“¿Qué vida de niño es esa? Estoy ocho horas en un colegio, después con una niñera dos horas y con vos otras dos horas y me tengo que ir a dormir. Ni siquiera puedo elegir a qué hora me voy a dormir, si paso más tiempo con vos, porque tengo que dormir tantas horas para estar tantas horas en el colegio”, relató Emilia Attias al reconstruir la interpelación directa de su hija durante el proceso de adaptación que atravesaron tras la separación.
La artista abrió en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae, y reflexionó sobre cómo los procesos personales, la maternidad y el paso del tiempo moldearon su forma de ver la vida y sus vínculos. Su testimonio puso en primer plano el valor de la autenticidad, la coherencia y la búsqueda constante de bienestar, tanto en el ámbito profesional como en el personal.
Emilia es actriz, cantante, modelo, conductora y DJ. Alcanzó gran popularidad con su papel de Cielo en la serie juvenil Casi Ángeles, producida por Cris Morena, y desde entonces desarrolló una carrera que combinó televisión, cine, teatro y música. Participó en ficciones como Historias de diván y películas como El secreto de Lucía, además de conducir el programa Resto del mundo.
A lo largo de su trayectoria, también exploró su faceta musical como cantante y DJ, mientras construyó una vida familiar marcada por la llegada de su hija Gina. Tras su separación en 2024, inició una nueva etapa que, según contó, estuvo atravesada por la reconexión con sus proyectos creativos y con una versión más consciente de sí misma. Actualmente, conduce el ciclo Casino Deluxe en Infobae.

—¿En qué momento de tu vida te encuentro?
—Yo creo que estoy pegando la vuelta. Hay muchas cosas que siento que estoy más cerca de la Emi de los 20 que de la de los 30, encontrándome con quién era esa Emi a los 20, con esa vitalidad, ese fuego, que no es que lo perdí. ¿Nos conocimos en esa edad, no? Empezando las carreras de las dos. Y después, bueno, uno se acostumbra a ser una persona independiente, que trabaja y demás, y te olvidás de que tenés esas cualidades, porque las tenés muy naturalizadas. Es como que ya con tu hacha abriste el camino en el campo y te hiciste.
—¿Qué sentís que hay de distinto de tus 20 a esos 30 que no te identifican tanto hoy?
—Para mí los 30 fue una edad maravillosa y de un vórtex de crecimiento enorme. Fui mamá y si bien nunca fui muy inocente, y a los 30 casi nadie ya es como tan inocente, hay un camino de adultez por lo menos de 10 o 12 años de experiencia. Pero la maternidad te pone en un lugar realmente tan serio en la vida y de tanta responsabilidad... A mí se me abrieron un montón de preguntas en mi cabeza con la maternidad: ¿Estoy parada donde quiero estar en la vida? ¿Estoy orgullosa de mí? ¿Soy una persona realizada? Mi hija me va a mirar y no sé si la palabra es orgullosa de mí, pero me preguntaba ¿voy a ser un referente para ella? ¿Le inspiro confianza? ¿Yo me inspiraría confianza si fuera mi hija? En todos los aspectos de las vida, ¿no?
—¿Y qué te respondías en esos momentos?
—La verdad que yo siempre conté conmigo misma. Siempre me sentí bien adentro mío, siendo para mí misma y para las personas que me rodean. Pero un hijo es hasta ahora el ojo más crítico, el que más autoridad tiene sobre mí. Pero no autoridad de que ella hace conmigo lo que ella quiere. Me refiero, seriamente, a lo que ella necesite, a las preguntas que me haga, me lo tomo muy en serio. Me elevó la vara en que ahora quiero ser lo máximo. O sea, no quiero que tenga una mamá hasta acá. Estoy contenta conmigo, pero vamos por más.
—Viste que uno se cuestiona un montón desde que es mamá.
