se registraron 34,3 milímetros, cuando el promedio de todo el mes es de 11,2.
En San Rafael cayeron 95 milímetros, frente a un promedio mensual de 38,3. Tanto es así que, a fines de septiembre, el gobierno provincial envió a la Legislatura un proyecto para declarar la emergencia por riesgo hidrometeorológico y climático por 180 días, con el objetivo de acelerar obras en cauces, canales y defensas, y reforzar los sistemas de alerta temprana. Y según los especialistas, lo peor todavía no llegó: la fase más crítica se espera entre diciembre y febrero, justo cuando las uvas maduran.
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Para la vitivinicultura argentina, la noticia no podría llegar en un peor momento. El consumo interno de vino atraviesa uno de sus niveles más bajos de la historia, los mercados externos están complicados y la rentabilidad de los productores es cada vez más ajustada. A todo eso se suma ahora un clima que obliga a trabajar más, gastar más y tomar decisiones difíciles en el viñedo.
Para entender qué puede pasar con la próxima cosecha, Infobae consultó a algunos de los enólogos más reconocidos del país, a quienes se les plantearon las mismas dos preguntas: cómo está afectando El Niño al ciclo de la vid y cómo creen que impactará en los vinos de 2027.
El clima tiene la última palabra
Todos los hacedores de Mendoza, principal región vitivinícola del país, expresan su preocupación y se preparan para enfrentar una temporada que, sin dudas, será una de las más desafiantes de la historia.
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Se sabe que, una vez que un viñedo encontró su lugar, el clima se vuelve el factor determinante de la calidad del vino cada año e incluso puede cambiar su estilo, aunque no su esencia. Justamente, el objetivo de un gran vino es reflejar su lugar y el impacto del clima en cada cosecha. Por eso, en el Viejo Mundo, el año de cosecha pesa tanto. Allí, la gran diferencia entre una añada y otra la marcan las lluvias, que pueden convertir una vendimia en excepcional o en una para olvidar. Los precios de los vinos también suelen reflejar la calidad de cada cosecha.
En la Argentina, en cambio, las añadas nunca tuvieron el mismo peso. Las principales zonas vitivinícolas son desérticas, con mucho sol, poca lluvia y viñedos que dependen del riego. Eso hizo que las cosechas fueran mucho más regulares que en Europa, y que la gran mayoría de los consumidores no elija sus vinos por el año que figura en la etiqueta. Pero el cambio climático está alterando ese equilibrio: cada vez se nota más la diferencia entre un año y otro, más allá de la evolución que impuso la viticultura de precisión, con la que se busca reflejar de la mejor manera, un lugar determinado.
A grandes rasgos, los años más fríos dan vinos menos expresivos y más tensos de jóvenes, pero más longevos. Los más cálidos, en cambio, dan vinos más impactantes desde el comienzo, aunque con menor capacidad de guarda. Y los años lluviosos suelen dar vinos más ligeros, con menos concentración. Ya pasó con las cosechas de 2014 y 2015, también marcadas por las lluvias de El Niño, que dieron vinos más crudos. Y sobre todo con la de 2016, una cosecha magra, fresca y lluviosa, que algunos elogiaron y a otros les costó entender, pero que paradójicamente le dio a un Malbec argentino los primeros 100 puntos de una exigente publicación internacional.
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La buena noticia es que hoy los hacedores cuentan con herramientas que antes no tenían. Limitan la cantidad de racimos por planta para concentrar los sabores, manejan el follaje para proteger la fruta y miden con tecnología las necesidades de agua de cada parcela. Gracias a esa viticultura de precisión, hoy es posible que, ante la adversidad de la naturaleza, se produzcan igualmente vinos de excepción. Aunque, claro, cuando la naturaleza aprieta, nada es sencillo.
La amenaza de las lluvias, la humedad y el calor
Lo primero que aclaran los enólogos es que no se trata solo de la cantidad de agua que cae, sino de la humedad ambiente. Porque una tormenta puede descargar 60 milímetros en un día y al día siguiente salir el sol. El problema es cuando la humedad se instala y el viñedo no llega a secarse. “Llueve, llueve, sale el sol, y no sabemos hasta cuándo”, resumen. Y los números de sus propias fincas lo confirman: este año las lluvias empezaron temprano, en agosto y septiembre, con jornadas en las que cayeron 60 milímetros en apenas tres días. Y desde el 1º de octubre, en algunos viñedos ya llovió el doble que en todo el mismo período del año pasado.
