Iván Schargrodsky, el periodista que evita ser noticia: perdió a sus padres a los 20, se autogestionó desde muy joven y el amor de su hijo lo transformó

En Ellos, el director de Cenital recordó los momentos más difíciles de su vida y contó cómo la paternidad cambió su forma de mirar el mundo. Además, reveló cuáles son las prioridades que guían sus decisiones y los aprendizajes que marcaron su presente

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“Todo lo que dicen sobre que te cambian las prioridades, es todo verdad”, aseguró Iván Schargrodsky al hablar sobre cómo la paternidad modificó su manera de ver la vida. En Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, el periodista contó cómo la llegada de su hijo, Lucio, reconfiguró su mundo y reveló que fue durante los primeros meses cuando sintió con mayor fuerza la ausencia de sus padres.

A partir de los 12 años, comenzó a autogestionarse en distintos aspectos de su vida. Tras la muerte, primero de su papá y luego de su mamá, tuvo que afrontar, además, una deuda que había quedado pendiente y que tardó seis años en saldar. Esa experiencia marcó su manera de pensar el futuro y también la forma en que hoy ejerce su rol de padre. “Tengo pánico de que mi hijo sea un malcriado”, reconoció.

Schargrodsky es director de Cenital, el medio digital que fundó en 2019. Allí escribe el newsletter Off the Record, conduce On The Record, el ciclo de entrevistas en profundidad, e integra El fin de la metáfora, junto a reconocidos colegas.

En una conversación en la que se permitió correrse del lugar habitual del periodista que pregunta para hablar de su propia historia, también se refirió a su separación, a sus ganas de volver a enamorarse y a los momentos que considera determinantes en su vida.

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Iván Schargrodsky dijo que la crianza de Lucio lo interpela en su rol de padre y que un abrazo de su hijo modifica de inmediato su estado de ánimo. (Adrian Escandar)

—Me encanta tenerte acá porque es raro pensarte en este tipo de espacios. ¿Estoy equivocada?

—No, no estás equivocada. Estoy ligeramente arrepentido ahora que hiciste la presentación (risas). Porque no es habitual hablar de uno en este rol.

—Pero vos lo sabés mejor que nadie, porque hacés gestión de medios y todo lo que respecta a la comunicación y la visibilidad, que hoy en día la gente quiere conocer un poco más el detrás de escena.

—Yo tengo 37, pero en general parezco más grande, por las cosas que hago, o por lo menos, por los estímulos que recibo afuera. Estoy seteado, formateado en una lógica de, si querés, los 80’s, 90’s, de cómo se hacía en ese momento el periodismo o la gente que yo veía. El periodista o, como decís vos, el gestor de medios o lo que sea, no era la noticia, no era interesante. Y entonces quedé medio formateado en eso. Pero bueno, también uno es un híbrido...

—Te resguarda un poco más estar desde ese lugar, te preserva. También me parece que quienes somos parte de este medio, en algún punto entendemos esa preservación como una necesidad.

—Y más después de ser padre. Ahí es como que uno reconfigura un montón de cosas.

—Una vez mi papá me dijo: “Hijo de tu madre, pariente de tu padre”. ¿Cuánta razón tiene con ese dicho? (risas)

—Si me permitís el humor negro... Todo eso no lo sé en realidad, o lo tengo un poco atrás en el tiempo, porque yo, al margen de que perdí a mis viejos, no cuando era chico, porque uno dice chico y parece Batman a los cinco años. Yo tenía 20, 21 años cuando pasó, con meses de diferencia. Y al comienzo yo recuerdo una infancia muy linda hasta los 10, 11 años. Después, quiero ser cuidadoso, porque no está y no se puede defender, pero mi vieja tuvo algunos temas. En ese momento no lo sabíamos, ahora se dice salud mental, y son más evidentes, más visibles, más detectables. Entonces de ese momento hasta que ellos dos fallecieron, la relación de conversación habitual que uno tiene, o de sacarse dudas o de trasladar problemas, medio que se obturó. Es decir, yo a partir de los 12 años me autoadministré, me autogestioné. Que no significa que no estuvieran ahí, pero estaban resolviendo sus cosas.

—¿Pero sentiste esa necesidad a partir de la situación de tu mamá o por otro disparador?

