“Yo perdí un embarazo natural y me acuerdo que en ese momento, esos tres primeros meses de embarazo, que estaba súper feliz, el trabajo era una súper preocupación en mí. Yo decía: ‘¡Uy! ¿Cómo voy a hacer? ¿Cómo va a convivir con el trabajo?’”, recordó Soledad Larghi en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae.
En los últimos años, atravesó una transformación que redefinió sus prioridades y su manera de ejercer el periodismo. La maternidad y los desafíos en la búsqueda de un hijo impulsaron cambios en su vida personal y laboral, promoviendo una mirada más flexible y enfocada en el presente, sin abandonar la pasión por su oficio ni el compromiso con el crecimiento profesional.
Larghi es periodista y conductora con más de dos décadas de trayectoria en televisión y radio. Desarrolló gran parte de su carrera en Grupo América, donde inició como productora y cronista antes de consolidarse como una de las figuras principales de América Noticias, ciclo que conduce junto a Rolando Graña. Participó en coberturas políticas relevantes, como la moderación del debate presidencial 2023, y fue reconocida con el premio Martín Fierro a la Mejor Labor Periodística (2019-2020). En 2024, tras un extenso proceso de búsqueda, fue madre de su primer hijo, Dante, junto a su pareja, el ex tenista Luciano Vitullo, con quien contrajo matrimonio en enero.

Trayectoria profesional y visión del periodismo
Soledad explicó que su formación periodística estuvo atravesada por la premisa de mantener distancia entre la vida personal y el trabajo frente a cámara. “Quizás quienes tenemos más de 40 años venimos de una escuela en la que el periodista debía preservar su intimidad, aunque eso ahora cambió sustancialmente”. Según Larghi, en la actualidad, el rol del periodista se volvió más visible y es frecuente que las historias personales también formen parte de la exposición mediática.
Larghi subrayó que no interpreta un personaje ni oculta sus opiniones políticas. “No tengo fanatismo. Soy muy crítica de prácticamente todos los espacios. No es un personaje el que hago, ni disimulo mi línea política”, sostuvo. Precisó que su mirada es crítica y auténtica y que su acercamiento a la realidad proviene del sentido común y del contacto diario con la gente. “Hablo con cada comerciante que visito, pregunto cómo están las ventas, me subo a un taxi y sigo siendo periodista las 24 horas”, señaló.
La periodista defendió la objetividad y la necesidad de mantener distancia con el poder, incluso cuando, por motivos laborales, haya existido cercanía. “Considero grave para la profesión la proximidad con el poder. No se puede ser periodista y amigo de un presidente, ir a cenar con él los domingos o compartir actividades sociales. Para mi concepción de la profesión, es absolutamente incompatible”, analizó Larghi.
Experiencia personal con la maternidad, fertilidad y transformación vital
—En las épocas que trabajamos juntas, me acuerdo que me llamaba mucho la atención tu pánico a las agujas.
—Sí, me transpiraban las manos.
—Me acuerdo que hablábamos de coqueterías, de botox y vos decías: “Para un análisis de sangre, tengo que ir con alguien que me acompañe porque me desmayo”. Y después la vida te obligó…
—A recibir 400 mil millones de pinchazos. Hasta incluso durante el embarazo, porque el primer trimestre todo fue con pinchazos.
—¿Y cómo pudiste transformar todos esos miedos en una experiencia que te llevó a la maternidad?
—Yo creo que todo el camino que me tocó recorrer, necesitaba recorrerlo. Ahora lo veo, ¿eh? En el momento decía: “¡No! ¿Por qué me pasa esto? Qué injusticia”. Y hoy lo veo. Miro para atrás y digo: “Yo necesité todo eso, todo ese caminito, todos esos golpes, todas esas cachetadas, todos esos porqué, todo ese tiempo, para reconvertirme”.
—¿Sentís que Dante fue un revelador de cosas tuyas que antes no veías?
—Lo es hoy. Yo tenía las prioridades cambiadas, o por lo menos a lo que son mis prioridades ahora.
—¿Por ejemplo?
—El trabajo era todo. Yo perdí un embarazo natural y me acuerdo que en ese momento, esos tres primeros meses de embarazo, que estaba súper feliz, el trabajo era una súper preocupación en mí. Decía: “¿Cómo voy a hacer? ¿Cómo va a convivir esto con el trabajo?“. Y vos fíjate que después de todo el camino que me tocó transitar hasta quedar embarazada de Dante, el trabajo desapareció de mi ecosistema, no era más parte de la ecuación. Yo había deseado mucho a este bebé, había trabajado por él, sabiendo que por ahí pasaba y por ahí no...
—¿Cómo se transita el camino o el proceso con esa incertidumbre? Porque en un punto todos necesitamos certezas y ahí es donde aparece la fe. Pero ¿cómo lograste que tu cabeza acompañe el proceso en donde el resultado no era seguro?
—Para mí fue parte del aprendizaje: no tenés el control de esto. Yo, que toda mi vida tuve el control de todo: de mis vínculos, de mi trabajo, de mi agenda, viví sola, me organicé y siempre me gustó el orden para estar bien, porque mi paz la encontraba en el orden, de pronto no tenía el control. Era entender que lo que quería, de la forma en la que lo quería, no iba a ocurrir. Y con el tiempo me di cuenta por qué. Y eso es lo que yo siento hoy.