—Total. ¿Qué va a ver de mí? ¿Hay incoherencias? ¿Tengo cosas pendientes? Todo eso me puse a pensar.
—Y ahí entraste en una crisis profunda...
—Pero re sí... (risas). ¡Muy! Fue una especie de espiral interna.
—Igual todos los seres humanos en algún momentos nos empezamos a preguntar si hay inconsistencias en nuestro accionar, ciertas incongruencias, dudas...
—Yo he hablado esto a veces con mis hermanas o con otras personas y me dicen: “Yo me muero si la maternidad o la paternidad me hubiera pegado así”. Yo hice lo que pude. Yo la verdad es que me lo tomé muy tranquila, lo tomé como una oportunidad de crecimiento personal. Tuve una ventana de dos o tres años de terapia trabajando mucho todo este tema y te juro que me encanta porque me dio un escalón más de profundidad, madurez y de sabiduría. Y después en mirar para atrás y empezar a trabajar cosas. Porque venía trabajando mucho en cosas que el medio me iba proponiendo, pero tal vez no estaba diseñando la carrera que yo quería. Yo también tuve que aprender a mirarlo desde otro lado, porque a veces soy muy dura, he sido muy dura conmigo misma, pero ya no. Entiendo la dureza de estar siempre teniendo estos pensamientos, estás dirigiendo tu vida, estás construyendo la vida que vos querés. No significa que sea malo lo otro, pero por ahí es lleno de éxito, de dinero, de expansión y de visibilidad, pero haciendo cosas que por ahí no eran tanto las que yo quería hacer. Entonces, en ese momento, primero me tomé un par de años para estar conectada con la maternidad, respondiendo todas estas preguntas que tenía para hacerme y muy feliz con ese proceso. Encontrándome con mi hija, conociéndonos. Estuve mucho tiempo presente los primeros años con ella. Y después empecé a conectarme con un proyecto musical, a escribir y componer cosas que todavía no mostré. Ese es un espacio que volví a habitar puertas adentro, el del estudio, el de componer, el de la música, y estoy cerca de poder mostrar algo de lo que estuve haciendo todos estos años.
—Es que la maternidad nos obliga un poco a hacer un paréntesis, siempre y cuando podamos, porque es una postura de absoluto privilegio lo que decís. Poder parar la pelota es para pocos.
—Exactamente. En ese “hice como pude”, en realidad, también tiene que ver con cómo vos también te tomás la maternidad o la paternidad, desde la crianza, desde el día a día. No lo digo solamente por lo que uno pueda en cuestiones de trabajo y de salir a buscar el dinero para sostenerte, porque en un punto a todos nos puede pasar. Yo nunca me relajé en ese sentido, por más de que tenía un compañero que trabajaba y demás, yo soy muy independiente y me siento bien teniendo lo mío. De hecho siempre fui una mamá muy activa desde que ella era chica, pero trabajaba mucho menos para poder estar más con ella. Ella venía también mucho a mis escenarios laborales, tan diferentes. O sea, siempre quise que ella estuviera muy cerca también de ver a esta madre trabajadora. Me acompañó mucho. Pero para mí, la responsabilidad de la coherencia que yo quiero tener es lo que ella vea de mí, qué hago en mi vida, cómo me manejo cuando trabajo, cuando soy yo también hija o pareja, o ciudadana, más allá de cómo sea como mamá con ella. Que lo que ella vea de mí sea coherente con lo que digo, con lo que yo le estoy enseñando. A mí me gusta mucho tener ese grado de conciencia, de la coherencia, la solidez.

—¿Qué le ves a Gina de vos?