—No, te diría que cuando apareció esto de manera más visible o más nítida se dio naturalmente que yo me empecé a autogestionar. Me iba de mi casa a la escuela o después al club y volvía y, donde nací yo, en Bahía Blanca, y donde me crie, eran lugares donde muchas veces las situaciones de conflicto las resolvías con la palabra, pero otras tantas no. Entonces uno volvía a su casa con esos registros de alguna situación de conflicto y tampoco había pregunta en ese sentido: “Che, ¿qué te pasó?”. Entonces, yo de los 12 hasta, te diría, bastante entrado el tiempo que me vine para acá, era una relación más, si querés, instrumental o logística.

—¿Con ambos?

—Con ambos. Mucho más con mi mamá, que estaba suprimida, digamos, para el vínculo. Con mi viejo era diferente porque ¿viste que cuando tenés esa edad y tratás de ser ayuda inconscientemente? No sabés cómo, porque son problemas que te exceden y te das cuenta después. Entonces, supongo que es un proceso que todavía no determiné cuándo y cuánto fueron papá y mamá y cuándo uno se emancipó, ¿no? Yo tengo el registro de eso a los 12, pero debe haber sido más tarde.

—Me gusta la interpretación que hiciste de lo que te dije, porque cuando yo te lo comenté, me resonaba más sobre cómo vos te proyectabas con tu hijo y fijate cómo lo llevaste a tus padres.

—Es correcto.

—Entonces, te vuelvo a decir lo mismo para que, más allá de todo lo que me acabás de compartir, me cuentes cuán cercano o cuán real puede ser este dicho de “hijo de tu madre, pariente de tu padre” en relación con tu chiquito.

—Yo de lo que no sé, y creo que la paternidad es algo que es muy reciente para mí, digo, son seis años, pero tampoco tengo con qué comparar. Digo, no sé...

—¿Y si comparás con tu propio vínculo con tu padre? ¿Sos más cercano, más distante o más cálido?

—Por ahora parecido, porque mis viejos, en esa comparación, eran cercanos, eran cálidos, estaban muy presentes. Proyecto seguir siéndolo mucho tiempo más de lo que lo disfruté yo. Y con Julia, con la mamá de Lucio, estamos separados, pero hay mucha sintonía respecto a que, lo digo de una manera distante pero para que se entienda, de qué hay que hacer con él.

—El plan de acción, el plan de vuelo (risas).

—Exactamente, la hoja de ruta (risas). Pero sí es cierto que uno es por ahí un poco más rígido, ¿no?, por la crianza y tal. Te pongo un ejemplo rápido: cuando hay un conflicto en la escuela, para prestarle atención a un conflicto, por ejemplo, si se peleó, por cómo me crié yo, tiene que ser grave, tiene que haber un registro físico o algo que... Hay un libro que creo que era de Alberto Ades, que es una persona que se dedica al sistema financiero, pero hay un ensayo epocal que escribió, que me lo recomendó un amigo mío hace muy pocos días, donde él muestra cómo, lo cual es lógico, progresivamente de equis cantidad de años a esta parte, los chicos se fueron... Por ejemplo, yo iba solo a los ocho años a jugar a la plaza en mi barrio, en mi ciudad, algo que hoy sería completamente impensado que pueda hacer mi hijo en la ciudad de Buenos Aires. Entonces, cómo eso los va, viste, poniendo más...

—Metiendo para adentro.

—Exactamente. Yo creo que eso te achica herramientas y si lo digo de una manera medio provocativa o más grotesca: si los chicos con los que yo me crié le piden la hora en la calle a mi hijo hoy o a mi hijo dentro de cinco, seis, ocho, diez años, probablemente a mi hijo le baje la presión. Y eso es algo que voy a tratar de combatirlo, probablemente fracase, pero bueno, esa es un poco la dualidad, digamos. Así que por ahí sí, es como decís vos y probablemente sea como decís vos.

—Me sorprende lo que me decís, porque te he escuchado hablar de tu hijo con un grado de sentirte muy interpelado en tu rol de papá. Has dicho algo así como que, sin dudas, es tu mejor plan. También has mencionado llegar con una situación de conflicto y que, de golpe, un abrazo de él haga que todo afloje. Entonces, fijate cómo, por un lado, me decís que te cuesta conectar, pero, por otro, cuando no hay una marca visible, el conflicto que él pueda llegar a compartirte o comunicarte hace que te cueste registrar la importancia que eso tiene para él. ¿Estoy interpretándolo bien o no?