A eso se suma el momento en que llega el agua. En plena primavera, la vid está en su etapa de mayor crecimiento, y los brotes pueden crecer hasta cinco centímetros por día. Cada uno de esos centímetros nuevos queda desprotegido frente a los hongos, porque los tratamientos aplicados el día anterior no los alcanzan.
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“Habría que curar todos los días”, explican, y reconocen que eso es, justamente, lo que está pasando ahora. Salen a curar por la mañana, pero si a la noche vuelve a llover, el trabajo se pierde y hay que empezar de nuevo. Y como si eso fuera poco, aparecen las complicaciones logísticas. Con los suelos embarrados, las máquinas no pueden entrar a los viñedos para aplicar los tratamientos a tiempo. Algunos productores recurren a drones para curar desde el aire, pero ya casi no quedan para alquilar, y además no son tan efectivos como la maquinaria profesional. También empiezan a escasear algunos productos fitosanitarios, porque la demanda se disparó y no todos los proveedores tienen stock. Es decir que el desafío es completo, en todos los frentes, productivo y comercial.
Un ciclo más lento y más húmedo
La primera consecuencia de El Niño ya es visible en los viñedos: el ciclo de la vid viene atrasado. “De momento, lo que observamos es un atraso en la fecha de brotación de 10 días en promedio, y esto es para todo Mendoza”, explica Luis Reginato, enólogo de Luca Wines e ingeniero agrónomo de Catena Zapata. “Lo que se espera es un verano más fresco y con más lluvias, por lo que esperamos una ralentización del proceso de crecimiento y desarrollo de las plantas”, agrega.
Lucca Stradella, enólogo de Cimarrón Wines, coincide en el diagnóstico y apunta a las causas: “Estamos viendo un ciclo fenológico atrasado por falta de temperatura y de radiación solar, principalmente. Eso puede afectar varios aspectos, como la brotación, que en algunas partes se está viendo un poco despareja”.
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Pero no todo es negativo. Para Matías Ciciani Soler, enólogo de Escorihuela Gascón, todavía es prematuro saber cómo afectará al ciclo madurativo, aunque por ahora se observan “condiciones excelentes para la brotación, ya que hay agua disponible en un lugar donde habitualmente no la hay”. Además, la humedad acompañada de temperaturas bajas disminuyó el riesgo de heladas, por lo que, según su mirada, “en zonas naturalmente frías o extremas, este año vamos a tener una producción muy buena”.
Reginato comparte esa lectura: “Las lluvias han ayudado a no tener problemas de heladas y a tener un suelo con buena humedad sin necesidad de riego”. Incluso, anticipándose a los pronósticos, en sus viñedos decidieron regar menos de lo habitual durante el invierno, para que la humedad del suelo llegara por la lluvia y no por el riego, “algo que es raro para Mendoza”.
¿Cuáles son las zonas más afectadas? Para Francisco Fraguas, enólogo de Entrometido Wines, la respuesta es clara: San Juan y el Este mendocino, donde además ya hubo tormentas de granizo. Y advierte que las lluvias son generalizadas y que en el Valle de Uco ya se registraron heladas. Sin embargo, las heladas no son exclusivas de Mendoza. Según Ciciani Soler, en los Valles Calchaquíes, en Salta, una helada importante podría reducir la producción de la zona de Cafayate y Tolombón en más de un 50%, aunque aclara que no está seguro de que se deba a El Niño.
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La gran amenaza que trae la humedad son las enfermedades causadas por hongos. En esta etapa, las más temidas son la peronóspora y el oídio, que atacan las hojas y los brotes. Más adelante, cuando las uvas empiezan a acumular azúcar, aparece la botrytis, la podredumbre de los racimos. Según el ingeniero agrónomo Marcelo Cassaza, como diciembre suele ser el mes más lluvioso, los problemas más serios comienzan a partir de mediados de enero, con el envero. “Si el evento termina hacia el 15 o 20 de enero, se puede manejar; si se extiende hasta marzo, las complicaciones serán importantes”, advierte.
Todos tienen claro que las enfermedades en primavera pueden dañar las hojas y reducir la fotosíntesis, mientras que los problemas durante la maduración afectan directamente la calidad de la fruta. Por eso, el ISCAMEN, el organismo sanitario de Mendoza, recomienda aplicar tratamientos preventivos antes de cada lluvia anunciada, mejorar la aireación de las plantas mediante el desbrote y el deshoje, mantener limpios los canales y las acequias, e inspeccionar los cultivos después de cada tormenta para detectar las infecciones a tiempo.
