“¡Nos disparan, nos disparan! Abajo, al suelo. Cuando le dije que era una broma para Tinelli, se puso de la cabeza”, recordó Fredy Villarreal en Desencriptados, el ciclo de Infobae, sobre una de las situaciones más extremas de su carrera como humorista e imitador.
A lo largo de más de 30 años de trayectoria, Fredy se consolidó como una de las figuras centrales del humor televisivo argentino. Alcanzó notoriedad en los años 90 en Videomatch, el programa conducido por Marcelo Tinelli, donde creó personajes como Figuretti y se destacó en la imitación de figuras públicas. Fue distinguido con un Premio Martín Fierro revelación en 2001 y participó en televisión, cine y teatro, con trabajos en No hay 2 sin 3, Son de Fierro y en películas como Bañeros 3 y Bañeros 4.
Actualmente, integra el elenco de la obra teatral La función que sale mal, una comedia internacional que se presenta en el Multiteatro de Buenos Aires. La pieza propone un juego metateatral: un grupo de actores intenta representar un policial clásico, pero todo comienza a fallar —escenografías que se desploman, olvidos de texto y situaciones caóticas—, lo que genera un efecto cómico sostenido. En este contexto, Villarreal despliega su experiencia en el humor físico y el manejo del tiempo escénico, donde el error se convierte en el principal motor de la risa.

Fama, anécdotas y los límites del humor televisivo
—¿Cómo era la exposición y la fama en la época de VideoMatch? Porque hoy hay tantos canales que todos son un poquito famosos, pero lo de ustedes era de locos. Lo tuyo con Figuretti lo tengo como una de las 10 cosas más importantes de la televisión argentina. Viajabas por el mundo con las estrellas máximas, ¿cómo vivías esas situaciones?
—Fue fantástico. Yo me acuerdo una... en el auto con Schumacher. Le pedí que me lleve y me llevó. Yo no tenía acreditación. Uno de los problemas que tenía Figuretti es que no lo acreditaban. Tenía muy mala fama. Incluso el periodismo no me quería mucho porque rompía protocolos. Figuretti se metía en las fotos. Ellos sacaban fotos a Mick Jagger y atrás estaba Figuretti. Yo trataba de ser respetuoso y dejarles un momento para que puedan hacer ellos también su trabajo y su foto, pero no tenía buena onda con el periodismo. Entonces, donde iba no me acreditaban porque yo venía a romper las pelotas en definitiva. Decían: “Va a venir una persona de Argentina así y así, no lo acrediten”, y no me acreditaban. Por eso siempre estaba en la marginalidad y en la transgresión, porque no tenía la acreditación. Y obviamente, para la Fórmula 1, Ecclestone no nos había dado el pasaporte de periodista. Así que me fui al hotel y le hice dedo a Schumacher. Yo dije: “Si entro, entro con mi amigo Schumacher a Barcelona”. Y me paró con el auto y me lo dejó manejar también. No con el Fórmula 1, un auto normal. Le daban autos que las empresas promocionaban. Le regalaban en cada lugar donde iba para que se pueda mover en la ciudad. El Gurka, que es un cameraman muy conocido que me acompañaba, viajó adelante, yo viajé atrás y al lado iba el masajista de él, un hindú. Y en un momento me dice: “Manejá”. Recuerdo que cuando bajé y le dije: “Cerrá bien porque están afanando estéreo” (risas).
—¿Alguna vez sentiste que las situaciones se te fueron de las manos por el nivel de riesgo?
—A mí no se me fue de las manos, se le fue de las manos a otros. Y sí. Conozco muchos calabozos de diferentes lugares porque una de las maneras más fáciles para poder arrestarme ante la transgresión de haber pasado una valla en, por ejemplo, una cumbre presidencial de la OTAN, en Suecia, era que se acercaban y lo primero que me pedían era el pasaporte. Como yo tenía peluca y bigote... no coincidía con mi imagen. Entonces era falsificación de identidad. Ese era el primer cargo. Y ya con eso, me mandaban adentro. Y nunca lo dije porque en aquel momento yo quería trascender a partir del humor y no de la tragedia. Pero me quebraron los dedos, me dieron con todo. Yo iba con la gran Bilardo, con alfileres de cabeza fosforescentes y los pinchaba porque ellos me pegaban tacazos. Me ponía toallas del hotel en los tobillos porque te daban tacazos, ¿viste? El tipo de acá para acá, plano americano, era como un centauro (risas). Abajo te cagan a patadas como un toro.
—¿Te gustaba el riesgo? ¿Te generaba cierta adrenalina?
—Eran crónicas de guerra. La nota había que mandarla por satélite. Marcelo estaba esperando esa nota y si no llegaba el famoso, tenía que justificar con humor por qué no llegaba. Y capaz que a veces era más gracioso ver cómo escapaba de la seguridad y cómo me perseguían que entrevistar a Madonna, por ejemplo.
—Hoy sería cancelable esa nota desde que empieza hasta que termina, ¿no?