—No, me expresé mal yo, no es que lo interpretaste vos. Yo creo que las situaciones de conflicto hay que atravesarlas, no hay que escaparlas, no hay que escaparse. Hay que ir de frente...

—Siendo niño o siendo adulto.

—Sí, de cualquier manera. Es decir, extraer a alguien de una situación de conflicto para mí no es opción. Por supuesto, hay una instancia que es de deliberación y hay un nivel de gravedad y tal. Lo decía más de ahí, y también probablemente sea un anticuerpo que yo tengo que combatir mucho. Pero si él me dice a mí que se siente mal por algo, yo me desarmo.

—Claro, tenés que abrir una caja de herramientas.

—Uno se transforma en un cliché permanente, ¿no? Le duele algo y vos lo que querés es que te duela a vos, ¿no? Sea una cosita muy chiquita o sea algo grave. Y en ese marco, me acuerdo la primera vez que tuvo algo parecido a una gastroenteritis y realmente la primera reacción que a uno le sale es esa... Yo no soy creyente, me gustaría serlo, y estoy como en un proceso de ver si logro, pero en ese marco de pedir, no sabés a quién, pero decís: “Che, que esto me pase a mí no a él”.

—Decís: “Trasladámelo”.

—Claro. Entonces, te transformás en un cliché en ese sentido. Y sí, todo lo que decís es así. Yo tuve una situación, que me acuerdo muy vívidamente, que tuve un conflicto interpersonal y laboral muy fuerte con alguien que no era recomendable tener un conflicto (risas).

—Con el que no te tenías que pelear.

—Exactamente. Y llegué a mi casa y fue la primera vez que Lucio vino corriendo y me abrazó. Y me acuerdo que fue instantáneo el cambio de ánimo.

—Cuasi químico.

—Químico. Si me permitís la audacia, le sacaría el cuasi. Y digo: “Ah, esto es muy groso, de verdad”.

Ellos Ivan Schargrodsky
La muerte de sus padres con pocos meses de diferencia marcó una etapa de orfandad temprana y deudas que tardó seis años en saldar. (Adrian Escandar)

—¿Y cómo fue encontrarte con esa sensación a los treinta y pico?

—Te desordena un poquito. Porque uno viene con muchas máximas: muy rígido, con mucho foco y con un marco teórico donde la neurosis es buena, la paranoia es buena y la guardia alta es buena. Sentís que todo eso es bueno porque le sirve a uno para el trabajo y en el mundo en el que se mueve y demás. Después todo eso te lo... No te digo que...

—Es un Jenga (risas).

—Exactamente. No te digo que se desarma automáticamente, pero casi. Porque todo lo que se dice, y voy a ponerlo en fast forward, pero todo lo que se dice sobre que te cambian las prioridades, es todo verdad. Entonces, no hay mucho que hacer con eso y yo creo que es bueno no combatirlo, porque es un sentimiento tan puro y tan transparente, tan sano...

—Tan real.

—Sí. Porque ahí te das cuenta también y ponés en perspectiva un montón de cosas donde se te iba la vida.

—Es paradójico porque no es tangible, ¿viste? Pero a nivel sensorial es tan real que es muy difícil de explicar o de intelectualizar lo que uno siente por un hijo.

—Cien por ciento. No me acuerdo si fue un rompecabezas o qué fue, pero la primera cosa que él pudo hacer solo, estaba tan contento y tan orgulloso. Probablemente sin saber qué significaba esa palabra en ese momento y todo eso uno lo va viviendo con él. El primer año no la pasamos bien, que también hay que decirlo porque parece que te hablo y todo desde el día uno es maravilloso y es extraordinario y no. Tiene sus cosas. Si no tenés una enorme cantidad de recursos y sobre todo si tenés la suerte o la desgracia que nazca en el medio de una pandemia, cosa que no se los recomiendo. No tengan hijos en el medio de una pandemia, si pueden. El primer año, por el sueño, fue complejo. Tampoco romantizar situaciones que, de nuevo, era 24/7, porque no podía entrar nadie, nadie podía ayudar y demás, que en realidad es la situación que atraviesan la mayoría de las familias, estén o no en pandemia. Después, sí. Yo soy pro tener hijos, en ese sentido.

—¿Tendrías más chicos?

—¡Pará, Luli! Tampoco tanto (risas).