“Toda esta lluvia es preponderante para que tengamos mayores problemas sanitarios en los racimos”, advierte Stradella, quien insiste en que los productores deberán ser muy cuidadosos con las aplicaciones para contrarrestar tanta humedad y evitar el inicio de focos de enfermedades.
El fantasma de 1998
Cada vez que se habla de El Niño en el mundo del vino, aparece una fecha: 1998. Aquella cosecha quedó grabada en la memoria de todos los hacedores por las lluvias persistentes, las enfermedades y las fuertes pérdidas que sufrieron muchas fincas. Según recuerdan algunos de los enólogos consultados, en ciertos viñedos se llegó a perder entre el 40 y el 50% de la producción. Y la comparación inquieta, porque los pronósticos indican que este evento podría ser tanto o más intenso que aquel, y bastante más que el de 2016, el último gran Niño que golpeó a Mendoza.
Sin embargo, también hay lugar para la esperanza. En 2016, las lluvias castigaron durante la primavera y parte del verano, pero marzo fue seco, y esa ventana de buen tiempo permitió terminar la cosecha en condiciones razonables. Por eso, más allá de las lluvias de estos días, la gran incógnita es qué pasará al final del ciclo. Si el clima da una tregua en el momento clave de la maduración y la vendimia, la historia puede cambiar por completo. Además, hoy las bodegas están mucho mejor preparadas que a fines del siglo pasado.
Otra de las preocupaciones tiene que ver con el equilibrio entre cantidad y calidad. Con tanta agua disponible, las plantas tienden a producir más, y los racimos más grandes y pesados pueden dar vinos más diluidos, con menos concentración. Por eso, los enólogos coinciden en que va a haber que trabajar mucho en el viñedo, tomar muchas decisiones en el momento justo y, en muchos casos, reducir rendimientos para preservar la calidad.
Y ahí, advierten, saldrá mejor parado el que pueda sostener la mano de obra que exige este tipo de temporadas. El problema es que todo ese trabajo extra tiene un costo, y llega en un momento en el que el sector no tiene margen. Fraguas lo resume sin vueltas: “Va a ser una temporada y una cosecha muy difícil, con mucha presencia de enfermedades”. Sobre todo, porque llega después de dos años muy malos para los productores, que en muchos casos no tienen los recursos para curar correctamente.
Qué vinos se pueden esperar de la cosecha 2027
Todos coinciden en que todavía es muy pronto para saberlo porque dependerá de cuánto duren las lluvias. “Es un poco de futurología”, admite Ciciani Soler, aunque se anima a proyectar dos escenarios: “Si El Niño termina, como está previsto en el mes de diciembre, me atrevería a decir que vamos a tener una cosecha excepcional en cuanto a calidad y cantidad. Si las lluvias persisten, va a generar complicaciones”. Y destaca un dato alentador: las lluvias vienen acompañadas de temperaturas templadas y medias más bajas, con un atraso en la brotación de unos 15 días, según el lugar.
Stradella, por su parte, cree que posiblemente los perfiles de los vinos de este año varíen un poco respecto de los típicos que se obtienen cada temporada, y que las cantidades a cosechar estarán sujetas a cuánto siga lloviendo y con qué frecuencia. Para Reginato, la temporada recién arranca y todo dependerá del régimen de lluvias y de temperaturas de los próximos meses. Y Fraguas aporta una mirada desde el mercado: como la cosecha 2026 fue muy buena, cree que esta podría servir para que se equiparen un poco tanto los stocks como la calidad.
Mientras tanto, algunas bodegas ya analizan adelantar la cosecha de las uvas blancas y de las destinadas a los vinos base para espumosos, para evitar que la humedad del verano las alcance y no acumular uvas en bodega en el momento más crítico. Y otras miran hacia regiones más secas, como San Juan, donde algunos ya bromean con salir a reservar uvas por las dudas. Lo cierto es que cada cosecha tiene su propio carácter, y la de 2027 seguramente tendrá el sello de El Niño.
Como demostraron otras añadas complicadas, el clima no siempre define el resultado final. Hoy, la viticultura argentina cuenta con mucho más conocimiento, tecnología y experiencia que en 1998. Los hacedores conocen mejor sus viñedos, saben interpretar cada parcela y tienen más herramientas para anticiparse. Y si algo dejaron en claro las últimas cosechas, es que los grandes vinos no nacen solo en los años de clima ideal, sino también en aquellos que obligan a dar lo mejor.
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