—Y sí, bueno, los circos también, hoy están cancelados y sin embargo uno fue al zoológico y le daba galletitas a los monos con forma de animalito y estaba todo bien. Creíamos que estábamos haciendo las cosas bien. Y si lo traspolás a la actualidad es un delirio, estábamos fomentando una aberración. Me acuerdo que yo hablaba con mi productor cuando tirábamos autos con un helicóptero, cosas que en los sueños uno se imagina y yo lo viví en vivo. He tirado un auto a un barranco con el dedo. ¿Quién tiene esa posibilidad de hacer que el auto caiga 300 metros de un barranco? Esa era la broma. Le decían: “Estacioná acá”. El tipo bajaba para hacer los papeles y le levantaban el auto y se lo compactaba el camión de basura. Y le decía: “Vos lo dejaste al lado de la basura”. O a un auto lo cortaban a la mitad (risas). “No te quejes, vas a pagar la mitad de seguro”, le decíamos (risas). Era una locura. Yo le decía al productor: “Avísame si sabe y está actuando, porque si él sabe, me zarpó...” Ahí podía tener un poco más de libertad en el humor, porque sino teníamos que estar cuidando que no se avive.
—O que no se vuelva loco y te quiera matar...
—Claro. Eso pasaba mucho. Entonces le digo: “Marcos, ¿sabe o no sabe?“ ”No sabe". “Me parece que sí, porque está como medio medio con los gestos. Mirá, te voy a demostrar que para mí sabe”. Y fui y me acerqué a esa persona que le estamos haciendo la broma y no sé qué le habré dicho, pero me pegó un tortazo que me volteó. Y yo con el ojo en compota, llegué al productor y le dije: “Tenés razón, no sabe” (risas).
—¿Se puede hacer hoy en día un personaje como Figuretti o cambiaron los límites en el mundo?
—Antes de preguntarte algo tenés un láser en la cabeza. Un francotirador, un sniper, te liquidó al instante. Te liquidó ya. No sólo por querer hablar con los presidentes en las cumbres... también por colarte en ese tipo de eventos. Es imposible colarse hoy en día. Hoy hay menos tolerancia, está todo muy deshumanizado y los líderes están muy estrictos en cuanto a la seguridad. Está muy complicado el mundo, muy bélico. No saben si sos un tipo que lo quiere matar. Mueren personas todos los días injustamente. Matar a uno solo... En ese momento o perdés un humorista o perdemos un líder de un país. “Y bueno, perdamos al humorista”, dicen. Creo que va a perder más el mundo si se pierden los humoristas que los líderes. O las bromas en la calle también. Ya no se puede.
—¿Te acordás quién fue el que más se enojó en esas bromas?
—Yo hacía un personaje que era como un espía. Era una hediondez galopante. Yo iba todo de negro y agarraba a los porteros que estaban a la mañana temprano, ¿viste? Estacionaba la camioneta Traffic con la cámara, llegaba y hacía una escena de película. Me acercaba al portero, con anteojos negros, y le decía: “Hola, Terry. El atraco lo haremos hoy a la mañana. Ya tengo todo arreglado. Hablé con Timothy”. Y el tipo me miraba raro. Entonces, yo sacaba un cigarrillo que tenía explosivo, para hacer broma. Mientras hablaba y diagramaba el plan del robo al banco, me explotaba el cigarrillo y yo decía: ¡Nos disparan, nos disparan!. Abajo, al suelo". Una estupidez total. Se jugaba con la reacción de la gente. El hijo de un portero vio una situación comprometedora con el papá y salió con una pistola y me tiró y no salió la bala. Se asustó el pibe. Me salió a matar porque pensó que yo le iba a robar a su papá y estaba haciendo una broma para la televisión.

El detrás de escena: seguridad, disfraces y límites en la política y la fama
—¿Cómo era lidiar con la seguridad y las restricciones en eventos políticos o internacionales?
—Yo tenía guardias. En Inglaterra, salía del aeropuerto y ya tenía dos boyguards que me seguían, dos ingleses. Y yo decía: “¿Pero cómo saben?" Una vez, acá, me mandaron también seguridad nacional. En un momento me dijeron: “Hoy el horno no está para bollos”. Estaba Carlos Saúl (Menem) de presidente y no querían que me acerque. Pero yo tenía que hacer la nota de alguna manera. Entonces, me seguían para todos lados dos de seguridad. Llamé a la producción y les dije: “Traeme de utilería un set de herramientas, un overol, una peluca rubia y una gorra”. Me metí en el baño y me siguieron los dos de seguridad. En el baño ya me estaban esperando con el overol y las herramientas. De ahí salí como otra persona. Todavía me deben estar esperando en el baño (risas).
—¿Cómo lograste acercarte?