—Dijiste: “Soy pro tener hijos” e inmediatamente me decís “pará”...

—Bueno, pero ya tuve.

—Pero lo dijiste en plural.

—No, pero viste que hay una discusión sobre la tasa de natalidad y ese bocal, como uno está más focalizado en sí mismo y sobre todo en Europa que hay un problema en ese sentido, el envejecimiento de la población...

—Sí, también económico. Es súper caro tener un hijo.

—Por supuesto. Pero hay algo universal y en ese sentido lo pluralizaba, en función de la gente. Pero bueno, ahora vos me preguntás: “¿Tendrías otro hijo?” Estoy más cerca del sí que del no.

—Me quedé pensando en lo que me compartías de esos momentos del rompecabezas, del abrazo. ¿Hablás con Lucio, le contás todos estos sentimientos, estas emociones que te transitan el cuerpo cuando estás con él?

—Sí. De hecho, lo hago porque creo necesario hacerlo, que lo sepa, y porque, a ver cómo lo digo y que no se malentienda. La persona que yo soy cuando no estoy con él no quiero serla de ninguna manera cuando estoy con él. Entonces, trato de tener comportamientos muy distintos.

—¿Y por qué?

—Visto desde él, no me gustaría que él vea la persona que yo soy cuando no estoy con él.

—Y cuando vos te ves, cuando no estás con él, ¿te gusta quién sos?

—Soy. Hay un momento en el que...

—Hay una decisión y un hacerte responsable de cómo sos.

—Sí, pero yo me voy a refugiar en una excusa, que es esta frase que dice algo así como... La voy a resignificar, pero que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Algo parecido en ese sentido. Bueno, entonces, con toda esa secuencia, además de la orfandad temprana, literalmente, yo tuve no te digo una orfandad previa. Pero sí una autogestión...

—Esto que me contabas de una autogestión desde muy chico.

—Después tuve situaciones de mucho conflicto cuando se murieron mis padres por una deuda que había quedado. Entonces, yo desde muy chico tuve que hacerme cargo...

—Tus padres murieron con muy poco tiempo de diferencia. Murió primero tu padre y al año murió tu madre.

—Exactamente. Y un mes antes mi papá, algo que uno cuando es chico lo primero que hace es llama su mejor amigo, pero fue en un accidente de tránsito y todo muy complejo. Pero cuando se muere mi viejo, mi mamá estaba con eso...

—Su enfermedad.

—Sí, con su enfermedad. Yo tenía 21 años y no tenía tan claro qué iba a pasar, ¿viste? Uno va resolviendo en el camino. No se puede teorizar. Es como resolver, resolver, resolver...

—Sí, hacer lo que podés.

—Y viene una persona vinculada a un gremio, con quien mi papá tiene una deuda y, estuvo muy bien igual, pero me vino a decir que estaba la deuda. Me dijo: “Yo te voy a esperar, vos quedate tranquilo”, porque yo le digo: “Mirá, lo único que yo tengo es esta casa, que la tengo que dividir con mis hermanos porque corresponde y aparte acá vive mi mamá, yo esto no lo puedo tocar. Y trabajo allá, no vivo al día pero no sobra para pagarte la deuda”.

—Estabas recién arrancando.

—Y él me dijo: “Te voy a esperar”. Yo primero tuve una reacción que, como noera una deuda formal, le digo: “Las deudas no se heredan”. Y me miró como diciendo... Me trató de explicar algo como: “Yo no vengo acá con el manual de derecho. Lo que te estoy diciendo es que esto tiene que ser...”.

—Las cosas en la vida se ganan por amor o por temor.

—Exactamente. Y después le dije: “Entendí, está bien, perfecto. Yo necesito tiempo”. Y me esperó y saldé la deuda. Tardé como seis años.

—¿Te enojaste con tu padre por eso?

—No. Las cosas vienen, ¿viste?

—Bueno, pero si el día de mañana la situación se repite y vos...

—No va a pasar. Eso no va a pasar. Yo cuando me compré la casa donde vive ahora Lucio con Julia, lo primero que hice fue ponerla como bien de familia. Es un trauma, ¿viste?

—Es un aprendizaje de tu experiencia.