—Un montón de cosas del linaje femenino de mi familia. Hace poco comí con mi mamá y con una de mis hermanas y hablábamos de eso: de las cosas parecidas que tenían mi bisabuela, la abuela, ella y todas nosotras. Y un poco es lo que le veo a mi hija. Hay como un linaje de las mujeres de nuestra familia muy fuertes, que es la fuerza de bancarse su propia identidad. Es una persona muy fuerte que se respeta mucho a ella misma. Tiene autoestima, dentro de todas las inseguridades que todos podemos tener en la vida y que todos las tenemos. Pero hay algo de pararse en ella misma y saber que tiene un valor. Es como “si querés que yo haga algo, me lo tenés que explicar, porque yo tengo mi pensamiento. Quiero que me expliques, porque si yo voy a tener que cambiar mi pensamiento y entender para poder hacer algo que vos me estás pidiendo, necesito entenderlo”. Tiene mucha autoridad personal.
—¿Eso que ves o sentís lo tomó de vos, de tu familia?
—Yo creo que sí. La fuerza de ir para adelante. Después es muy personaje, muy divertida, muy artista en la manera en la que se expresa. Y la sensibilidad. Es muy sensible, muy atenta, tiene mucho registro de lo que genera en el otro. Creo que eso también es muy lindo. No solamente la parte de la fuerza, de cómo uno puede ser una topadora, más que nada para poder sostenerse en la vida, sostener las convicciones, tus propios deseos, construir lo que vos quieras. Creo que esa fuerza natural, que tiene todo mi clan femenino, lo veo como algo muy positivo para todas estas cosas en la vida, ¿no? En casa hay mucha armonía, las cosas se hablan mucho y yo nunca le puse un límite sin explicarle por qué. Soy de fundamentar mucho las decisiones.
—El “porque lo digo yo” no existe para vos.
—No existe. No me parece que esté bien y se lo enseñé. Le digo: “Hay cosas que no tienen mucho retruco, pero te las voy a explicar. Es un no por esto y por esto. Te voy a explicar todas las preguntas…”
—Es como “no necesito que estés de acuerdo, pero te lo voy a explicar”.
—Obvio. Y me parece sano no criar hijos o niños como programados para obedecer…
—Adoctrinados.
—Exacto, adoctrinados. Me parece que el mundo está muy adoctrinador, está formateado, hay muy poca libertad realmente, por más de que uno crea que la tiene, hay muy poca libertad. Es la información que nos aparece desde el teléfono o desde cualquier cosa. Lo más básico o más visible son reglas, pero hay muy poca libertad en todo. Entonces, el pensamiento crítico es una isla de libertad para mí, de autonomía y eso es lo que le enseño. Dentro de todos los valores, eso para mí es muy importante.
—Recién me contabas cómo la maternidad te interpeló, te invitó a autocuestionarte. ¿En algún momento sentiste que tu hija te cuestionó?
—No directamente, pero yo creo que cuando me separé... No sé si con el padre lo habrá hecho, supongo que sí, pero siento que por las circunstancias ella necesitó hacer un doble check. Fue el único momento en donde sentí un poquito de cuestionamiento, pero no un cuestionamiento puntual sobre actitudes o demás, sino como que era algo general de ver hasta dónde. Quiero ser clara con esto. Me imagino que se le mueve un mundo a un niño cuando los padres se separan. Ella tenía siete años y fue: “Bueno, ¿mamá va a estar disponible o no va a estar disponible? ¿Se va a ir o no se va a ir? Tiene una nueva pareja. ¿Qué lugar voy a ocupar yo? A ver qué tipo de mamá sos”. El qué tipo de mamá sos lo sentí, pero en base a la circunstancia.
—Qué difícil igual, ¿no? Porque ni uno sabe dónde está parado.
—Vos vas viviendo la vida y es tu propio proceso. Pero fue la primera y única vez que sentí que ella me estaba mirando un poco más seria. Estaba mucho más a prueba en lo que le respondía, lo que decía y lo que hacía. Me llegó a decir: “Trabajas demasiadas horas. Yo estoy en el colegio ocho horas. Llego a casa y estoy con una niñera porque vos seguís trabajando y cuando volvés a las siete, estoy con vos dos horas y me voy a dormir. Eso no es vida”.