—De ahí me metí adentro de un disco de arado, de las máquinas de arado, era un acto en la Rural, y esperé el turno. Había una cuadra y media o dos de fila, hasta que llegué al lado del presidente que recibía todas las maquinarias. Tenía un startac y el disfrazar de Figuretti. Me puse el bigote, la peluca y lo llamo al productor y le digo: “Decime en qué lugar estoy más o menos, porque yo veo que se mueve”. Me dice: “Todavía estás entrando”. Hasta que me dice: “Ahora, abrí”. Y ahí pensé: me van a pegar un tiro si ven que al lado del presidente se abre una escotilla y sale alguien. Tenía una banderita de Argentina así que abrí la escotilla y saqué la banderita como para decir: “Soy aliado. Soy local. Viva la patria, no me mates”. Y ahí salió Figuretti y lo tenía a Menem a un metro y medio, porque estaba en el palco.
—¿Disfrutabas de esas situaciones extremas?
—Al final, cuando terminaba la nota, sí lo disfrutaba...
—¿Marcelo se enojaba cuando no conseguían la nota?
—Y no no le gustaba. “¿Cómo que no lo consigo?" Y no. Porque él era exigente, está bien. Era un técnico que quería que hagamos los goles.
—¿Nunca le decían que no a Marcelo? Porque cuando estaba en lo más alto cerraban una calle, hacía lo que quería...
—Sí, se conseguía cualquier cosa. Hemos conseguido cosas extraordinarias.
—Qué loca esa época de la TV.
—(Gustavo) Yankelevich decía: “Las excusas no se televisan”. Y tenía razón.

Los límites del humor político
—¿En algún momento te pesó el tema De la Rúa?
—No, era una construcción de un personaje. Yo lo quise mucho al personaje. De hecho, lo empecé a hacer de vuelta en algunos shows que me lo piden, porque empezó a tener una identidad propia. Pero era como un Mr Magoo para mí. Cualquier coincidencia con la realidad estaba en cada uno.
—Ese día que él no sabe por dónde salir, para mi fue un quiebre en su vida.
—A De la Rúa lo conocía en la doméstica de hacer Figuretti. Yo estaba en Suiza, la Argentina estaba licitando a ver si podía ser sede de los Juegos Olímpicos y él había viajado. Como no me dejaban pasar al hotel donde estaban todos los políticos, él era jefe de gobierno. Yo me saqué todo porque el personaje era medio rústico en su vestimenta y el hotel era de categoría. Para no avivar giles me cambié y fui a apalabrarme a los famosos o a los políticos adentro del hotel que cuando salgan me saluden o se presten para la nota de Figuretti. Y lo veo a Fernando fumando, en aquel momento se podía fumar en los hoteles, y voy de civil y le digo: “Doctor, disculpe, estamos con las cámaras de Telefe, queremos hacer una notita al final”. Y él me dice: “No, querido, no me grabes acá. No quiero salir”. Le digo: “No, no estoy grabando, no tengo la peluca”. “Figuretti, por favor, no quiero...” “Es que no tengo la peluca, no estoy grabando”. Y se acerca y me dice: “¿Cómo anda Figuretti? Qué cosa es. Usted quiere grabar todo, ¿eh? No hay que fumar, porque el que fuma...” Y lo apagó al cigarrillo y me dio toda una nota sin cámara y yo sin personaje. Entonces, yo dije: “No, no entendió”. Y después, cuando vine acá, que venía cada seis meses a Argentina, mis amigos dicen: “Lo vamos a votar porque va a ser candidato a presidente”. Yo decía: “Mirá que yo tuve experiencias que no pudo discernir en algo tan simple, yo no sé si iba a poder comandar un país cuando le venga un problema bilateral”. Y ahí yo un poco lo empecé a componer al personaje de duditativo y demás. Ahí nació el personaje...
—¿Te generó conflictos la imitación con políticos? ¿Te llamaban?
—Sí, claro. Todos querían tener reuniones conmigo en ese aspecto porque querían ver cómo los iba a hacer. No fui a ninguna reunión. Me costaba decirle que no. Yo me iba a dormir a la noche y decía: “¿Cómo le voy a decir que no al presidente de mi país que se quiere reunir conmigo?” Pero amablemente les decía que no. Con el único que me reuní fue con Daniel Scioli porque lo iba a hacer tal cual su fisonomía muestra: sin su brazo. Y dije: “Si lo hago tendría que tener una charla para explicarle que no es una falta de respeto, sino que lo quiero hacer desde este lugar y si él me autoriza a hacerlo”. Porque si él me dice: “A mí no me gustaría verme así”, yo no lo hago. Y ahí me reuní. Me llevé de su casa fue una corbata naranja que me regaló, que no tengo cómo combinarla (risas). Incluso él me decía los chistes sobre su brazo...
—¿Alguna vez sentiste culpa por las imitaciones?
—Lo que me dolió mucho y dije: “No sé si estuve bien en hacerlo”, cuando lo hice con ese problema, es que hay mucha gente que sus papás o un familiar tenía ese problema. Y no le causaba gracia, claro. Y ellos no sabían que yo me había reunido con Scioli. Entonces, vos te podés reunir con él. Pero ellos te pueden decir: “Yo me siento tocado por eso”. Y eso la verdad que me hizo pensar si estuve bien o no. Al día de hoy me queda la duda. No tengo ningún espíritu malicioso en contra ni a favor de algo que moleste. Fue otra época.