—Es un aprendizaje. Porque ahí decís: “Tiene un techo, ya está”. Y después yo voy previendo todo, mucho más en función del futuro de él que el mío. De hecho, tuve una charla con un colega, justamente. Viste que los que somos self-made, tuvimos que hacernos a nosotros mismos, y otra gente tuvo la suerte de que no. A veces sobre este grupo hay un montón de gente que ha logrado despegarse de esas facilidades y hacer cosas por sí mismo y otros que no. Entonces, yo trato de no generalizar en eso porque quiero ser justo. Pero lo que me decía este colega es: “Tampoco transformarlo en alguien que no sabe cuánto valen las cosas”, ¿no? Bueno, y ese trade-off está permanente. Pero yo estoy más tentado de dejarle facilidades y por lo menos que tenga algún lugar donde vivir y que no tenga que pelearse...

—Que no tenga complicaciones.

—Claro, con sindicalistas para saldar una deuda...

—En el momento que te estén velando. Es un choque un poco fuerte.

—Claro. Ni ocho ni 80, decía mi papá, que tenía una frase en ese sentido.

—Me parece linda la manera en que pudiste tamizar todo eso. Porque cualquier otra persona estaría enojada con la vida, porque le quitó a sus padres siendo muy joven; con sus padres, porque lo dejaron con una deuda que le costó más de seis años saldar. ¿Trabajaste todo eso de manera consciente?

—Yo trato de ser muy consciente de que, obviamente, uno no se puede estar comparando de manera permanente con las peores desgracias que sufre la humanidad, porque sino nunca hay un problema. Hay gente que ha atravesado situaciones mucho más difíciles que las mías y ha salido adelante. Entonces, yo trato de ser muy consciente de eso...

—¿De mirar la mitad del vaso lleno?

—Sí. De poder decir: “Che, hay gente a la que pasaron cosas mucho peores y no está desgarrándose”.

—Los padres, para mí al menos, representan ese lugar que te resguarda y te hace sentir protegido. Y me imagino lo difícil que debe haber sido enterarte de que ibas a ser papá cuando ya hacía tantos años que no tenías a los tuyos. Porque no hay un libro para ser padre y aparece esa pregunta: “¿Y a quién consulto?”

—Si yo te tengo que identificar un momento en el que sentí la ausencia, fue en los primeros meses de Lucio. Porque digo: “Che, ¿y a quién le pregunto esto?”. A la vez, el final de los dos no era... No sé si hubiera sido gente a la que yo le hubiera ido a preguntar algo, porque la respuesta por ahí no hubiera sido consciente. Vos pensá que mi vieja cuando...

—Lo que me contás de la enfermedad mental.

—Sí. Mi viejo, una de las últimas palabras que me dice, una de las frases cuando ya estaba internado, me hizo reaccionar de una manera airada contra un edificio en construcción. No me reconocía, entonces me dijo: “Decile a mi hijo Iván que lo amo y que lo quiero ver”. O algo por el estilo. Y en ese momento fue un shock importante. Entonces, esa persona y la persona que era mamá todos los años previos, dejame decirlo con total cinismo, no hubieran sido de gran utilidad tampoco. ¿Por qué no hay enojo? Porque también todo lo que tengo ahora en términos de instrumental, de caja de herramientas, también se lo debo a ellos. Hay alguna cosa que uno la aprende, pero también en mi casa se ha estimulado mucho la lectura y el conocimiento desde muy temprano. No me gusta moralizar las discusiones, pero hay valores...

—Que reconocés que están buenos y los querés trasladar a tu hijo.

—Sí. Por ejemplo, uno que a mí me parece central es la educación.

—¿No usar pantallas?

—No, en ese momento en mi casa era imposible ver... A mí no me dejaban ver... Yo cada cosa que me cruzaba, ya de más grande de Tinelli, la veía. Porque a mí no me dejaban ver de chico el programa de Marcelo. Es terrible lo que voy a contar (risas). Pero decían que era un programa hedonista, que promovía solamente el divertimento, el placer. Y yo después, de grande, decía: “¿Y cuál es el problema? Si es para entretener”. Sí veíamos mucho Caiga quien caiga. Por supuesto, ocho años, yo entendía qué pasaba, pero se veía el día a día el programa de Jorge Lanata. Pero al margen de eso, en términos de valores, me refería más a la educación respecto a mirar a la gente a los ojos, saludar cuando llegás, agradecer, saludar cuando te vas, dejar pasar a los adultos mayores o de tener la cortesía con gente que vivió mucho más que uno. Todas esas cosas yo trato de practicarlas desde muy chico y me molesta mucho cuando Lucio no lo hace, cuando llega a un lugar y no saluda. No puedo controlar destacárselo...