—¡¿Eso te ha dicho?!
—“¿Qué vida de niño es esa? Estoy ocho horas en un colegio, después con una niñera dos horas y con vos otras dos horas y me tengo que ir a dormir. Ni siquiera puedo elegir a qué hora me voy a dormir para ver si paso más tiempo con vos o si me tengo que ir a dormir, porque me tengo que ir a dormir, porque tengo que dormir tantas horas para estar tantas horas en el colegio”, así me habla mi hija (risas). Te juro que un día me dijo todo eso. Ese nivel, ¿entendés?
—Yo me hago desmayada y que alguien llame a alguien (risas).
—Me encanta porque yo soy a veces muy punzante cuando le hablo así de ciertas cosas. No sé si es por mí o no que es así. Pero es ese nivel de discurso tiene a veces. Entonces, me interpela muchísimo porque es mi hija, porque es una hija para una mamá, pero aparte su personalidad es muy interpeladora.
—Frente a esas situaciones y en contextos difíciles, porque no nos olvidemos que más allá de la elocuencia que tiene una niña que habla así, que es maravilloso y advierte su inteligencia, podes decir: “Che, estoy haciendo realmente lo que puedo con mi emocionalidad, con tener que salir a laburar”, con un montón de cosas que le pasa a todas las mujeres”. ¿Cómo sobrellevaste la culpa que es tan protagonista y uno la escucha tanto en testimonios de separación con chicos?
—No sé si puedo decir que no soy tan culposa, pero creo que no soy de las madres más culposas. Pero porque me ocupo mucho, le pongo mucha conciencia a las cosas en general en mi vida y a la maternidad sobre todo. La separación te cambia el escenario, porque de golpe estás viviendo sola con tu hija. En mi caso, el padre no estuvo al inicio de la separación, hizo un viaje muy grande un tiempo. Entonces me tocó estar 24/7 con ella. Después empezamos a tener una vida de separados normal. El padre volvió y estamos repartidos como cualquier familia con padres separados. Pero en ese momento yo le dije: “Yo sé que es duro lo que nos está pasando a las dos. A mí no me ves llorar, me ves bien y estoy bien, pero por adentro tengo un montón de procesos y emociones que estoy viviendo. También tengo angustias y ganas de estar más tiempo con vos. Pero tengo que salir a trabajar, primero porque los adultos trabajamos para poder sostener nuestra vida, que vos tengas esta casa, tu ropa, vayas al cole, comas rico, todo eso es porque mamá trabaja y puede tener un dinero que puede hacer que vos estés segura, calentita, que vayas a un buen colegio, una situación que muchas personas no pueden tener. Y eso implica irte mucho tiempo afuera de tu casa y trabajar para ganar el dinero para eso, por un lado. Por otro lado, me dedico a algo que me gusta mucho”, le expliqué. Porque le quiero dejar siempre en claro que el trabajo no solamente es una situación de esclavitud, de tener que trabajar y esforzarse para tener un dinero a cambio para sostener esto, como una especie de supervivencia. Para muchísimas personas lo es. Entiendo que yo le estoy enseñando una postura que es un privilegio que te pase en la vida.
—Sí, que es dedicarte a lo que te gusta.
—Por supuesto. Pero también me gusta dejarle ese mensaje, que el trabajo también puede ser algo que te vitalice, te genere satisfacción, una realización personal, que tengas desafíos dentro de tu trabajo, que te dé placer conquistarlos, que eso requiere disciplina, trabajo, esfuerzo, tiempo fuera de tu casa, formación, lo que sea. No solamente que yo me vaya a trabajar tiene que ver con conseguir el pan, por ejemplo, sino que también tiene que ver con algo de libertad, de independencia femenina, de poder tener lo tuyo y satisfacción personal por logros personales. Y eso construye felicidad. Y yo soy una persona responsable con mi felicidad, le he dicho esto. “Eso también tiene que ver con mi felicidad, como muchas veces le digo que no al mundo de afuera para estar con vos. O sea, hay muchos no que yo digo afuera también: no a salidas, no a otros trabajos, para quedarme con vos. Porque lo elijo, porque también es construir mi felicidad eso, porque vos me das felicidad y yo quiero estar acá con vos”, le dije.