—¿Y en ese momento? Porque cuando los resultados no se dan, cuando el test es negativo, se te cae el mundo. ¿De dónde te reconstruirte para seguir?
—Fue una evolución absoluta. Te tengo que hablar como de dos Soledades distintas. La primera se enojaba: “¿Por qué? ¿Qué es lo que estoy haciendo mal? ¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué es lo que está haciendo mal el médico?” Y la segunda, con el último negativo, me acuerdo porque lo tengo visualizado, me puse unas calzas y salí a caminar. Caminé una hora y media, sola. En ese momento yo vivía en Olivos y había un paseo muy lindo por el río. Y yo miraba el río y no lloré, no grité, no me enojé, dije: “Bueno, veremos cuál es el plan para mí. Veremos si el plan es este o es otro. Veremos si voy a volver a probar o no. Veremos”.
—¿Ese negativo venía después de un tratamiento?
—Después del quinto. Entregué el control y sabía que iba a intentar una vez más, pero no tenía tanta esperanza. El último tratamiento, el que salió bien, fue el que menos esperanza tuve. Y no confundamos esperanza con deseo. El deseo estaba intacto, pero lo hice como sin expectativas. Yo le ponía muchas expectativas, hasta incluso en cada tratamiento yo sentía todos los síntomas. No sé si los sentía o había leído que esos eran los síntomas y no sé... Pero en este tratamiento fue como distinto, hasta incluso las secuelas, los dolores de cabeza por la medicación, los dolores de cuerpo, no los tenía. Fue todo liviano. Y en ese tratamiento quedé embarazada. Obviamente que fue con el acompañamiento de médicos espectaculares. Vos te vas metiendo en un camino increíble, vas perfeccionando todo. Pero yo creo que en mí había una cuestión de estar más liviana. Me propuse, incluso lo hablamos mucho con Luciano: “Che, mirá, lo vamos a hacer, vamos a ver qué pasa, vamos a hacer otro”.
—¿En qué cosas sentís que desde la práctica podías decir: “Lo estoy viviendo distinto”? ¿Había algo que ustedes acordaron?
—No lo acordamos, pero yo hice todo distinto. No me di cuenta en el momento, me doy cuenta ahora de que hice todo distinto. Primero no me dolía nada y yo estaba bastante quejosa en otros tratamientos. Porque me afectaba, me dolía la cabeza, era muy difícil estar en esa movida y estar al aire porque había días buenos, días malos, pero yo era el robot al aire, ¿entendés?

—Es un tema del que casi no se habla: cuando una mujer atraviesa una búsqueda de embarazo con tratamiento, convive con múltiples condicionantes. Y, justamente por ese silencio, muchas veces sigue como si nada pasara, cuando en realidad está pasando de todo.
—Sí, obviamente. Queres transitar ese camino sin tanta exposición. Yo no quería que todos mis compañeros sepan lo que yo estaba viviendo, no por una cuestión de que no me ayuden o no me abracen, tuve las mejores experiencias en mi entorno de trabajo. Pero no quería exponerme a contar cómo me fue, quería que sea algo mío. Entonces, yo salía tratando de que no se note nada de lo que estaba viviendo. De hecho, falté muy poco al trabajo durante todo el proceso, incluso en días fatales para mí que recibía resultados negativos. Llegué a estar mentalizada que decía: “Bueno, esta bala me re entró, este negativo me afecta, pero hasta las ocho que termino el noti no pienso en esto”.
—Lograbas disociarte.
—Lo lograba y cuando me subía al auto e iba a mi casa, me permitía encontrarme con todo lo que me pasaba. Pero te digo esto en los tratamientos, pero también en miles de momentos difíciles de la vida: en separaciones, en momentos malos míos. Para mí el trabajo siempre fue como un ancla, como un agente de orden en mi vida. Por ahí yo lo digo y alguien me dice: “¡Uy! Pobre, estaba en el noticiero y no se permitía sentir”. A mí el trabajo me ordena. Cuando perdí el embarazo, me acuerdo que en el canal me decían: “Sol, tomate un tiempo para vos, no vengas”. Y yo al segundo día necesité volver. No porque no me permita sentir el dolor, sino porque quería ese agente de orden que es para mí mi rutina de trabajo.
—Y fijate cómo, según lo que me contaste antes, se transformó eso después de tu maternidad...
—Sí, bueno, se transformó porque la maternidad en mí puso un orden distinto a los elementos de mi vida. Le dio otra prioridad. Revolucionó ese orden de prioridades. El trabajo lo amo, pero la felicidad hoy es Dante y Luciano. Esa es la felicidad para mí, la felicidad está en mi casa. El trabajo me hizo feliz mucho tiempo y la verdad que espero tenerlo, espero ser una mamá que trabaje toda la vida porque es lo que me gusta y lo que le quiero mostrar a mi hijo. Pero la felicidad hoy para mí es absolutamente mi casa y mi familia.
