Mey Scápola llega al estreno de A cielo abierto con la sensibilidad de quien conoce el teatro desde la infancia y la perspectiva de quien hoy también conduce una obra desde afuera de la escena. La pieza del dramaturgo inglés David Hare se estrenó en el Teatro Regio como parte del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) y continuará en cartel hasta noviembre.
A cielo abierto, con un elenco integrado por el español Luis Bermejo, Paula Reca y Felipe Saade, retrata el reencuentro entre Luis, un empresario, y Ana, una maestra, unidos por un pasado amoroso y separados por profundas diferencias ideológicas. La obra indaga en la tensión entre el deseo, las convicciones y la posibilidad de amar a quien piensa distinto En diálogo con Teleshow, Scápola habló de los límites que plantean los vínculos, su presente como actriz y directora, sus maestros y la importancia de construir equipos de trabajo.
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—En “A cielo abierto” no hay villanos definidos. ¿Qué te resulta más desafiante de llevar esa ambigüedad a escena?
—Lo más interesante es que ninguno de los personajes baja línea. Los escuchás a los dos y cada uno tiene sus razones, su dolor y su manera de contar lo que vivió. Hay más víctimas que asesinos. Esa complejidad hace que la obra no se resuelva desde un lugar moral, sino desde los vínculos y las heridas que dejan.
—¿Y para vos, cuáles son los límites que no se pueden negociar en un vículo?
—Hay temas que me resultan infranqueables, como la política, la justicia social o la empatía hacia quienes son distintos a nosotros. Se puede tener una diferencia sobre cuestiones más livianas, pero hay una forma de mirar el mundo que para mí es fundamental. Me interesa pensar hasta dónde uno puede estar cerca de alguien que tiene valores muy diferentes.
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—¿Qué te permite la dirección que quizá no encontrás cuando estás solamente arriba del escenario?
—Me encanta armar equipos y pensar la obra desde todos esos lugares. Es una parte del proceso que disfruto muchísimo.
—¿Qué detalle cotidiano te sirven para comprender a un personaje antes de interpretarlo o dirgirlo?
—Me gusta pensar en todo, qué lleva en la cartera, cómo se viste, qué comió, cómo se peina. Son datos que pueden parecer pequeños, pero ayudan a construir una vida. No puedo abrir una cartera en escena y que no haya nada: necesito que esos objetos cuenten algo de esa persona.
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—¿Cuál fue el elogio que más te conmovió que te hayan dicho como directora?
—Que el equipo quiera ir a ensayar. Llegar al teatro y sentir que las personas la están pasando bien, que hay generosidad y ganas de trabajar juntas. El talento es indispensable, pero para mí también importa mucho que haya buenas personas y buenos compañeros. Esa es una de las cosas que más valoro.
—En un momento de menor producción de ficción, ¿cómo sostenés tu impulso como actriz?
—Hay menos trabajo como actriz, y eso se siente. Dirigir me permite seguir creando y no quedarme esperando a que suene el teléfono. Pero no siento que haya dejado de ser actriz: tengo un pie en cada lugar. La dirección me da otra posibilidad de trabajo, aunque actuar sigue siendo algo que amo profundamente.
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—¿Cuándo entendiste que el teatro podía ser más que un juego de infancia?
—De chica yo vivía en el teatro por mi mamá, que además nos llevaba a ver muchas obras. También tengo recuerdos de jugar con mi hermana y amigos, de mirar las representaciones de las obras de Hugo Midón y volverme loca. En ese momento era disfrute; después se transformó en una elección y en una carrera. Mis maestros, como Agustín Alezzo y Julio Chávez, fueron muy importantes en ese camino.
—¿Qué recordás de esos años de formación con Agustín Alezzo y Julio Chávez?
—Agustín (Alezzo) fue mi primer maestro y me dio mucho amor por el teatro y curiosidad. Con Julio (Chávez) también aprendí muchísimo. Creo que esa formación alimentó una mirada de dirección que yo ya tenía incluso cuando actuaba: siempre estaba pendiente de cómo funcionaba el conjunto, de los detalles y de todo lo que acompañaba al personaje.
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—¿Podés decir que no a determinados proyectos?
—Claro, no todos podemos hacer todo. Hay trabajos que no tienen que ver con una, con lo que puede dar o con la energía que puede poner ahí. Me ofrecieron varios unipersonales, por ejemplo, y no siempre sentí que fueran para mí. A veces no conecta el texto, a veces no se puede poner el alma o la creatividad en ese proyecto, y otras veces las condiciones no acompañan. A veces una se equivoca, por supuesto, pero también hay momentos en los que intuís que algo no es para vos. Poder reconocerlo es parte del trabajo.
—Además de dirigir, mencionaste proyectos recientes como actriz...
—Hice una obra con muchos actores que disfruté mucho, una película y un proyecto para Disney. También terminé de filmar una película para una plataforma, aunque todavía no puedo contar de qué se trata. Me entusiasma seguir actuando, aun cuando hoy haya menos ficción y las oportunidades sean más acotadas.
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<b>A cielo abierto</b>
—La obra parte de una relación clandestina, pero elegiste leerla desde las diferencias profundas entre dos maneras de entender la vida. ¿Por qué?
—El autor contó que escribió la obra a partir de su interés por el mundo de los negocios y del dinero. A mí me interesó más pensarla desde los vínculos: si se puede amar o estar cerca de una persona que mira el mundo de un modo muy distinto al propio. Me parece una lectura más cercana a nuestro contexto y a las preguntas que hoy nos hacemos.
—¿Cómo te acercás a una elección que, en lo personal, no compartirías, como una relación paralela?
—Ella, el personaje de la obra, pudo hacerlo y lo cuenta con mucha naturalidad. A mí me resultaría imposible, me aburriría y no me interesa. Pero el personaje tiene su lógica y su historia. La obra no juzga a nadie: permite escuchar qué vivió cada uno y entender desde qué lugar tomó sus decisiones.
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—Cuando forma un equipo para dirigir, ¿qué busca antes que nada?
—Busco talento, desde ya, pero también generosidad y buena convivencia. En esta obra pude proponer a Matías Sendón y Gonzalo Córdoba, con quienes ya había trabajado, y a Diego Steiner en la música. Me interesa rodearme de personas que tengan una mirada propia y que, a la vez, disfruten del trabajo con los demás.
—En los ensayos hay una costumbre tuya que suele llamar la atención...
—Soy muy de cuidar a mis equipos. Llevo facturas, budín o cualquier cosa para compartir porque me gusta que el ensayo sea un espacio agradable. Hay días mejores y peores, como en todos los trabajos, pero si existe un buen clima y las personas se sienten parte, eso también aparece después en el escenario.
—Con la obra ya en marcha, ¿qué esperás que le quede al público al salir del Teatro Regio?
—Me gustaría que se vaya con preguntas. Que pueda escuchar a los personajes sin buscar enseguida quién tiene razón, y que piense qué diferencias está dispuesto a aceptar en un vínculo y cuáles no. Para mí, esa conversación es el centro de “A cielo abierto”.
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