—¿Y la sentiste receptiva?
—Me escucha atentamente cuando le digo eso. “Igualmente, entiendo que estás necesitando más de mamá y voy a trabajar en eso”, le expliqué. Y trabajé en eso y se lo di, porque sino las palabras se las lleva el viento.

—¿Y cómo es el amor después del amor?
—Es maravilloso. Es distinto porque es como un volver a empezar, ¿no? Hay como un código, esto que te explicaba al principio de volver un poco a mí. En mi caso, yo tuve una pareja 19 años, volver a esos inicios de cómo era empezar con alguien algo. Volvía una energía muy joven también, muy juvenil. Pero por otro lado…
—Otro idioma, otro ritmo, otra historia.
—Sí, pero a la vez yo ya no soy la misma. Soy una persona que tengo un recorrido conmigo misma en mi vida, entonces me conozco más, estoy más plantada en saber lo que quiero, lo que no quiero, qué me gusta, qué no. En ese sentido es mucho más cómodo porque el diálogo es muy directo, ¿viste? Leés muy rápido si va o si no va. Qué cosas sí, qué no. El amor después del amor con una persona como la que yo tengo hoy en día al lado, más allá de obviamente que es maravilloso y desafiante, porque es como una transformación, las parejas lo somos para el otro, el uno para el otro. Las parejas siempre estamos enfocando cosas que nos hacen transformarnos, mirarnos, crecer. Pero siento que miro para atrás y estoy armada. En el caso de él, lo mismo, laboralmente, profesionalmente, ambos somos padres. Entonces, es acompañarnos en disfrutar. Para mí hay cosas que no se negocian a esta altura de mi vida.
—¿Qué cosas no negocias?
—La paz, mi tiempo, verdades. La verdad no se negocia tampoco para mí. La felicidad, el disfrute, la libertad y esto de la honestidad. Porque eso es respetar la libertad del otro y el tiempo del otro. Yo estoy en una edad en donde puedo hablar todo, literalmente de cualquier cosa. Si yo estoy pensando en tener una pareja sólida y larga, siempre le digo a él, es la verdad y la comunicación ante todo, por más de que sea incómodo, difícil. Además ya estamos grandes, nadie te va a venir con un bate. Pero imaginate que yo joda con tu tiempo y no te cuente cosas que vos no aceptarías. Me estás jodiendo con mi libertad y con mi tiempo.
—Sí, hay una irresponsabilidad emocional también.
—Irresponsabilidad emocional y una falta de respeto al tiempo y a la libertad del otro de decisión. Yo soy muy respetuosa con eso. Y después, si todo eso está en la mesa y estamos okey, tenés el cien por ciento de mí.
—¿Te imaginas volviendo a ser mamá?
—La verdad es que siempre quise tener más de un hijo. Ya ahora tengo casi 40. No está en los planes de nuestra pareja. Pero no es algo que digo no. Tendríamos que querer mucho los dos, ¿viste? Y la verdad es que yo soy muy feliz siendo madre de Gigi. También me llenó mucho. Siento que ya habito la maternidad. No tengo la necesidad de tener otro hijo, las ganas de tener otro hijo per se. Sino que siento que en mi caso, en este momento de vida, sería más una consecuencia de la pareja, no del otro sino de la pareja y no tanto individual. Si fuera un tema muy importante para mí individualmente, que a un montón de personas les pasa, que son ya padres o madres porque quieren tener realmente más hijos, por la edad que tengo, me pondría muy seria con ese deseo a diseñar esa vida, esa realidad. Si ser madre soltera o no...