Relación de pareja, reencuentro y nuevas formas de amor
Soledad recordó cómo su historia con Luciano, el padre de su hijo, que marcó un cambio profundo en su manera de vivir el amor. “El hecho de ser una persona tan metida en el trabajo me hacía buscar por ahí parejas iguales, de las cuales me quejaba. ‘Ah, está todo el tiempo metido en el trabajo’, pero a mí me funcionaba eso, porque yo tenía un montón de espacio para también ser un poco obsesiva del trabajo”, confesó.
En el reencuentro, Larghi advirtió que ambos eran personas completamente distintas a las que se conocieron en la adolescencia. A diferencia de relaciones anteriores, valoró en Luciano la incondicionalidad y la capacidad de disfrutar la vida cotidiana juntos. “Si a mí me toca estar una semana en un monoambiente sin ventanas, con la puerta cerrada con Lu, me divierto. Aunque tengamos un montón de... por ahí discutimos, al rato nos estamos riendo de vuelta. No me aburro, nos llevamos muy bien. Somos compinches, somos compañeros, peleamos, nos arreglamos, estamos maravillados con nuestro bebé. La peleamos juntos”, explicó.
La periodista también destacó el acompañamiento de su pareja durante la búsqueda de la maternidad y los tratamientos, y el apoyo en cada etapa del proceso. “Nos dividíamos las tareas, porque yo soy un desastre con la organización, mucho más con el tema de los medicamentos. Nunca en mi vida tomé un Mejoralito y de repente tratamiento... Él llevó toda la logística. Llevaba la agenda médica, llevaba los remedios”, admitió.
El reencuentro con Luciano marcó un cambio en su idea de pareja: encontró en él apoyo incondicional y aprendió a vivir una versión más flexible de sí misma. “No sé si yo podría haber afrontado todo lo que afronté sin él. Dante es nosotros, la familia que armamos y quién sabe lo que es el futuro. Ojalá que siga siendo así, porque soy la mujer más feliz del mundo hoy”, expresó.
Cambios internos, balance de vida y visión sobre el futuro
—¿Sentís que hay un renacer a partir de un determinado momento en la vida de la mujer?
—Sí. Yo creo que hay un montón de mambos que no tenés a esta edad. Tenés otros por ahí, ¿eh? Pero yo hoy me siento sin miedo. Sin miedo o inseguridades laborales. Me siento como segura de mí misma y profesionalmente también. Muy en paz con el recorrido. Me permito disfrutar, me permito tomarme mis tiempos para otras cosas, me permito no saber qué hacer. Como que aflojé un montón el nivel de exigencia interna y realmente siento una mejor versión a partir de ese afloje. Lejos de lo que uno pensaría de si aflojo, me quedo.
—¿Eso te permite ver distinto el futuro profesional?
—Yo creo que a nivel laboral estamos en un momento de cambio. Obviamente, sin ponernos técnicos, todo lo que es inteligencia artificial, que afecta a nuestro medio, que va a afectar la vida. Pero yo pienso que es un momento en donde está bueno saber que la línea va a cambiar. De un lado van a estar los que tengan ganas de aceptar este cambio y estudiarlo, y del otro lado van a quedar los que crean que con el mismo manual se puede sobrevivir los próximos años. Para mí está buenísimo el cambio. Yo soy cero tanguera y nostálgica. A mí la experiencia de todos esos años, todo el caminito que hice, me sirve porque me dio muchos elementos. Estoy de toda la vida en América, en el noticiero, pero el hecho de imaginarme en un futuro haciendo otras cosas, me entusiasma. Yo llegué a un lugar y voy a llegar a un montón más distintos. Estoy, de hecho, estudiando, leyendo, metiéndome, voy escuchando pódcast, para abrir la cabeza.
—¿Cómo te influenció la maternidad en la relación con tu madre y tu historia familiar?
—Yo tengo una relación muy cercana y muy buena con mi mamá. Mi mamá fue muy importante en conceptos básicos de mi vida. Cuando yo era chica, por ejemplo, mi mamá decía: “Estudiá y siempre, tenés que lograr poder mantenerte vos. Y si ganás, el 30 por ciento tiene que ser ahorro”. Me instaló un montón de conceptos que yo los seguí y que fueron estructurales para mí. Hoy por hoy creo que ser mamá me hace entender un montón de cosas. Me hace también entender a mi mamá siendo mamá a los 21 o 22 años. Si yo era mamá a los 21 o 22 años, era un samba mi cabeza, mi sistema emocional, todo. Era otra época, de verdad. Mis papás se separaron cuando yo era muy chica, pero mi familia es muy particular: nosotros los domingos comemos todos juntos. Tenemos una estructura familiar que se acomodó porque ellos siempre se llevaron bien.
—Si pudieras hablar con la Sole de hace unos años, cuando empezaba con la idea de convertirse en mamá, y con todo lo que hoy sabés que te tocó atravesar, ¿qué le dirías?
—Que vale la pena. Vale el amor, vale el esfuerzo. Dale derecho. Eso me diría. Y en esos momentos que dudaba: sí, dale. Vale la pena.