—Sí, a mí me pasa. Y hago que vuelva y salude...

—Exactamente. Y todo eso también hace que uno sea, bien o mal, lo que es. Entonces, no estoy enojado para nada. Aparte, tuvieron mala suerte.

—Me quedé en algo que contaste cuando él te dijo: “Mandale un beso a mi hijo Iván, decile que lo amo”, o algo así. ¿Qué respondiste?

—Me fui porque me largué a llorar. O sea, no me largué a llorar ahí in situ porque él no entendía, estaba...

—¿Fue la primera vez no te reconoció?

—Claro. Y me fui del sanatorio. No me acuerdo cuántos pisos, pero bajo por escalera, me estaba siguiendo mi primo, Maxi, que estuvo muy presente en toda esa situación. Y como sabía que quería reaccionar mal porque tenía más bronca que cualquier otra cosa, había una salida de emergencia y salí por ahí para que no vieran. Y, pobre, tengo una deuda con esa desarrolladora inmobiliaria, pero a la vuelta del sanatorio, en Bahía, en mi ciudad, había un edificio en construcción y me saqué la bronca. Era de noche y dije: “Lo peor que me puede pasar es que encima que me detengan por una infracción”. No era nada grave. Pero me fui corriendo a lo de un amigo que vivía muy cerca de ahí y le dije: “Che, me tengo que quedar acá porque hice algo que está mal”. Nada, una anécdota. Fueron unos vidrios, tampoco fue nada grave. Y no lo fomento, ¿eh?

—Estuvo mal, pero hiciste lo que pudiste con tu emocionalidad.

—Exactamente.

—¿Te costó mucho volver después de que fallecieron ellos?

—¿A Bahía? No tanto, porque tengo algunos amigos muy queridos todavía allá, que además me conectan con otra cosa.

—¿Con qué?

—Con una vida más... No sé si decir real, porque no es que esto no lo sea. Cada uno es su metro cuadrado, es el cien por ciento de su estadística, pero... No sé, no están preocupados por cuánto está el riesgo país o cuándo fue la última colocación de deuda o si está por renunciar un ministro, si está por avanzar una causa o qué sé yo, ¿viste?

—Es más simple, ¿no?

—Es cierto que a lo que me dedico yo está medio loopeado, es medio circular, es medio morderse la cola. Y es simple en el mejor de los sentidos, porque a veces la palabra simple tiene mala prensa y para mí es al revés. Siempre que voy, voy al club donde jugaba al fútbol cuando era chico, que es donde aprendí, no te diría a pelearme, pero sí a recibir golpes, literalmente, y a levantarme.

—Y a volver a tu casa y que no te pregunten qué había pasado.

—Exactamente. Me acuerdo todo eso al revés de cómo lo vivía en ese momento, que a mí no me gustaba pelearme, pero bueno, no era optativo. Lo recuerdo sí como algo comunitario. De nuevo, no incentivo que pase eso sino al sentimiento de comunidad, de compañerismo.

—Como un lego de tu estructura, que fue importante que transitaras para llegar a quien sos hoy vos.

—Y que veías que en ese momento también había algo. Dejar a alguien, a un amigo o a un compañero de equipo, lo que sea, a su suerte y verdad en una situación de conflicto, era inconcebible. Yo creo mucho en el concepto de comunidad y ahí había una cosa comunitaria, por ahí más primitiva, ¿no? Que mi hijo no lo va a vivir y que era uno de los temores que tenía. Y un día un amigo mío y me dijo: “Tu hijo no va a tener tu infancia, ni tu adolescencia, ni tu preadolescencia”. Y dije: “Es verdad”. Y me tranquilicé. Pero no me costó volver. Vuelvo poco porque cada vez hay menos gente, porque la biología hace lo suyo, pero cuando vuelvo, vuelvo a ver a mis amigos.

Ellos Ivan Schargrodsky
En diálogo con Luli, Iván afirmó que quiere volver a enamorarse y que en una pareja busca paz, lealtad, conversación y tranquilidad. (Adrian Escandar)

—Cuando consultás la numerología, establece distintos momentos, a través de las edades, que marcaron tu vida y resulta muy exacto. Si hiciéramos ese ejercicio y tuvieras que elegir tres momentos de tu vida en los que sentís que un registro numerológico marcaría algo importante, ¿qué edades serían y por qué?