—Si él no tuviese hijos, tal vez habría otro planteo.
—Exacto. Yo la verdad es que siento que estoy armando algo súper lindo. Él tiene una hija, tenemos algo ensamblado que para mí es muy lindo, la casa se llenó de ruido. Somos más que dos, para un lado y para el otro, y eso se siente muy bien y la verdad se disfruta mucho a esta edad. Mi hija tiene 10 años. Tener esos momentos de pareja sin tener niños chicos es lindo también. Si tenés hijos de nuevo es volver a empezar y es como una aventura distinta, pero se te corre un poquitito esto que nosotros tenemos hoy.

—Si te pudieses tomar un mate con la Emi de hace 10 años atrás, ¿qué te dirías?
—Es tremendo lo que me estás diciendo porque preferiría con la Emi de los 20. Porque los últimos 10 años fueron una catarata de aprendizajes. Yo siento que de mis 20 a los 30 fue como una locomotora y que después de la maternidad arrancaron una cantidad de preguntas que hicieron que tenga un trabajo muy profundo de revisión mía, de la vida, también dentro de la pareja, cosas que era necesario, ¿no? Para este grado de conciencia que me agarró. ¿Qué me diría?
—A sabiendas de ciertas cosas que pasaron, con el diario del lunes.
—En algunas cosas no tardé tanto. Y no lo digo por la separación. La verdad es que yo honro mucho a mi pareja anterior. Lo adoro y tenemos una relación muy linda. Pese a este desglose que yo necesité hacer de mis 30 a mis 40, o de mis 30 a mis 37. Pero para mí la primera revolución fue la maternidad, en esa década. Y fue como un redescubrirme en un montón de cosas. Fue un despertar mío en un montón de cosas y conducir mi carrera también para un lado muy diseñado. Estaba en un proceso de mucha transformación. ¿Qué me diría? Que siga por ahí, que escuche mi brújula como lo estaba haciendo, que no tarde tanto tiempo en tomar ciertas decisiones y ocuparme de ciertas cosas. Que confíe en mí.
—¿Te cuestionaste mucho?
—Me parece un ejercicio inteligente cuestionarse. Soy de cuestionarme bastante, pero no mal. La verdad que hace años que dejé el autocastigo, la culpa, el pegarme. Eso era mi energía muy del principio de mi adultez. Después, la verdad que entendí. Hay cosas que decís: “Che, pará, me cuestiono igual”, porque digo: “Tengo esta convicción”. “Bueno, ahora cuestiónatela”. Me parece que es un signo de inteligencia hacerlo. “Estoy donde quiero estar”. “Okey, cuestiónatelo”. Pero no constantemente estar cuestionándote y cuestionando a los demás sino no vivís. Ese poquitito de check para sostener esa convicción y esa coherencia, está bien. Por eso el ejercicio de cuestionarme siempre lo tuve. Ahora, cuestionarme en el sentido de ponerme contra la pared y decir qué estás haciendo y no estar de acuerdo con algo, no.
—Te avalarías en el proceso con una palmadita y decirte: “Seguís que vas bien”.
—Exactamente. Yo creo que lo que más haría sería abrazarme. Siempre estoy como cargando muchas cosas. En mi familia particularmente es una historia muy atravesada por todo el clan femenino, el tema de sostener y quiero desaprender eso. En esta etapa de mi vida estoy muy disponible para desaprender eso, porque ya sé que es algo que no se me va a ir. Lo bueno y lo positivo de eso es que no se me va a ir. Lo malo que tiene es acostumbrarte demasiado y que te cueste recibir, ¿viste? Dejarte ayudar, esas cosas que nos hacen sentir raras a las mujeres que vamos para adelante por la vida, que nos hicimos solas. Me parece que es un punto que quiero observar en esta etapa. Quiero observar y modificar. Estoy divertida con esa idea.
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