—Cuando muere mamá y volvimos a arrancar, cuando nace Lucio y probablemente cuando me separé.

—De la mamá de tu hijo.

—Sí. ¿Viste cuando te acordás momentos dónde estás, qué estabas haciendo?

—Sí, estabas cien por ciento consciente.

—Por qué calle estabas pasando. ¿Viste que hay esos pequeños momentos? Bueno, si te tuviera que decir, me acuerdo de esos momentos. Y otro, que hay un dueño de un medio muy importante que me dijo: “Esto no lo cuentes porque te hace quedar mal”, pero con la verdad no ofendo ni temo decía Artigas. Yo me convenzo de ser padre o de tener un hijo hablando con un amigo muy querido que me da una definición, que voy a guardarla justamente por la recomendación que me hizo esta persona, pero lo veo como un momento que fue el clic. Yo estaba muy negado a ser padre durante mucho tiempo y ahí hice un clic. Entonces son tres o cuatro momentos.

—¿Y qué lugar ocupa el amor en tu vida? Me refiero al amor de pareja, porque ya hablamos del amor de los padres, de los hijos, de los amigos. ¿Tenés ganas de volverte a enamorar?

—Y sí, claro, por supuesto. Es muy lindo. Es una situación muy linda.

—Venís de concluir una relación, sos de vínculos largos.

—Sí, correcto. A mí me gusta enamorarme. Pero es cada vez más difícil.

—¿Por qué?

—No sé, pero en términos personales te digo. Yo creo que uno se vuelve cada vez más mañoso.

—¿Son las mañas o es la disponibilidad? Porque también está eso de decir: “Bueno, me lo permito”, con todo lo que implica el miedo a que vuelva a doler...

—Sí.

—Con la fiaca de volver a arrancar.

—A mí la idea de salir, conocer gente, todo eso me parece...

—Arriba de los 35, habiendo sido mamá o papá o habiéndote divorciado, ya decís: “Qué fiaca esto”. Pero si te imaginás con una chica que te gusta, que ya todo avanza, ¿te gusta la vida de a dos?

—Sí, cien por ciento. De hecho, antes a mí me pasaba, desde que era más chico y como a todo el mundo, ¿no? Conforme pasa el tiempo te cuesta más que ese flechazo te ocurra. Pero sí, me gusta. Claro que me gusta.

—¿Sentís que te has enamorado en tu vida?

—Sí.

—Dudaste un poco, ¿eh?

—No, no dudé. Seguramente sí, con total convicción te lo digo. Dudé porque estaba esperando la repregunta, que no iba a contestar si venía. Por eso dudé...

—¿Cuál era la supuesta repregunta?

—Si ibas a preguntar cuándo, con quién (risas).

—No, soy una mujer elegante (risas).

—Sí, te voy a decir que lo noté a lo largo de toda la conversación muy rápidamente. Pero volviendo a la respuesta, sí y espero que me vuelva a pasar.

—¿Qué busca este Iván en un vínculo, en una pareja o en una compañera?

—Paz, tranquilidad. La idea de poder conversar situaciones. Que haya un oído también bilateral, porque siempre es de a dos, para poder escuchar, una compañía. No quiero decirlo de una manera muy infantil ni muy rupestre, pero que no haya enrosque, ¿no? Porque además yo, en general, siempre digo lo mismo cuando hablo con mis amigos: cuando me enamoro profeso un sentimiento mucho más importante que el amor, para mí, que es la lealtad, en todos sus sentidos. Yo no debo ser sencillo tampoco, mirándolo de frente. Pero para mí hay un eje central que es: elegimos compartir la vida, todo el resto es absolutamente secundario. Entonces, ahí hay un eje central que es el ordenador, que es que, para que pase esto, tiene que haber pasado un montón de cosas previas. Entonces llegamos a un lugar que tiene que ser ordenador. Después, cuestiones como el tiempo, las demostraciones...

—Tenés un par de materias pendientes.

—Sí y lo digo como autocrítica. Puede que no sea el mejor partido en ese sentido.

—¿Y qué tenés de bueno?

—Una de las cosas que creo que te acabo de decir, creo que es bueno.

—¿La lealtad?

—Sí, creo que eso es muy importante. En todas sus formas, ¿eh? No lo digo simplemente por ahí en lo vertical de...

—La fidelidad.

—Claro. Después a mí me cuesta... Las emociones en general no forman parte de mi temperamento, pero tengo una cosa medio de cuidado de la gente que yo tengo cerca. Puedo hacer casi cualquier cosa para cuidar. Y no hablo solamente de mi hijo.

—Pero registrás que te cuesta mucho compartir tu emocionalidad.

—Sí, un poco sí.

—¿Pero tenés registro de tu emocionalidad?

—Sí, es más, alguien me decía hace poco que es al revés: “Vos lo tenés muy en carne viva, por eso te disociás”. Yo no sé si es así o no, te estoy compartiendo algo que me dijeron hace poco.

—¿Como una especie de instinto de preservación?

—Claro. No tengo la menor idea si eso es así o no, pero me lo dijeron.

— ¿Cambiarías algo de tu pasado si pudieras?

—Sí, pero no te voy a decir qué.

—¿Por qué no me vas a contar? Puede llegar a ser algo muy inspirador para quienes estén viendo del otro lado.

—Te lo puedo contar perfectamente con las cámaras apagadas y con los micrófonos apagados (risas).

—¡No me digas eso, me quiero morir!

—Y una frase que no me lo preguntaste, pero sí me parece importante decir, citando a don Julio Humberto Grondona: “Todo pasa”. Eso es un mantra total. Pero volviendo a lo otro, dame la licencia del escape, porque sí hay algo...

—Y qué puntualizado lo tenés.

—Sí, sí.

—Es verdad que todo pasa, pero mirar la parte responsable nos hace conscientes. Y para mí la conciencia nos da mucha libertad de cara a elegir cómo queremos vivir la segunda mitad de nuestra vida, en el caso de los que estamos cercanos a los 40.

—Yo jodo mucho con que me voy a morir joven. Peor por ahí no es un chiste para hacer. Decías segunda mitad y no sé si voy a vivir 74 años. Pero cuando digo todo pasa, me refiero en tono de “todo va a estar bien” y que nada es tan grave. De nuevo, estoy hablando sobre mí. Hay gente que ha atravesado tragedias que de ninguna manera le diría esto, por supuesto. Lo decía más desde ahí, ¿viste?

—Y si tuvieses a Lucio sentado al lado tuyo ya con 10 años más, ¿qué le dirías?

—No seas bolud*. Eso sería lo primero que le diría (risas). Lo peor o el temor que yo tengo es, y por eso a veces me pongo un poco rígido y está esa deliberación permanente conmigo mismo de demostrarle el amor que le tengo, la gratitud que tengo con él, de, no sé, le gusta un Lego y como yo pasé privaciones cuando era chico, muchas... Siempre recuerdo que buscaba en el fuelle del lavarropa las monedas para comprar la leche en el quiosco de Rubén, y eso a él no le va a pasar. No estoy diciendo que va a tener una vida fastuosa, pero eso no le va a ocurrir. Y me mortificaría mucho que no valore y que no ponga en dimensión las cosas que valen y que le vienen dadas. Las cosas te vienen dadas por algo. Esto no le pasa a todo el mundo. Yo le machaco mucho con eso desde muy chico. A veces cuando él me da respuestas digo: “Ah lo atormenté, lo traumé”. Así que bueno, ahí retiramos un poquitito esa rigidez. Pero también me pasa que, como yo no lo pude tener y sabía la felicidad que me daba, o que me hubiera dado, voy a una juguetería a comprar un regalo para algún cumpleaños de un amiguito de él y nunca me dice que le gusta algo porque ya sabe que hay cuestiones puntuales. Pero yo veo que está mirando algo y le digo: “¿Te gusta?”. “Sí”. Y verlo contento a él me netea la culpa que me da poder comprar algo que no solo que yo no pude y que en general es de difícil acceso.

—Sí, en algo que no es necesario o que tiene que ser para un momento puntual.

—Exacto. Para decirlo rápido y no hacer tanto gregre para decir Gregorio, tengo pánico, no creo que le ocurra, pero de que sea un malcriado, ¿viste? Y hago todo lo posible para que eso no pase. Y después la vida opera, ¿no? Obviamente. Pero eso le diría, que valore las cosas.

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